—Deja de mirarme.
La voz de Áron fue seca, casi un ruego disfrazado de orden.
Lía levantó la vista, confundida. Estaban sentados en las gradas vacías del campo deportivo. La noche había caído hace rato y solo una farola iluminaba el lugar, lanzando sombras largas sobre el suelo.
—¿Mirarte cómo? —preguntó.
Áron apretó la mandíbula.
—Así —dijo—. Como si no te diera miedo.
Lía ladeó la cabeza.
—¿Y si no me da?
Él se levantó de golpe y comenzó a caminar de un lado a otro, inquieto.
—No entiendes lo que provocas —murmuró—. Desde que Kael apareció… todo es más difícil.
—¿Porque estás celoso?
Áron se detuvo en seco.
—No digas eso.
—¿Por qué no? —insistió Lía, poniéndose de pie—. Te pusiste furioso. Tenso. Como si… como si te importara.
Áron la miró entonces. De frente. Sin barreras.
—Claro que me importa —dijo en voz baja—. Ese es el problema.
El corazón de Lía se aceleró.
—No me mires así —repitió él, acercándose un paso—. Porque cuando lo haces… olvido quién soy.
—¿Y quién eres? —susurró ella.
Áron dudó. Sus ojos brillaron apenas, conteniéndose.
—Alguien que podría perder el control —respondió—. Alguien que no debería querer a una humana.
—No me trates como si fuera frágil —dijo Lía—. No lo soy contigo.
—Eso es lo que más miedo me da —confesó él—. Que confíes en mí.
El silencio entre ellos era denso, cargado de cosas no dichas. Lía dio un paso más, acortando la distancia que el pacto había impuesto.
—No quiero que me apartes cuando sientes algo —dijo—. Prefiero la verdad, aunque duela.
Áron cerró los ojos un instante.
—La verdad es que cuando Kael te miró… quise arrancarle la garganta —admitió—. Y eso no es amor. Es hambre mezclada con algo peor.
—¿Qué?
—Necesidad.
Lía sintió un escalofrío, pero no retrocedió.
—Entonces mírame —dijo—. Y dime si soy solo eso.
Áron abrió los ojos. La miró como si estuviera al borde de un abismo.
—No —susurró—. No eres solo eso.
Levantó una mano, temblorosa, y la dejó suspendida en el aire, a centímetros de su rostro.
—Si te toco… —empezó.
—No lo hagas —dijo Lía, con suavidad—. Solo quédate.
Áron bajó la mano lentamente.
—Esto va a terminar mal —murmuró.
—Tal vez —respondió ella—. Pero por primera vez no me siento sola.
Áron dio un paso atrás, respirando hondo, recuperando el control a la fuerza.
—Vete a casa —dijo—. Antes de que rompa algo que no pueda reparar.
Lía asintió, aunque le dolía.
—Buenas noches, Áron.
—Buenas noches, Lía.
Ella se fue sin mirar atrás.
Áron se quedó solo bajo la farola, con los puños cerrados y una verdad ardiéndole en el pecho:
Ya no sentía solo celos.
Sentía amor.
Y eso era lo más peligroso de todo.
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Editado: 30.01.2026