Cuando la noche aprendió a latir

Capítulo 3: No Vuelvas A Buscarme

Lía no durmió.

Cada vez que cerraba los ojos veía el callejón, la lluvia, los ojos rojos brillando en la oscuridad. Pero no era miedo lo que le apretaba el pecho… era una sensación más profunda, más inquietante.

Vacío.

Como si le hubieran arrancado algo invisible y su cuerpo no supiera cómo recuperarlo.

Se sentó en la cama cuando la primera luz gris del amanecer se filtró por la ventana. La habitación era pequeña, ordenada, demasiado silenciosa. No había rastros de él. Ni una nota. Ni una explicación.

Solo las marcas en su cuello.

Se levantó con cuidado. Sus piernas aún temblaban, pero ya no sentía el dolor que esperaba. Al contrario: se sentía extrañamente fuerte, alerta, como si cada sonido estuviera un poco más cerca de lo normal.

Encontró un espejo en el baño.

Se observó el reflejo durante largos segundos.

Su piel estaba pálida, los ojos más brillantes de lo habitual. Las marcas seguían ahí, tenues pero visibles. Lía las tocó con la yema de los dedos y una corriente fría le recorrió la espalda.

—No fue un sueño… —susurró.

Cuando salió del baño, la puerta principal estaba entreabierta.

El corazón se le aceleró.

—¿Hola? —llamó, con la voz insegura.

Nada.

La casa estaba vacía.

Horas después, ya de vuelta en su departamento, Lía no podía concentrarse en nada. El mundo se sentía demasiado ruidoso, demasiado lento. El recuerdo de aquella voz grave se le repetía una y otra vez en la cabeza.

No vuelvas a buscarme.

La frase no sonaba como una advertencia.

Sonaba como una súplica.

Esa noche volvió a llover.

Y Lía, sin saber exactamente por qué, salió.

Caminó sin rumbo hasta que reconoció el callejón. El mismo. Las mismas paredes húmedas, las mismas sombras largas proyectadas por las luces amarillas.

El aire estaba cargado de algo eléctrico.

—Sé que estás aquí —dijo en voz alta—. No sé cómo… pero lo sé.

El silencio respondió.

Por un momento pensó que se había equivocado. Que todo había sido producto del trauma. Que estaba perdiendo la cabeza.

Entonces las sombras se movieron.

Áron apareció al final del callejón, rígido, furioso… asustado.

—Te dije que no volvieras —gruñó.

Lía dio un paso hacia él.

—Me salvaste —respondió—. No puedes desaparecer así.

—Sí puedo —replicó—. Y debo hacerlo.

Se acercó lo suficiente para que ella viera el conflicto en su rostro. Sus ojos no brillaban, pero había algo contenido, algo peligroso bajo la superficie.

—Desde esa noche no me siento igual —continuó ella—. Escucho cosas que antes no. Siento… hambre. No de comida. De algo más.

Áron palideció.

—¿Qué sientes exactamente?

Lía dudó.

—Vacío —confesó—. Y cuando estás cerca… duele menos.

El silencio se volvió insoportable.

—Eso no debería pasar —murmuró él—. No tomé tanto. Fui cuidadoso.

—¿Entonces por qué me pasa esto?

Áron apretó los puños.

—Porque mi sangre tocó la tuya —dijo al fin—. Y ahora estás conectada a mí.

El mundo de Lía se inclinó.

—¿Conectada cómo?

—De una forma que nunca debió existir —respondió—. Una que solo trae consecuencias.

—No me arrepiento —dijo ella sin pensar.

Él la miró como si acabara de cometer un error imperdonable.

—Deberías —susurró—. Porque si te quedas cerca de mí… vas a perder más que el miedo.

—¿Como qué?

Áron dio un paso atrás, luchando consigo mismo.

—Tu humanidad.

El nombre de un trueno rompió el cielo.

Lía sostuvo su mirada.

—Entonces dime la verdad —exigió—. ¿Qué eres?

Áron cerró los ojos.

Cuando los abrió, ya no había forma de ocultarlo.

—Soy lo que sobrevive cuando la noche se niega a morir —dijo—. Y tú… ahora caminas demasiado cerca de ella.

Lía sintió el vacío en su pecho responder, como si algo antiguo despertara.

—Entonces enséñame —dijo—. Porque ya no sé cómo volver atrás.

Áron dio media vuelta.

—Si das un paso más —advirtió—, no habrá marcha atrás.

Lía lo siguió.

Y la noche sonrió.




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