Cuando la niebla se disipa

Prólogo

Habían pasado dos horas desde que Ethan había regresado, muy borracho, como era de esperar. Demasiado borracho para darse cuenta de que Naya estaba despierta. La chica miró su móvil eran ya las siete, tenía que ponerse en marcha. Llevaba planeando su huida semanas, organizando cada pequeño detalle con minucioso cuidado, ya que solo iba a tener una oportunidad y tenía que salir bien. Técnicamente era su segunda, la primera había sido pedir ayuda a la que creía su mejor amiga, Clare, quién tan pronto termino de escuchar su historia fue directa a Ethan. Fue en ese momento en el que Naya se dio cuenta de que tenía que escapar, salir de ese infierno si no quería acabar en los titulares de las noticias.

Naya se levantó de la cama, con extremo cuidado, intentando no despertarle y cuando este se movió para recolocarse en la cama, la sangre de Naya se heló. Contuvo la respiración, expectante, por suerte para ella, aún estaba dormido, pero tenía que darse prisa.

No tenía mucha cosa que preparar, ya que la noche anterior, aprovechando que Ethan había salido, como era la costumbre últimamente, ella había acabado de empaquetar sus pocas pertenecías, antes había sido imposible él la habría descubierto, además de los fajos de billetes que tenía Ethan escondidos en la habitación. Inspiró y se armó de valor para, por fin, abandonar la habitación. En el salón se encontró con los matones a los que él llamaba amigos, durmiendo a pierna suelta en los sofás. Cogió aire y de puntillas atravesó el salón, llegando a la cocina, dónde dejo una nota “No quedaba leche, he salido a comprarla”. Sabía que esa nota no le iba a gustar, y que saldría a buscarla por las tiendas del barrio. Era su cebo, le daría el tiempo suficiente para poner kilómetros entre ambos o eso esperaba. Sin perder más tiempo fue a la puerta, se puso sus deportivas y cogió la mochila que cuidadosamente había dejado preparada. Miró una última vez al salón, no con tristeza, sino como comprobación de que todos seguían dormidos.

Tan pronto como cerró la puerta corrió hasta llegar al coche, apagó el móvil y arrancó. Había memorizado la ruta las últimas semanas, se había aprendido el nombre de las salidas que tenía que coger, dónde había gasolineras y las áreas de servicio que estaban en mejor estado. Había dejado lleno el depósito, asegurándose no tener que parar en horas. Iba a ser un viaje largo, y todavía no se creía que fuera a hacerlo. Escuchó un grito dentro de la casa, que parecía más un rugido animal que algo humano. Dio un salto en el asiento, era su señal para no perder más tiempo, arrancó el coche y condujo lo más rápido que pudo.

*****

Naya llevaba ya unas doce horas al volante, empezaba a estar agotada y eso no era bueno porque hacía que su mente divagase y se cuestionase si había tomado la decisión correcta. Y es que era irreal, ella jamás había pensado en abandonar la ciudad, en este caso huir. Se suponía que estaba en la época de su vida en la que la ciudad es un paraíso, el lugar dónde quieres estar, dónde todo lo que importa sucede. Pero ahí estaba ella, rumbo nada menos que a la otra punta del país a un pueblo pequeño situado en las montañas.

Pero que otra opción tenía, estaba segura de que si se quedaba es taba sentencia, y aún tenía aprecio por la vida. Su mente continuaba en este remolino, de culpabilidad, miedo y esperanza. Y aun así su mente siempre acababa en el mismo punto, Ethan jamás iba a dejar de buscarla. Lo supo el día que Clare habló con él, fue en ese momento en el que ella se dio cuenta, que debía escapar. Qué no era más que una presa en el nombre del amor. Las manos le empezaron a hormiguear, no era buena señal, porque los últimos ataques de pánico habían empezado así. Inspiró hondo, necesitaba llegar y pronto. Cómo si el universo la hubiera escuchado lo vio, a lo lejos, el cartel que anunciaba la salida al pueblo: Northenville.

El lugar no era para nada como esperaba, era bastante grande, por lo que veía con el coche, tenía bastante vida pese a estar cayendo la noche y era bastante bonito. No era la ciudad, pero podía ser un buen sitio para vivir.

Llegar había sido la parte fácil, fácil no había sido, pero sí que era la más sencilla. Porque aquí no conocía a nadie, no tenía dónde vivir y su dinero era limitado. Había sido previsora y aprovechando una tarde que Ethan había salido con la moto, contacto con la inmobiliaria del pueblo. Al día siguiente tenía unas cuantas casas para ver. Una demasiado grande para una persona, un piso minúsculo que no tenía muy buena pinta y dos casas para compartir, en ellas era dónde tenía puestas las esperanzas. Y pese a que vivir con desconocidos la aterrorizaba la alternativa de vivir sola era mucho peor. Sobre todo, porque esa voz que decía que él la iba a encontrar y sabía que sola no tenía nada que hacer. Naya intentó apartar esos pensamientos, nada bueno iba a salir de ellos.

No tardó mucho en llegar al hotel, era pequeñito y estaba en buen estado. Se bajó del coche, y, después de tantas horas al volante pisar el suelo fue como un regalo para ella. Ya era de noche y estaba agotada, la noche anterior no había pegado ojo, por miedo a quedarse dormida; se desperezó y entro al hotel.

La recepción era pequeña y simple, un mostrador alto con un ordenador y una chica pegada a su móvil. Detrás de ella un mueble con una impresora y un par de montones de folios.

– Buenas, tenía una reserva – dijo a la chica del mostrador, que ni se había percatado de su llegada.

– ¿A nombre de quién? – preguntó, sin despegar los ojos de la pantalla.

– Naya – respondió, no había querido dejar sus apellidos, por miedo a que Ethan pudiera rastrear la reserva. Había sido una tarea complicada pero no imposible.




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