Cuando la noche aprendió a latir

Capítulo 4: El Rumor Del Chico Nocturno

La escuela nunca había sido tan ruidosa.

No por el volumen, sino por la cantidad de voces que parecían rozarle la piel a Lía como un murmullo constante. Risas, pasos, casilleros cerrándose, conversaciones superpuestas… todo le llegaba demasiado claro, demasiado cerca, como si alguien hubiera subido el volumen del mundo sin pedirle permiso.

Se sentó en su lugar y apoyó la frente contra la palma de la mano.

—¿Te sientes bien? —preguntó Sofía, dejándose caer en la silla de al lado.

Lía levantó la mirada y forzó una sonrisa.

—Sí… solo no dormí mucho.

No era mentira. Pero tampoco era toda la verdad.

Desde aquella noche, algo en ella no encajaba. El vacío seguía ahí, persistente, como una ausencia que no se llenaba con comida, ni con descanso, ni con distracciones. Y cada vez que cerraba los ojos, veía unos ojos rojos mirándola desde la oscuridad.

No vuelvas a buscarme.

La frase seguía clavada en su mente.

—Oye —dijo Sofía en voz más baja—, ¿escuchaste lo que dicen?

Lía frunció el ceño.

—¿Sobre qué?

Sofía miró alrededor antes de inclinarse hacia ella, como si fuera a contarle un secreto prohibido.

—Sobre el chico nocturno.

El corazón de Lía dio un salto.

—¿El… qué?

—Un chico —continuó Sofía—. Dicen que aparece solo de noche. Que algunos lo han visto cerca de la escuela cuando ya está oscuro. Siempre solo. Siempre pálido.

Lía tragó saliva.

—Eso suena… inventado.

—Tal vez —admitió Sofía—. Pero no es la primera vez que lo escucho. Dicen que si te mira mucho tiempo, te sientes rara. Como cansada. Como si te faltara algo.

El vacío respondió, palpitando.

Lía bajó la mirada a su cuaderno, fingiendo desinterés.

—La gente inventa cosas todo el tiempo.

—Sí, pero… —Sofía dudó—. Hay algo distinto en este rumor.

La profesora entró al aula y la conversación se cortó, pero la inquietud no se fue.

Durante el resto de la mañana, Lía no pudo concentrarse. Cada sombra que se movía fuera de las ventanas llamaba su atención. Cada ruido la hacía girar la cabeza. Era como si estuviera esperando verlo… y al mismo tiempo temiéndolo.

En el descanso, escuchó más.

—Dicen que no come en la cafetería.
—Que nunca lo han visto bajo el sol.
—Que sus ojos parecen negros… hasta que se enoja.

Lía apretó los dedos alrededor de su botella de agua.

No puede ser él, se dijo. No tendría sentido.

Pero lo tenía.

Porque la noche anterior, cuando había salido a buscar respuestas, él había estado ahí. Siempre estaba ahí, en los márgenes, donde la luz no alcanzaba del todo.

El timbre final sonó y Lía salió del edificio con un nudo en el estómago.

El cielo ya comenzaba a oscurecer.

Y entonces lo vio.

Al otro lado de la calle, apoyado contra la sombra de un árbol, estaba él.

Áron.

No la miraba directamente, pero sabía que la había notado. Lo sentía en el pecho, como una tensión invisible que los unía. Su piel se veía tan pálida como lo recordaba, casi irreal entre la gente que pasaba sin notarlo.

Lía se quedó inmóvil.

Él levantó la cabeza.

Sus miradas se encontraron solo un segundo.

Fue suficiente.

Áron dio media vuelta y desapareció entre la multitud, como si nunca hubiera estado allí.

El corazón de Lía latía con fuerza cuando Sofía la alcanzó.

—¿Viste eso? —preguntó—. Juraría que había alguien ahí…

Lía asintió lentamente.

—Sí —murmuró—. Yo también.

Esa noche, mientras se recostaba en su cama, el rumor dejó de parecer una historia inventada.

Porque ahora sabía la verdad.

El chico nocturno existía.

Y ella ya había cruzado su camino.




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