Cuando la noche aprendió a latir

Capítulo 1: La chica que no debía estar ahí

Lía nunca había sido la clase de chica que creía en monstruos.

Creía en exámenes sorpresa, en profesores injustos, en silencios incómodos durante la cena. Creía en el cansancio que se acumulaba en los hombros después de un día largo y en esa sensación persistente de estar siempre un poco fuera de lugar. Pero vampiros, criaturas de la noche, ojos rojos acechando en la oscuridad… no. Eso pertenecía a libros viejos y películas exageradas.

Esa noche lo aprendería de la peor forma.

Había salido tarde de la escuela. El cielo estaba cubierto de nubes bajas, pesadas, como si la lluvia se estuviera conteniendo por pura crueldad. Lía caminaba rápido, con la mochila colgándole de un hombro y los audífonos puestos sin música. Era una costumbre tonta, pero le daba la ilusión de protección.

La calle estaba casi vacía.

Demasiado.

Las farolas iluminaban tramos irregulares del pavimento, dejando zonas enteras sumidas en sombras densas. Lía apretó el paso cuando notó que sus propios pasos resonaban demasiado fuerte.

—Tranquila —murmuró—. Solo es cansancio.

Pero la sensación no se iba.

Era como si alguien la observara.

Giró la cabeza. Nada. Solo la calle húmeda, los edificios cerrados y el viento frío que se colaba por debajo de su chamarra.

Respiró hondo y siguió caminando.

El atajo apareció frente a ella: un callejón estrecho que solía evitar, pero que esa noche prometía ahorrarle diez minutos. Dudó. Miró el reloj. Suspiró.

—Solo hoy —se dijo.

Dio el primer paso dentro del callejón… y el aire cambió.

No fue algo visible. Fue una presión extraña en el pecho, como si el mundo se hubiera vuelto más pesado de repente. El sonido lejano de la ciudad se apagó, dejando un silencio incómodo, espeso.

Lía frunció el ceño.

—Esto es estúpido…

Entonces escuchó pasos.

No los suyos.

Se detuvo en seco.

Los pasos se aceleraron.

—¿Hola? —dijo, odiando lo frágil que sonó su voz.

La respuesta fue una mano agarrándole el brazo.

Lía gritó.

Todo ocurrió demasiado rápido: el forcejeo, el golpe contra la pared, el olor a alcohol mezclado con sudor. Vio un rostro borroso, escuchó palabras incoherentes, sintió el miedo atravesarle el cuerpo como una descarga eléctrica.

Intentó soltarse.

No pudo.

—¡Suéltame! —gritó, con la voz quebrada.

El mundo comenzó a girar cuando su cabeza golpeó el muro. El dolor la nubló todo. Las fuerzas la abandonaron demasiado pronto.

Y justo antes de que la oscuridad la reclamara…

Los vio.

Ojos rojos.

No humanos.

Brillaban desde el fondo del callejón, encendidos como brasas vivas en la noche. El aire se volvió gélido. El hombre que la sujetaba soltó un grito ahogado, como si hubiera visto algo peor que la muerte.

—No… —balbuceó—. No…

Lía apenas pudo enfocar la silueta que avanzaba hacia ellos.

Alta. Silenciosa. Demasiado rápida.

Sintió que la presión sobre su brazo desaparecía de golpe. El sonido de un cuerpo cayendo al suelo resonó a lo lejos. Lía intentó mantenerse consciente, pero la vista se le nubló.

Antes de perder el conocimiento por completo, tuvo la certeza de que alguien la sostenía.

Alguien frío.

Alguien que no respiraba como los demás.

—No mires —susurró una voz grave, cargada de algo que sonaba peligrosamente parecido al arrepentimiento—. No debiste estar aquí.

Luego, nada.

La noche se cerró sobre ella.

Y en algún punto entre la inconsciencia y el silencio, el corazón de Lía siguió latiendo… sin saber que acababa de cruzar una frontera de la que ya no habría regreso.




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