Cuando la noche aprendió a latir

Capítulo 7: No Eres Humana Para Mí

Lía no volvió a dormir esa noche.

Las palabras de Áron se repetían en su cabeza como un latido que no encontraba descanso.

Estoy perdiendo el control.
Si me quedo, te haré daño.

Al amanecer, sus ojos ardían de cansancio, pero su decisión era clara: no iba a huir de él otra vez.

En la escuela, el ambiente era el de siempre… risas, pasos apresurados, mochilas golpeando casilleros. Todo parecía normal, y aun así, para Lía, el mundo estaba desalineado.

Entonces lo vio.

Áron estaba al fondo del pasillo, apoyado contra la pared, con el rostro serio y distante. No miraba a nadie. No hablaba con nadie. Era como si el ruido no lo tocara.

Y cuando sus miradas se cruzaron, él apartó los ojos.

Eso dolió más de lo que ella esperaba.

En el descanso, Lía lo siguió hasta el patio trasero, un lugar casi vacío, escondido detrás del gimnasio. El aire era frío y el cielo estaba cubierto de nubes grises.

—Áron —dijo.

Él se detuvo, pero no se giró.

—Te dije que no me buscaras.

—Y yo te dije que necesitaba respuestas.

Áron cerró los ojos. Sus manos temblaban ligeramente.

—No entiendes —murmuró—. No puedes.

Lía dio un paso más.

—Entonces explícamelo.

Por fin, él se volvió.

Su expresión no era cruel… era cansada. Antiguamente cansada.

—No soy como tú —dijo—. No lo he sido en mucho tiempo.

—Eso ya lo sé.

—No —replicó con dureza—. No sabes nada.

El silencio cayó pesado entre ellos.

Áron respiró hondo, como si tomar aire fuera un acto de voluntad.

—Lo que sientes cuando estás cerca de mí… ese vacío, ese mareo —continuó—. No es normal.

Lía se llevó una mano al cuello, instintivamente, tocando la zona donde la marca ya casi no se veía.

—¿Tiene que ver contigo?

Áron bajó la mirada.

—Todo tiene que ver conmigo —susurró.

Levantó los ojos de nuevo, y esta vez no había rastro de evasión.

—No eres humana para mí —dijo—. Eres… una tentación constante. Una herida abierta.

Lía sintió un nudo en el pecho.

—¿Eso es todo lo que soy?

—No —respondió él de inmediato, con una intensidad que la sorprendió—. Ese es el problema.

Se acercó un paso, pero se detuvo antes de tocarla.

—Cuando te miro, olvido lo que soy. Olvido el hambre. Olvido el miedo. Y si eso pasa… puedo perderte.

—¿Perderme cómo?

Áron apretó los puños.

—Para alguien como yo, amar es matar lentamente.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

Lía respiró hondo.

—Entonces no me ames —dijo—. Pero no me mientas. No me apartes como si fuera nada.

Áron la miró como si esas palabras lo atravesaran.

—No puedo tocarte —confesó—. No puedo querer como tú quieres. Porque si cruzo esa línea… te destruiré.

El timbre sonó a lo lejos.

Lía dio un paso atrás, con el corazón acelerado.

—Tal vez —dijo en voz baja— no necesito que me protejas de ti. Tal vez necesito decidir por mí misma.

Áron no respondió.

Pero cuando ella se fue, se quedó mirando el lugar donde había estado, sabiendo algo que jamás quiso aceptar:

El verdadero peligro no era el hambre.
Era lo que empezaba a sentir.




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