El rumor se volvió realidad a la mañana siguiente.
Lía estaba sentada en su lugar cuando la puerta del aula se abrió y el murmullo habitual se transformó en un silencio extraño, expectante. La profesora entró primero, acomodó unos papeles… y luego dio un paso a un lado.
—Tenemos un alumno nuevo —anunció—. Pasa, por favor.
Lía levantó la vista.
Y el aire se le quedó atrapado en los pulmones.
Áron.
No había duda alguna. Estaba allí, de pie frente a todos, con la misma postura rígida, la misma expresión contenida, la misma palidez imposible. La luz del aula no lo favorecía; al contrario, hacía que pareciera aún más fuera de lugar, como si el sol filtrado por las ventanas lo rechazara.
Su mirada recorrió el salón sin detenerse en nadie… hasta que la encontró a ella.
Solo un segundo.
Fue suficiente para que el vacío en el pecho de Lía ardiera.
—Mi nombre es Áron —dijo él, con voz neutra—. Gracias.
Nada más.
La profesora le indicó un asiento libre.
El único que quedaba… estaba a dos filas de Lía.
Sofía se inclinó de inmediato hacia ella, con los ojos muy abiertos.
—¿Lo ves? —susurró—. Es él. El chico del que hablaban.
Lía no respondió.
Áron pasó junto a su mesa y el aire cambió. Un frío leve, casi imperceptible, le rozó la piel. Lía apretó los dedos contra el cuaderno, conteniendo el impulso absurdo de mirarlo otra vez.
No vuelvas a buscarme.
La frase resonó en su mente con crueldad.
Durante la clase, Lía fue incapaz de concentrarse. Cada movimiento de Áron le resultaba dolorosamente evidente: la forma en que no tomaba apuntes, cómo mantenía la mirada fija al frente, cómo parecía tensarse cada vez que alguien se acercaba demasiado.
No respiraba como los demás.
No parpadeaba con la misma frecuencia.
Era… distinto.
Y, aun así, cuando sonó el timbre y todos comenzaron a levantarse, Áron se quedó sentado, como si no supiera qué hacer con tanta vida a su alrededor.
Lía se puso de pie despacio.
No sabía qué pretendía. No tenía un plan. Solo sabía que su cercanía dolía más que su ausencia.
—Áron —dijo, casi en un susurro.
Él se tensó al escuchar su nombre.
No se volvió de inmediato.
—No —respondió—. Aquí no.
—Solo quiero hablar —insistió ella—. Cinco minutos.
Áron apretó la mandíbula y, sin mirarla, se levantó.
—No debiste decir mi nombre —murmuró.
Salió del aula sin esperar respuesta.
Lía lo siguió, ignorando la mirada curiosa de Sofía.
Lo alcanzó en el pasillo casi vacío.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó—. Dijiste que no volviera a buscarte.
Áron se detuvo tan de golpe que ella casi chocó con su espalda.
—Y tú dijiste que no sabías si podrías olvidarlo —replicó—. No confundas mis advertencias con permiso.
Se giró al fin.
De cerca, la palidez era aún más evidente. Sus ojos estaban oscuros, cargados de algo que parecía cansancio… y hambre.
—Estar cerca de ti es un error —continuó—. Cada segundo.
—Entonces ¿por qué viniste? —preguntó Lía, con la voz temblando.
Áron dudó.
Solo un instante.
—Porque esconderme de ti fue peor.
El silencio entre ellos era pesado, íntimo, peligroso.
—Todos dicen que eres raro —añadió ella en voz baja—. Que no comes. Que no sales al sol. Que solo apareces de noche.
—¿Y tú qué dices? —preguntó él.
Lía sostuvo su mirada.
—Digo que no pareces un monstruo.
Por primera vez, algo se quebró en la expresión de Áron.
—Eso es lo que me da miedo —susurró—. Que me mires así.
Se alejó un paso.
—Mantén distancia, Lía. Si no lo haces… voy a fallarte.
—¿Cómo?
Áron no respondió.
Se dio la vuelta y se perdió entre los pasillos, dejándola con una verdad dolorosa clavada en el pecho:
Tenerlo cerca la hacía sentir viva.
Pero también podía destruirlos a ambos.
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Editado: 30.01.2026