A la mañana siguiente estaba agotada, apenas había dormido y lo poco que había conseguido estuvo plagado de pesadillas. Esas pesadillas la perseguían desde hacía mucho, hubo una época en la que disminuyeron, pero desde que había tomado su decisión de huir habían vuelto con más fuerza.
Se vistió y recogió las pocas cosas que había traído a la habitación de hotel. Intentó no pensar en nada. Dejó la llave en la recepción y se puso en marcha al que iba a ser su nuevo hogar.
Llegó más rápido de lo esperado, aparco en la entrada y se dispuso a vaciar el maletero. Había traído consigo lo vital, porque, pese a haber planeado todo durante semanas, no podía levantar sospechas. Así que había terminado con tres cajas y una maleta grande para su ropa.
Escucho pasos acercarse, y notó como el miedo amenazaba con apoderarse de ella. No se atrevía a girarse, por miedo a que fuera Ethan quien estaba detrás. Sabía que era poco probable, pero era uno de sus mayores temores.
– Te ayudo. – para su alivio era Eli, vestida con ropa deportiva, venía de correr.
– No hace falta… de verdad… no quiero molestar. – su voz era temblorosa, aun recuperándose del sobresalto. Eli era bastante simpática y había ofrecido su ayuda sin siquiera conocerla. Para Naya, eso era algo nuevo, nadie solía ofrecerle su ayuda, no sin pedir nada a cambio. Aun así, no quería ser una molestia.
– Tranqui no molestas, y son pocas cajas, las metemos en dos viajes. – y sin darle tiempo a responder Eli cogió una de las cajas y puso rumbo a la casa.
– Gracias. – mustió, cogiendo la maleta y apresurándose para que no quedarse atrás.
– Cuando termines de desempaquetar, te presento a los chicos, te van a caer genial. – dijo, con una sonrisa de oreja a oreja.
La verdad es que había sido mucho más rápido con la ayuda de Eli. La chica era muy extrovertida, demasiado incluso, en los dos viajes le había contado toda su vida, trabajaba en un box de crossfit, dónde llevaba trabajando desde que se graduó, tenía veinticuatro años y llevaba seis saliendo con el chico de sus sueños, que le encantaba correr por las mañanas y luego comerse unas tortitas de avena. Eso hacía que Naya se sintiera aliviada.
Se encontraba sola en su nueva habitación. Eli se había ido a dar una ducha, dándole tiempo para que se instalara. Por suerte, no tardó mucho, en el escritorio colocó su Tablet, portátil y sus cuadernos de dibujo. Guardo la ropa en el armario y esparció la poca decoración que tenía por la habitación, una lámina de uno de sus ilustradores favoritos, un par de plantas que había visto mejores días y colgó de la puerta su bolso y su tote bag.
Se dejó caer en la cama, era la primera vez que vivía sola con desconocidos. Desde los diecisiete había estado viviendo oficialmente con Ethan, sin contar que antes, había estado dos años pasando más tiempo en su piso que en el de ella. Llamarón a la puerta y antes de poder contestar Eli entró en la habitación.
– Wow, sí que has terminado rápido. – comentó mientras observaba la cajas vacías y apiladas en una esquina de la habitación. – Yo tardé un par de días en colocar todas mis cosas. – ser rio.
– Cuanto llevas viviendo aquí. – preguntó Naya, con la esperanza de que no le preguntara mucho más sobre ella.
– Mmm… dos años… - dudó – No, espera, tres, hacer ya tres que nos vinimos a vivir aquí, parece que fue ayer. –
– ¿Os vinisteis los tres a la vez? – pregunté.
– Sí, al poco de fallecer Albert, Susanne puso en alquiler la casa y decidimos que era el momento de independizarnos. – explicó. Así que los tres se conocían de antes, probablemente serían amigos de toda la vida, eso intimidaba un poco a Naya. – Y tú, ¿Es la primera vez que vives sola? –
Naya dudó, no se sentía muy cómoda hablando de nada relacionado con Ethan ni la ciudad. Y, aunque, lo hubiera estado, se acaban de conocer. Bajó la mirada y empezó a juguetear con el bajo de la camiseta, intentando apartar los pensamientos relacionados con él.
– Más o menos… - respondió finalmente en apenas un susurro.
Eli se dio cuenta de que ella no quería hablar sobre eso. Observó la habitación buscando otra cosa de la que hablar. Su mirada se posó en su Tablet y cuadernos.
– ¿Eres una artista? – el entusiasmo palpable en su voz.
El arte era la única cosa sobre su pasado que Naya no tenía problema en contestar. Era algo que amaba, había sido su refugio, algo que calmaba su mente, especialmente si era en lienzo o papel. Pero en los últimos años apenas había pintado, hasta eso se había convertido en algo inaguantable, únicamente pintaba por trabajo, y era algo que quería retomar.
– Sí, estudié Bellas Artes y ahora trabajo como freelance. – Los ojos de Eli se iluminaron.
– Qué guay, debes ganar buena pasta. – dijo sentándose al lado de Naya. Esta estaba asombrada de como con tan solo un par de conversaciones, Eli, actuaba como si se conocieran de mucho. Lo bueno era que no se sentía muy incómoda con la chica.
– Bueno… dicen que los artistas somos unos muertos de hambre y no está muy lejos la realidad. – Naya sonrió y Eli se echó a reír.
– Venga muerta de hambre, que te presento a los chicos. – dijo aun riendo.
Ambas bajaron al salón. En uno de los sofás había un chico esparramado, scrolleando en su teléfono. El chico tenía el cabello claro y los ojos verdes, que se abrieron como platos cuando Eli salto encima y su móvil cayó al suelo.