El lugar no era especial.
Un viejo mirador abandonado a las afueras de la ciudad, con una baranda oxidada y bancos de madera carcomidos por el tiempo. Pero para Áron era uno de los pocos sitios donde el ruido del mundo parecía apagarse.
—Aquí nadie viene —dijo, apoyándose en la baranda—. Y si vienen… no se quedan mucho.
Lía se sentó en el banco, abrazándose las piernas. El viento nocturno le erizó la piel.
—¿Por qué me trajiste aquí?
Áron tardó en responder. Miraba la ciudad desde arriba, las luces lejanas, como si observara una vida que ya no le pertenecía.
—Porque si voy a decirte la verdad… necesito hacerlo lejos de todo.
Lía sintió un nudo en el pecho.
—Entonces dime.
Él apretó la mandíbula.
—Morí a los dieciocho.
La frase cayó pesada, definitiva.
—Fue hace más de un siglo —continuó—. Una noche parecida a esta. Yo también creía que volvería a casa.
Lía no habló. Tenía miedo de romper algo frágil.
—No era especial —dijo Áron con una risa breve y amarga—. No era fuerte. No era valiente. Solo… confié en la persona equivocada.
Se giró hacia ella por primera vez. Sus ojos, oscuros ahora, no brillaban.
—Me ofrecieron salvación —susurró—. Eternidad. Y yo acepté porque tenía miedo de morir.
Lía sintió un escalofrío.
—¿Te arrepientes?
Áron cerró los ojos.
—Todos los días.
El silencio se alargó. El viento movía el cabello de Lía, pero ella apenas lo sentía.
—¿Y tu corazón? —preguntó al fin—. ¿De verdad no late?
Áron llevó una mano a su pecho.
—No como el tuyo —respondió—. No se acelera, no se cansa… no se detiene. Y aun así…
La miró con una intensidad que la hizo contener la respiración.
—A veces duele.
Lía se levantó despacio y se colocó frente a él, sin tocarlo.
—Entonces sí sientes.
—Siento demasiado —dijo él—. Por eso me odio. Por eso me contengo.
Ella bajó la mirada.
—Pensé que eras frío porque no te importaba.
—Soy frío —respondió— porque me importa más de lo que debería.
Lía levantó la vista, sorprendida.
—¿Incluso yo?
Áron dudó. Y ese segundo de silencio fue suficiente para responder.
—Especialmente tú.
El corazón de Lía latía con fuerza, tan fuerte que pensó que él podría escucharlo.
—No quiero que me cuides desde lejos —dijo—. Quiero entenderte.
Áron dio un paso atrás, como si esa cercanía fuera peligrosa.
—Entenderme no te va a salvar —advirtió—. Puede destruirte.
—Tal vez —respondió ella—. Pero no quiero amar solo lo que es seguro.
Por un instante, Áron pareció perder el control. Sus ojos se encendieron apenas, un destello rojo, contenido.
Se giró de nuevo hacia la ciudad.
—Los corazones que no laten —dijo— no deberían enamorarse.
Lía se quedó a su lado, sin tocarlo, pero sin irse.
—Entonces no te enamores —susurró—. Solo… quédate.
Áron no respondió.
Pero no se fue.
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Editado: 30.01.2026