Cuando la noche aprendió a latir

Capítulo 11: Celos

Lía sintió la mirada antes de verlo.

Era distinta a cualquier otra: no curiosa, no distraída. Era una atención pesada, insistente, como si alguien la estuviera midiendo desde dentro.

Se detuvo en el pasillo casi vacío de la escuela. El cielo afuera ya estaba oscuro; las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido incómodo.

—No deberías caminar sola a esta hora —dijo una voz desconocida.

Lía se giró.

El chico estaba apoyado contra los casilleros, con una sonrisa ladeada y una elegancia inquietante. Era guapo, sí, pero de una forma afilada. Sus ojos eran claros… demasiado claros. Fríos.

—Estoy bien —respondió ella, con cautela—. Ya me voy.

Él inclinó la cabeza, observándola con interés abierto.

—Lía, ¿verdad?

Su corazón dio un salto.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Oh —sonrió—. Digamos que he escuchado hablar de ti.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—No te conozco.

—Eso se puede arreglar —respondió él—. Me llamo Kael.

Antes de que Lía pudiera decir algo más, una sombra se interpuso entre ellos.

—Aléjate de ella.

Áron.

Su voz era baja, controlada… peligrosa.

Kael lo miró de arriba abajo y soltó una risa suave.

—Así que eres tú —dijo—. El famoso renegado.

Los ojos de Áron brillaron apenas.

—No la mires —advirtió.

—¿Mirarla? —Kael fingió sorpresa—. Solo estaba conversando. Aunque admito que… es interesante.

Lía sintió cómo Áron se tensaba a su lado.

—Vete —repitió—. Ahora.

Kael dio un paso hacia atrás, levantando las manos.

—Tranquilo. No vine a pelear —dijo, pero su mirada seguía clavada en Lía—. Solo tenía curiosidad. Hace tiempo que no veía a un humano… tan marcado.

Lía llevó instintivamente una mano a su cuello.

Áron gruñó. Literalmente.

—No la vuelvas a mencionar —dijo—. Ni a mirarla. Ni a pensar en ella.

Kael sonrió con calma.

—Eso no depende solo de ti.

Luego se giró y se perdió al final del pasillo, como si nunca hubiera estado ahí.

El silencio quedó suspendido.

Lía se volvió hacia Áron.

—¿Quién era?

Áron respiraba con dificultad, como si se estuviera conteniendo.

—Alguien que no debería haberte visto —respondió.

—Me miró como si… —Lía dudó— como si no fuera una persona.

Áron apretó los puños.

—Eso es porque para él no lo eres —dijo—. Eres una posibilidad.

—¿De qué?

Él la miró. Y por primera vez, Lía vio algo nuevo en sus ojos.

Celos.

Crudos. Mal disimulados.

—De cazar —respondió—. Y de provocarme.

Lía tragó saliva.

—¿Te importa?

Áron no respondió de inmediato.

—No me gusta —dijo al fin— que otros vampiros te vean.

—¿Por qué?

Él bajó la mirada.

—Porque no puedo protegerte de todos.

El corazón de Lía latía con fuerza.

—No soy una cosa que se proteja —dijo—. Pero… gracias.

Áron la miró, sorprendido.

—No deberías agradecerme por sentir celos.

—No —respondió ella—. Pero me gusta saber que sientes algo.

Áron dio un paso atrás, como si esa verdad fuera peligrosa.

—Esto es lo que pasa cuando rompo mis propias reglas —murmuró—.

Kael no solo había aparecido.

Había dejado algo peor atrás:
una grieta.

Y ambos sabían que no sería la última vez que lo verían.




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