Cuando la noche aprendió a latir

Capítulo 10: La Primera Sonrisa

Fue un día común.
Tan común que parecía casi irreal después de todo lo que compartían en silencio.

Lía estaba sentada en las gradas del gimnasio, con un cuaderno abierto sobre las piernas. No escribía nada; solo miraba cómo el sol de la tarde se filtraba por las ventanas altas. Áron estaba a unos metros, de pie, observando sin parecer interesado en nada en particular.

—¿Siempre miras como si el mundo fuera un problema difícil? —preguntó ella, sin levantar la vista.

Áron parpadeó, sorprendido.

—No sabía que se notaba.

—Mucho —dijo Lía—. Como si estuvieras esperando que algo salga mal.

Él se encogió de hombros.

—Suele pasar.

Lía cerró el cuaderno y lo miró.

—Ven. Si vas a vigilar el apocalipsis, al menos siéntate.

Áron dudó. Luego, con cautela, se sentó a su lado, dejando el espacio justo que habían acordado en el pacto.

—¿Qué escribes? —preguntó.

—Nada importante —respondió ella—. Cosas que no digo en voz alta.

Áron bajó la mirada.

—Eso suele ser lo más peligroso.

Ella rió suavemente.

—¿Ves? Siempre tan dramático.

—No es drama —dijo él—. Es experiencia.

Lía lo observó con atención.

—¿Sabes qué es lo extraño?

—¿Qué?

—Que contigo no me siento asustada —confesó—. Me siento… tranquila.

Áron se tensó.

—Eso no es buena señal.

—Para mí sí.

Hubo un silencio cómodo, raro, casi normal. Lía sacó de su mochila una botella de agua y la agitó un poco.

—¿Quieres?

Áron negó con la cabeza.

—No puedo.

—Lo sé —respondió ella—. Igual la ofrecí.

Él la miró, confundido.

—¿Por qué?

Lía se encogió de hombros.

—Porque ofrecer algo no obliga a aceptarlo.

Áron se quedó quieto unos segundos. Luego, algo imperceptible cambió en su rostro.

Sus labios se curvaron apenas.

Era pequeña.
Insegura.
Casi invisible.

Pero era una sonrisa.

Lía se quedó mirándolo, con los ojos abiertos de sorpresa.

—¿Eso fue… una sonrisa?

Áron se dio cuenta demasiado tarde. Se llevó una mano al rostro, incómodo.

—No —dijo—. Fue un error.

—No mientas —insistió ella—. Fue real.

Él bajó la mirada.

—No sonrío —murmuró—. No desde hace mucho.

Lía sintió algo cálido en el pecho.

—Entonces —dijo con suavidad— me alegra haberlo visto.

Áron levantó la vista. Sus ojos ya no estaban rojos. Eran profundos, oscuros… humanos.

—No deberías alegrarte por algo tan pequeño.

—Las cosas pequeñas son las que más importan —respondió ella—. Las grandes siempre asustan.

Áron respiró hondo. Por un instante, pareció olvidarse de lo que era.

—Lía… —empezó, y se detuvo.

—¿Sí?

—Gracias —dijo al final—. Por no mirarme como si fuera solo un monstruo.

Ella sonrió.

—Gracias por no fingir que no sientes nada.

Cuando se levantaron para irse, el sol ya casi se había ocultado.

Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, ambos lo sabían:

Esa sonrisa no era solo un gesto.
Era el principio de algo que ya no podrían detener.




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