La lluvia empezó a caer cuando Lía ya no podía defenderse.
Al principio fueron gotas aisladas, casi tímidas, que golpeaban el pavimento con un sonido hueco. Luego el cielo se abrió por completo, como si quisiera borrar lo que estaba ocurriendo en ese callejón estrecho y oscuro.
El hombre que la había atacado seguía sujetándola cuando el mundo cambió.
No hubo advertencia.
Solo un movimiento imposible.
El aire se volvió denso, pesado, y una presencia helada atravesó el espacio entre las sombras. El atacante apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de ser arrancado de Lía con una fuerza brutal. Su cuerpo fue lanzado contra la pared del fondo del callejón y quedó inmóvil, gimiendo de terror más que de dolor.
Lía cayó de rodillas.
La cabeza le daba vueltas, el pulso le retumbaba en los oídos. Intentó enfocar la vista, pero todo estaba borroso. La lluvia le empapaba el cabello y el frío se le metía en los huesos.
Entonces lo sintió.
Unas manos la sostuvieron antes de que cayera por completo al suelo.
Eran frías.
No desagradables… solo distintas.
—Tranquila —dijo una voz grave, contenida—. Respira.
Lía levantó la vista con dificultad.
Y lo vio.
Sus ojos brillaban con un rojo profundo, antinatural, reflejando la lluvia y la oscuridad. No eran crueles, pero tampoco humanos. Eran antiguos. Cansados. Llenos de algo que parecía culpa.
Quiso gritar.
No pudo.
El miedo, el golpe y el agotamiento la vencieron al mismo tiempo. Su cuerpo se aflojó entre los brazos del desconocido y un mareo oscuro le nubló la vista.
—No… —murmuró él—. No ahora.
La sostuvo con más fuerza, apoyándola contra su pecho. El sonido de su corazón era débil, irregular. Áron lo sintió al instante.
Demasiado débil.
La sangre manaba de una herida que no parecía grave, pero el impacto, el susto, la caída… todo se estaba acumulando. El latido de Lía se desordenaba, como si no supiera si debía seguir.
Áron apretó la mandíbula.
Había jurado no volver a hacerlo.
Había jurado no volver a tocar a un humano de esa forma.
Pero si no intervenía…
La lluvia corría por su rostro cuando apartó con cuidado el cabello empapado del cuello de Lía. Su piel estaba fría, más de lo que debería. El pulso apenas se sentía.
—Perdóname —susurró.
Sus colmillos descendieron sin violencia, con una precisión controlada. El contacto fue breve, casi reverente.
La sangre brotó caliente.
Viva.
El mundo se le encendió en los sentidos con una intensidad peligrosa. El aroma, el sabor, el latido que se mezclaba con el suyo. Cada instinto en su cuerpo le gritó que tomara más, que no se detuviera.
Áron cerró los ojos con fuerza.
Solo lo necesario.
Bebió despacio, contando cada segundo, obligándose a apartarse antes de cruzar el límite. Sintió el cambio inmediato: el corazón de Lía recuperó ritmo, su respiración se estabilizó, el color regresó lentamente a su piel.
Se separó de ella con dificultad, respirando hondo, como si hubiera corrido una distancia imposible.
La herida comenzó a cerrarse.
Áron apoyó la frente contra la de ella un instante, temblando.
—Vive —susurró—. Aunque nunca me recuerdes.
La lluvia seguía cayendo cuando la cargó entre sus brazos, alejándose del callejón antes de que alguien pudiera encontrarlos.
Lía despertó con una sensación extraña.
No era dolor.
Era vacío.
Abrió los ojos lentamente y se encontró con un techo que no reconocía. La luz era tenue, amarillenta, y el sonido constante de la lluvia golpeando una ventana llenaba el espacio.
Parpadeó.
—¿Dónde estoy…? —susurró.
Intentó incorporarse, pero una mano firme se posó con suavidad sobre su hombro.
—No te muevas —dijo la misma voz grave—. Aún estás débil.
Giró la cabeza.
Él estaba sentado a unos pasos de distancia, como si no se atreviera a acercarse más. Su ropa estaba seca ahora, pero su expresión seguía siendo tensa, contenida. Sus ojos ya no eran rojos, sino oscuros… demasiado profundos.
Lía se llevó la mano al cuello.
Sus dedos encontraron dos pequeñas marcas sensibles.
El corazón se le aceleró.
—¿Qué… qué pasó? —preguntó.
Áron apartó la mirada.
—Te atacaron —respondió—. Llegué a tiempo.
—Eso no explica esto.
Ella señaló su cuello.
El silencio cayó entre ellos como un peso.
—Te estabas muriendo —dijo finalmente—. No tenía otra opción.
Lía tragó saliva.
—¿Me mordiste?
Él cerró los ojos, como si la palabra le doliera.
—Sí.
Esperó miedo. Esperó rechazo.
Pero lo que sintió fue cansancio… y una tristeza profunda, inexplicable.
—Me siento rara —murmuró—. Como si algo me faltara.
Áron abrió los ojos de golpe.
—Eso pasará —dijo, aunque su voz no sonó segura—. Lo prometo.
Lía lo observó con atención. Vio culpa en sus hombros tensos, miedo en la forma en que mantenía la distancia.
—Me salvaste la vida —dijo—. No creo que seas un monstruo.
Por un segundo, algo brilló en sus ojos.
—No me mires así —susurró—. No sabes lo peligroso que soy.
Se puso de pie y dio un paso atrás.
—Cuando puedas irte, lo harás —añadió—. Y no volverás a buscarme.
Lía apretó los dedos contra la sábana.
—No sé si pueda olvidar esto —admitió.
Áron la miró una última vez, con una expresión que mezclaba deseo, culpa y miedo.
—Entonces espero que el vacío que sientes no te lleve a mí —dijo.
Salió de la habitación sin mirar atrás.
Lía quedó sola, escuchando la lluvia, tocando las marcas de su cuello… con la certeza de que algo dentro de ella había cambiado para siempre.
Y que la noche, de algún modo, había aprendido a latir con su corazón.
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Editado: 25.01.2026