Cuando la Muerte Habla.

Capítulo 3

Durante un segundo me quedé inmóvil, como si mi cerebro necesitara tiempo para procesar lo que acababa de pasar.

Había demasiadas cosas extrañas ocurriendo al mismo tiempo.

Primero: esa chica estaba en la universidad.

Segundo: seguía mirándome como si me conociera desde hace años.

Y tercero —el detalle que más me molestaba admitir— era que parecía divertirse con mi confusión.

Aparté la mirada primero, porque no era valiente ante su escrutinio.

Cuando volví a mirar hacia la baranda, ella ya no estaba.

Ni caminando por el patio.
Ni hablando con alguien.
Ni revisando el teléfono.

Simplemente no estaba.

—Bueno, eso no fue raro para nada —murmuré para mí mismo.

—¿Hablas solo otra vez o ya estás practicando para el examen oral?

La voz vino detrás de mí.

Me giré y vi a Mateo acercándose con dos cafés en la mano y la misma cara de alguien que claramente había dormido menos de lo recomendable, este chico era de esas personas que parecían sobrevivir a la universidad por pura resistencia biológica. Siempre despeinado, siempre con sueño y siempre convencido de que la ingeniería en telecomunicaciones era una forma sofisticada de tortura académica.

—Buenos días a ti también —le dije.

Me extendió uno de los cafés.

—Necesitas esto. Tienes cara de haber visto un fantasma.

No pude evitar soltar una pequeña risa.

Si supiera.

—No dormí mucho —respondí.

—Eso explica muchas cosas.

Nos sentamos en la banca mientras los estudiantes seguían cruzando el patio en todas direcciones. En una universidad de ingeniería el ambiente tiene algo curioso: todo el mundo parece estar corriendo detrás de algo que todavía no entiende del todo.

Mateo bebió un sorbo de café y luego me miró con expresión sospechosa.

—Déjame adivinar. ¿Estabas programando toda la noche?

—No.

—¿Jugando?

—Tampoco.

Entrecerró los ojos.

—Entonces fue una mujer.

—No fue una mujer.

—Ah —dijo con una sonrisa picardiosa—. Entonces definitivamente fue una mujer.

—Eres insoportable.

—Es parte de mi encanto.

Antes de que pudiera responder, alguien se acercó por detrás y le dio un pequeño golpe en la cabeza con una carpeta.

—Deja de molestar a la gente tan temprano.

Reconocería esa voz en cualquier lugar.

Mateo levantó las manos.

—Yo solo estaba intentando ayudar.

—Claro que sí.

Ella se sentó en la banca frente a nosotros.

Se llamaba Amara.

Y si soy completamente honesto, probablemente era la única razón por la que algunas clases de la universidad me parecían soportables.

Amara tenía una presencia difícil de ignorar. Su piel oscura contrastaba con la luz de la mañana y sus rizos caían alrededor de su rostro con una naturalidad que siempre me había parecido injustamente perfecta.

Pero no era solo eso.

Era la forma en que hablaba, la facilidad con la que entendía cosas que a mí me tomaban horas, la manera en que podía reírse en medio del caos académico como si todo fuera menos grave de lo que parecía.

—Theo —dijo mirándome—. ¿Por qué tienes cara de no haber dormido?

Mateo respondió antes que yo.

—Porque pasó la noche pensando en el sentido de la vida.

—Eso sería más productivo que estudiar señales digitales —añadí.

Amara soltó una risa breve.

—No empieces, todavía faltan veinte minutos para esa clase.

Mateo levantó un dedo como si hubiera tenido una revelación.

—Por cierto, Theo estaba hablando solo hace un momento.

—No estaba hablando solo.

—Entonces con quién hablabas.

Abrí la boca.

La cerré.

Porque en ese momento recordé algo.

La chica de la baranda.

Mirándome.

Diciendo mi nombre.

Sentí un pequeño escalofrío recorrerme la espalda.

—Nadie —dije finalmente.

Amara me observó durante unos segundos más.

Como si intentara decidir si creerme o no.

Luego se encogió de hombros.

—Bueno, mientras no empieces a discutir con las antenas del campus, creo que estamos bien.

Mateo levantó la taza de café.

—Dale tiempo.

—Gracias por la confianza.

Amara se apoyó en el respaldo de la banca mirando hacia el patio.

—¿Listos para sobrevivir otro día en telecomunicaciones?

Mateo respondió de inmediato.

—Sobrevivir es una palabra muy optimista.

—Exagerado.

—Ayer pasé cuatro horas intentando entender una ecuación que al final resultó ser un error del profesor.

—Eso explica tu crisis existencial.

La conversación siguió fluyendo con la naturalidad de siempre. Durante unos minutos logré olvidarme del parque, de la voz detrás de mí y de esa mirada imposible de interpretar.

Hasta que algo llamó mi atención.

Al otro lado del patio.

Cerca de la misma baranda donde la había visto antes.

Una figura oscura se apoyaba contra el metal.

Observando.

No podía ver bien su rostro desde esa distancia.

Pero algo en la forma en que inclinaba la cabeza me resultó demasiado familiar.

Cuando parpadeé…

Ya no estaba.

—Theo.

La voz de Amara me hizo volver al presente.

—¿Qué?

—Te quedaste mirando al vacío otra vez.

Mateo sonrió.

—Te lo dije. Fantasmas.

Forcé una pequeña sonrisa.

Pero dentro de mi cabeza solo había una idea repitiéndose lentamente.

La chica del parque estaba aquí.

Y de alguna forma…

seguía encontrándome.




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