La noche cayó demasiado rápido.
Lía lo notó desde su habitación, observando cómo el cielo se oscurecía con una densidad inquietante, como si las sombras se acumularan unas sobre otras. No lograba concentrarse en nada. Ni en el teléfono. Ni en la música. Ni en el cuaderno abierto frente a ella.
Áron estaba allí.
En la escuela. En la misma ciudad. Demasiado cerca.
Cada palabra del pasillo se repetía en su mente como un eco peligroso.
Estar cerca de ti es un error.
Mientras tanto, a varias calles de distancia, Áron caminaba sin rumbo fijo bajo la luz intermitente de los faroles. Sus pasos eran silenciosos, casi inexistentes. Tenía las manos enterradas en los bolsillos del abrigo y la mandíbula tensa.
El hambre ardía.
No era un vacío común. No era cansancio ni antojo. Era una presión interna, un fuego lento que le recorría la garganta y le nublaba los pensamientos.
Había pasado demasiado tiempo conteniéndose.
—Concéntrate —murmuró para sí mismo.
El olor de la ciudad era un tormento: sangre bajo la piel, corazones latiendo, vidas enteras caminando sin saber cuán frágiles eran. Cada persona que pasaba a su lado era una tentación.
Entonces, entre todos esos aromas, apareció ella.
Lía.
No estaba allí físicamente… pero su recuerdo era más fuerte que cualquier otro.
Su voz.
Su pulso acelerado.
La forma en que lo había mirado sin miedo.
Áron se detuvo en seco.
—No —susurró, cerrando los ojos.
No podía permitirse pensar en ella ahora.
El hambre respondió con violencia.
Apoyó una mano contra la pared de un edificio, respirando hondo, aunque no lo necesitara. Su reflejo en el vidrio le devolvió una imagen que odiaba: ojos más oscuros de lo normal, venas apenas marcadas en el cuello, el control resquebrajándose.
Esto es por lo que debía alejarme.
Mientras tanto, Lía no lograba dormir.
Se levantó de la cama y caminó hasta la ventana. La calle estaba casi vacía. Solo un farol encendido y el sonido distante de un coche.
Y entonces lo vio.
Una silueta recortada contra la luz amarillenta.
Alta. Inmóvil. Demasiado familiar.
El corazón le dio un vuelco.
—Áron… —susurró.
No pensó. No dudó. Tomó una sudadera y salió de casa sin hacer ruido.
Cuando llegó a la esquina, lo encontró apoyado contra la pared, con el rostro girado hacia otro lado, como si luchara contra algo invisible.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Áron levantó la cabeza de golpe.
—Vuelve a casa —ordenó, con una dureza que no había usado antes—. Ahora.
Lía dio un paso hacia él.
—Te pasa algo.
—No te acerques —dijo él, retrocediendo—. No sabes lo que estás haciendo.
—Dímelo entonces.
Áron la miró.
Y esta vez no pudo ocultarlo.
El hambre brillaba en sus ojos.
—Estoy perdiendo el control —confesó, con la voz rota—. Y tú… tú lo empeoras.
El silencio entre ellos vibraba de tensión.
Lía tragó saliva, pero no huyó.
—No me das miedo —dijo—. Me asusta más no entenderte.
Áron soltó una risa amarga.
—Eso es lo peligroso.
Se giró, alejándose, como si cada paso le costara una batalla.
—Si me quedo —añadió—, te haré daño. No porque quiera… sino porque lo necesito.
Lía lo observó desaparecer entre las sombras, con una certeza helándole el pecho:
Áron no era solo un chico extraño.
Era alguien que luchaba cada noche por no convertirse en el monstruo que todos temían.
Y ella estaba peligrosamente cerca del centro de esa batalla.
#1029 en Otros
#211 en Novela histórica
#689 en Fantasía
#417 en Personajes sobrenaturales
Editado: 30.01.2026