No hablaron en dos días.
Dos días en los que Lía sintió que algo le faltaba, como si le hubieran quitado una parte del aire. En clase, su mirada lo buscaba sin querer; en los pasillos, su corazón se aceleraba cuando creía verlo… pero Áron siempre estaba lejos. Demasiado lejos.
Hasta esa tarde.
Lía salía de la escuela cuando lo encontró esperándola bajo el árbol grande del patio, el mismo que siempre proyectaba sombras largas al atardecer. Áron parecía una estatua: inmóvil, serio, con el rostro tenso.
—Pensé que no volverías a hablarme —dijo ella, rompiendo el silencio.
—Yo también —respondió él.
No se miraron de inmediato. El aire entre ambos estaba cargado, como antes de una tormenta.
—No quiero hacerte daño —continuó Áron—. Pero tampoco puedo seguir huyendo.
Lía cruzó los brazos, intentando mantener la voz firme.
—Entonces deja de decidir por mí.
Él la miró. De verdad la miró. Como si estuviera memorizando cada detalle.
—Si me quedo cerca —dijo—, necesito reglas.
—¿Reglas?
Áron asintió lentamente.
—Distancia cuando esté… inestable. Nada de lugares oscuros. Nada de contacto cuando tenga hambre.
Lía tragó saliva.
—¿Y eso es suficiente?
—No —admitió—. Pero es lo único que puedo ofrecer.
Hubo un silencio corto. Lía pensó en la marca de su cuello, en el vacío extraño que aún la acompañaba, en el miedo… y en cómo, aun así, no quería alejarse.
—De acuerdo —dijo al fin—. Pero yo también pongo reglas.
Áron arqueó una ceja, sorprendido.
—Te escucho.
—Nada de desaparecer sin explicaciones —enumeró—. Nada de mentiras. Y si siento miedo… me lo dices. No me apartas.
Él dudó.
—Eso es difícil.
—Lo sé —respondió ella—. Pero huir también lo es.
Áron exhaló despacio, como si aceptara una condena dulce.
—Entonces es un pacto.
Extendió la mano… y se detuvo antes de tocarla.
Lía fue quien dio el último paso, colocando su mano sobre la de él. El contacto fue breve, cuidadoso, casi tembloroso.
Y aun así, algo cambió.
Áron cerró los ojos un segundo, luchando contra una sensación que ardía bajo su piel.
—Esto es peligroso —murmuró.
—Lo sé —susurró Lía—. Pero no quiero estar a salvo si eso significa estar sola.
Cuando separaron las manos, el cielo ya estaba oscureciendo.
El pacto estaba hecho.
Y ambos sabían una verdad silenciosa:
Las reglas no estaban hechas para durar.
Especialmente cuando el corazón empieza a latir más fuerte que el miedo.
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Editado: 30.01.2026