La clase de señales digitales debería ser ilegal a las ocho de la mañana.
No lo digo como exageración sino como una observación científica basada en el comportamiento humano.
Más de la mitad del salón parecía estar en un estado de vida técnicamente cuestionable.
Mateo estaba sentado a mi lado con la frente apoyada sobre el cuaderno.
—Si el profesor dice “transformada de Fourier” una vez más —murmuró— voy a desmayarme por principios.
—Así no es cómo funcionan los principios. —añadí divertido.
—Claro que sí. Son principios matemáticos.
—Eso tampoco tiene sentido.
—Nada en esta carrera tiene sentido.
El profesor seguía explicando algo en la pizarra con la emoción de alguien que claramente había olvidado lo que significa dormir ocho horas.
Intenté concentrarme.
Intenté.
Pero mi cerebro seguía regresando a la misma imagen del patio.
La baranda.
La figura observando.
Sacudí la cabeza.
No podía pasar todo el día pensando en eso.
Un pequeño papel cayó sobre mi cuaderno.
Lo abrí.
“¿Estás vivo o solo estás respirando por costumbre?”
Levanté la mirada.
Amara estaba sentada dos filas adelante. No se giró, pero levantó la mano ligeramente, como si ya supiera que estaba leyendo el mensaje.
Escribí debajo.
“No estoy seguro. Necesito pruebas.”
El papel volvió hacia ella.
Un minuto después regresó.
“Mateo dice que tienes cara de haber visto un fantasma.”
Giré un poco la cabeza hacia mi izquierda.
Mateo seguía en posición vegetal.
Escribí otra vez.
“Mateo cree que todo es un fantasma.”
La respuesta llegó rápido.
“Eso explica muchas cosas.”
No pude evitar sonreír.
Había algo en Amara que hacía que incluso los días más pesados se sintieran un poco más livianos.
No era solo su inteligencia —que era molesta a veces porque siempre entendía los ejercicios antes que todos— sino su forma de estar en el mundo.
Como si hubiera aprendido a tomarse las cosas con seriedad y humor al mismo tiempo, lo sé algo completamente inexplicable a veces ni yo mismo lo entendía.
El profesor golpeó la pizarra con el marcador.
—¿Alguien puede decirme qué ocurre con esta señal después de la modulación?
Silencio absoluto.
Mateo levantó lentamente la cabeza.
—Mi motivación desaparece.
Algunos estudiantes soltaron pequeñas risas.
El profesor lo miró con una ceja enarcada.
—Me refería a la señal, señor Olivares.
—Ah.
Mateo pensó dos segundos.
—Entonces también desaparece.
Las risas ahora fueron más claras.
El profesor suspiró.
—Señorita Amara.
Ella respondió sin mirar la pizarra siquiera.
—Se desplaza en frecuencia y aparece un par de componentes laterales.
—Exacto.
Mateo se inclinó hacia mí.
—Odio cuando la gente es inteligente antes de las nueve de la mañana.
—No la odias.
—Tienes razón.
Miró hacia adelante.
—La admiro, pero con resentimiento.
Cuando terminó la clase salimos al pasillo con el resto de los estudiantes.
Mateo estiró los brazos como si acabara de sobrevivir a una guerra.
—Una menos.
—Faltan cuatro más —dijo Amara.
—No arruines mi momento.
Caminamos hacia la cafetería del campus.
El lugar estaba lleno de estudiantes hablando, riendo o intentando convencerse de que el café universitario era aceptable.
Amara se sentó frente a nosotros con su bandeja.
—Theo —dijo mientras abría su cuaderno—. ¿Entendiste el ejercicio tres?
—Más o menos.
Mateo intervino.
—Eso significa que sí lo entendió, pero está siendo humilde.
—Eso significa que no quiero explicarlo todavía.
Amara sonrió.
—Eres una persona complicada.
Mateo levantó un dedo.
—No. Theo es una persona misteriosa.
—No soy misterioso.
—Claro que sí.
Mateo empezó a contar con los dedos.
—Hablas poco, observas demasiado, te quedas mirando al vacío a veces y claramente ocultas secretos.
—No oculto secretos.
Amara apoyó el mentón en su mano mirándome.
—Ahora tengo curiosidad.
Mateo señaló hacia mí como si hubiera ganado un juicio.
—¿Ves?
Sentí un pequeño calor incómodo subir por mi cuello.
No por la conversación en sí, sino porque estar cerca de Amara siempre tenía ese efecto extraño en mí.
Había pensado muchas veces en decirle lo que sentía.
Pero siempre terminaba llegando a la misma conclusión.
Ella era mi amiga.
Y a veces perder una amistad es peor que quedarse con las palabras guardadas.
Mateo rompió el silencio.
—Theo está pensando demasiado otra vez.
—No estoy pensando demasiado.
Amara inclinó la cabeza.
—¿Entonces?
No supe qué responder.
Mateo tomó un sorbo de café y frunció el ceño.
—Esto definitivamente no es café.
—Entonces ¿qué es? —preguntó Amara.
—Creo que es una advertencia de la facultad para que abandonemos la carrera.
Amara soltó una risa breve.
—Si ese fuera el plan, ya habría funcionado contigo.
Mateo señaló hacia mí.
—Theo está sospechosamente callado otra vez.
—Estoy escuchando.
—Eso es lo que dicen las personas que claramente no están escuchando.
Amara volvió a observarme con curiosidad.
—¿En qué estás pensando?
Bajé la mirada hacia mi cuaderno.
Lo había dejado abierto cuando nos sentamos.
Algo en la hoja me hizo fruncir el ceño.
Entre las ecuaciones del ejercicio tres había una línea de tinta negra que no recordaba haber escrito.
No era una ecuación, era una pequeña frase.
“Las coincidencias empiezan a ser sospechosas cuando se repiten.”
Sentí que algo dentro de mi pecho se tensaba.
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Editado: 13.03.2026