Eran ya las diez, Naya había desayunado hacía horas, pese a que el sueño se había apoderado de ella al poco de tocar la cama no había descansado. Eso era algo habitual, se había acostumbrado al cansancio constate.
Estaba delante de la inmobiliaria, que estaba cerrada, esperando a que llegara el agente con el que había hablado. Al poco apareció un hombre, que miró a Naya con una sonrisa de vendedor y le tendió la mano. Ella no puedo evitar bajar la mirada.
– Soy Thomas, Naya ¿verdad? – preguntó, ella asintió y le dio un leve y rápido apretón de manos, no soportaba el contacto con otras personas y todo por culpa de Ethan. – Pues pongámonos en marcha que hay mucho que ver. –
– Genial. – musitó y ambos empezaron a caminar.
Primero visitaron el inmueble más cercano: el piso del centro. Y si en la foto no tenía muy buena pinta, en persona era aún peor. Las condiciones eran pésimas, estaba poco conservado y un fuerte olor a moho plagaba toda la estancia, haciendo insoportable el estar en ella. Y, por si no fuera poco, estaba situado en la calle más concurrida del pueblo. Dónde se encontraban gran parte de los pubs y tiendas frecuentadas por los más jóvenes o quienes querían una buena fiesta. Era un no rotuno, no estaba tan desesperada para meterse en esa pocilga.
El segundo destino no fue mucho mejor, y no porque estuviera en malas condiciones, todo lo contrario. Era una casa preciosa, en prefecto estado, pero inmensa, en ella cabía una familia grande con abuelos incluidos, demasiado espacio para ella sola. Además, estaba situada en una de las dos urbanizaciones del pueblo, dónde las casas estaban muy separadas unas de otras y apenas había gente en los alrededores. Por no mencionar que se le iba un poco de presupuesto. Visitando la casa no podía dejar de pensar en lo aislada que estaría, que si Ethan la encontraba aquí nadie escucharía nada, ni la podrían ayudar. Una oleada de pánico amenazaba con tomar el control. Naya respiró hondo y se centró en Thomas, quien estaba poniendo todo su empeño en que alquilase esa propiedad.
En cuanto a las casas para compartir la suerte fue la misma. Una de ellas ni la visitaron, ya que la habitación había sido alquilada un par de días antes. Y la otra, bueno, estaba bien, era bonita pero un poco pequeña, pero eso no le importaba. El problema era el resto de la casa, que parecía sacada de una película americana sobre universitarios. Se podían ver restos de la fiesta de la noche anterior por toda la casa y no parecía que eso fuese algo asilado. Naya estaba segura de que no iba a ser capaz de aguantar ese ritmo, de tener que lidiar con desconocidos a diario, el que en mitad de la fiesta irrumpieran en su cuarto. Era algo imposible.
Así habían acabado de vuelta en la inmobiliaria con Thomas buscando alguna opción en el catálogo interno. Le había explicado que esas las tenían para quienes venían en persona, el problema era que la mayoría eran de compra. Naya estaba empezando a perder la esperanza, se veía viviendo con las fiesteras y eso era algo que le generaba mucha ansiedad. Necesitaba una opción más, solo una.
Thomas giró la pantalla del ordenador hacia ella, con una sonrisa triunfal. La foto era de una casa, y a primera vista tenía buena pinta.
– Está es la última que hay en alquiler. – dijo mientras pasaba las fotos. Parecía bonita, de dos plantas, un pequeño jardín delantero, la habitación grande y con mucha luz. Parecía demasiado bueno para ser real.
– ¿Sería posible verla hoy? – preguntó Naya, los nervios a flor de piel.
– Voy a ver qué puedo hacer. – Thomas se levantó de la mesa y fue al pequeño despacho al final de la estancia. La inmobiliaria era pequeña, una pared dónde estaban los anuncios de las propiedades, en su mayoría en venta, dos escritorios y un pequeño despacho al fondo.
La poco Thomas regreso, a Naya esos minutos le parecieron horas.
– Estás de suerte, la dueña ha dicho que podemos ir. – Thomas se puso en marcha. Y Naya se sintió aliviada.
*****
Tardaron poco en llegar. Se encontraban la otra urbanización, está más pequeña y cercana al pueblo. Las casas estaban mucho más juntas y toda la zona tenía mucha más vida que la primera que habían visitado. La casa era la última y daba directamente al bosque.
Thomas bajó del coche y Naya le siguió, su mente giraba en torno a un pensamiento: que sean personas normales. El jardín de la entrada estaba en buen estado, unas pocas flores y arbustos lo adornaban. En cuanto a la casa era tal cual la foto, eso la reconfortó.
Llamarón al timbre y abrió una chica joven, de la edad de Naya, tenía la piel bronceada, cabello castaño muy largo y ojos verdes. Vestía unos shorts chándal y una camiseta overzied, estaba bastante tonificada y lo más importante, parecía de lo más normal.
– Buenas Eli, soy Thomas, venimos a ver la habitación. – se presentó, tendiéndole la mano a la chica.
– Perfect, Susanne me aviso que estabais en camino, y habéis tenido suerte, llega a ser un poco más tarde y no encontráis a nadie en casa. – dijo con una sonrisa mientras les guiaba al interior de la casa.
– Es nuestro día de suerte. – respondió Thomas con su sonrisa de vendedor. – Si no te importa, le voy a enseñar la casa a Naya. –
– Sin problema, cualquier cosa me dices. – y Eli desapareció por una de las puertas.