Cuando la Muerte Habla.

Capítulo 5║Umbral.

El resto del día pasó más rápido de lo que esperaba.

O al menos eso me pareció.

Las clases siguieron su curso, Mateo siguió quejándose de absolutamente todo y Amara siguió entendiendo los ejercicios antes que el resto del salón, lo cual confirmaba una teoría que Mateo repetía constantemente: algunas personas nacen con ventajas injustas.

Intenté comportarme como si todo estuviera normal.

Como si la frase no volviera a mi cabeza cada pocos minutos.

Pero cada vez que abría la mochila sentía la misma incomodidad, como si dentro hubiera algo que no debería estar ahí.

Al final del día salimos del campus.

Mateo caminaba a mi lado con la mochila colgando de un solo hombro.

—Hoy confirmé algo importante —dijo.

—¿Qué cosa?

—Que esta carrera es un experimento social.

—¿Un experimento?

—Sí. Nos meten ecuaciones imposibles y ven cuánto tardamos en perder la cordura.

Amara caminaba unos pasos delante de nosotros.

—Si ese fuera el caso —dijo sin girarse— tú ya serías el caso de estudio principal.

—Eso es porque soy un pionero.

—Eso es porque eres dramático.

Mateo puso cara de ofendido.

—Mi drama es parte fundamental de mi personalidad.

Nos despedimos en la entrada del campus.

Mateo levantó la mano.

—Nos vemos mañana para seguir sufriendo.

—Qué motivador —dije.

Amara me miró un segundo más antes de irse.

—Intenta dormir hoy, Theo.

—Lo intentaré.

No estaba seguro de lograrlo.

Caminé a casa mientras el cielo comenzaba a oscurecer.

Las calles estaban tranquilas a esa hora. Algunas luces encendidas, algunos autos pasando de vez en cuando, el ruido lejano de una televisión detrás de una ventana abierta.

Cuando llegué, mi madre estaba en la sala viendo un programa que claramente no estaba siguiendo.

—¿Cómo te fue? —preguntó.

—Sobreviví.

—Eso ya es una victoria.

Sonreí un poco.

Cenamos algo sencillo, hablamos de cosas pequeñas, de esas conversaciones que parecen no tener importancia pero que de alguna forma hacen que el día se sienta más completo.

Después subí a mi habitación.

Dejé la mochila sobre el escritorio.

El cuaderno estaba dentro.

Por un momento dudé.

Luego lo abrí.

La frase seguía ahí.

“Las coincidencias empiezan a ser sospechosas cuando se repiten.”

Suspiré.

—Genial.

Cerré el cuaderno.

Apagué la luz.

Y me tiré sobre la cama mirando el techo.

Intenté convencerme de que todo tenía una explicación lógica.

Tal vez alguien estaba gastándome una broma.

Tal vez Mateo.

Tal vez Amara.

Tal vez—

—Pensar demasiado no va a ayudarte.

Salté de la cama tan rápido que casi me caigo.

—¡¿Qué demonios?!

La voz había salido de algún lugar encima de mí.

Levanté la vista.

Y durante un segundo mi cerebro simplemente dejó de funcionar.

Porque ahí estaba.

Flotando.

Literalmente flotando en el aire a unos centímetros del techo de mi habitación.

Dubraska.

Con los brazos cruzados, balanceándose suavemente como si estar suspendida en el aire fuera la cosa más normal del mundo.

Me quedé mirándola con la boca abierta.

Ella inclinó la cabeza.

—Hola otra vez, Theo.

Parpadeé varias veces.

—No… no…

Señalé hacia arriba.

—No puedes… estar ahí.

—Claro que puedo.

—¡Estás flotando!

Miró hacia abajo, como si recién se diera cuenta.

—Ah.

Hizo una pequeña mueca.

—Sí.

—¡La gente no flota!

—Depende de la gente.

Me pasé una mano por la cara.

—Estoy soñando.

Dubraska bajó lentamente hasta quedar sentada en el aire frente a mí, como si hubiera una silla invisible.

—No estás soñando.

—Sí estoy soñando.

—Theo.

—¿Qué?

—Si estuvieras soñando no te verías tan ridículo.

Me quedé en silencio.

—Eso fue innecesario.

Ella sonrió.

—Un poco.

Se inclinó hacia adelante.

—Pero admito que tu reacción fue divertida.

—¿Divertida?

—Saltaste como si el piso estuviera electrificado.

—¡Porque hay una persona flotando en mi habitación!

—No una persona.

La miré.

—Eso no ayuda.

Dubraska soltó una pequeña risa.

No era una risa cruel.

Más bien parecía alguien que estaba disfrutando demasiado una broma.

—Relájate, Theo.

—¿Relajarme?

Señalé hacia ella otra vez.

—¡Estás violando como siete leyes de la física!

—Las leyes de la física son más flexibles de lo que crees.

—No lo son.

—Bueno, algunas.

Me dejé caer en la cama.

—Esto no puede estar pasando.

Dubraska flotó un poco más cerca.

—Oh, sí está pasando.

Giré la cabeza para mirarla.

—¿Siempre haces esto?

—¿Qué cosa?

—¿Aparecer en la habitación de la gente en medio de la noche y asustarla hasta casi matarla?

Pensó un segundo.

—No siempre.

—Eso no me tranquiliza.

Ella apoyó el mentón en su mano, todavía suspendida en el aire.

—Además, no te ibas a morir.

—Eso no lo sabes.

—Confía en mí.

—Eso tampoco lo sabes.

Se quedó mirándome unos segundos.

Luego sonrió otra vez.

—Definitivamente me agradas, Theo Keller.

Suspiré.

—Siento que esa frase no es algo bueno.

—Depende de cómo mires las cosas.

La miré fijamente.

—Voy a hacer una pregunta muy importante ahora.

—Adelante.

—¿Qué eres exactamente?

Dubraska inclinó ligeramente la cabeza.

Sus ojos tenían esa misma calma extraña de la primera vez que la vi.

—Esa es una pregunta interesante.

Hizo una pausa.

—Pero todavía no es momento de responderla.

Gemí y me cubrí la cara con las manos.

—Claro que no lo es.

Cuando volví a mirarla, seguía flotando frente a mí.




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