Cuando la noche aprendió a latir

Capítulo 13: Bajo La Luna

La luna estaba llena.

Redonda, blanca, demasiado brillante para una noche que debía ser tranquila. Lía la observaba desde la azotea del edificio abandonado al que Áron la había llevado, con la ciudad extendiéndose a sus pies como un mar de luces lejanas.

—No deberíamos estar aquí —dijo ella, rompiendo el silencio.

—Lo sé —respondió Áron—. Por eso estamos.

El viento movía su cabello con suavidad. Él permanecía a un par de pasos de distancia, respetando el pacto… aunque cada parte de su cuerpo parecía tensarse por no romperlo.

—Desde que Kael apareció —dijo Lía— siento que algo nos persigue.

Áron asintió.

—Porque es verdad.

Ella se giró hacia él.

—Entonces dime qué eres para mí ahora.

Áron dudó. La luna iluminaba su rostro, suavizando sus rasgos, haciéndolo parecer casi irreal.

—Soy un peligro —respondió—. Y aun así… no puedo alejarme.

Lía dio un paso hacia él.

—Yo tampoco quiero que lo hagas.

El aire entre ellos se volvió eléctrico. Áron podía escuchar el latido de su corazón. Cada golpe era una tentación.

—Lía… —murmuró—. No te acerques más.

—¿Por qué? —preguntó ella—. ¿Porque tienes miedo?

—Porque si sigues avanzando… no sé si podré detenerme.

Ella se detuvo justo frente a él. Tan cerca que podía sentir el frío suave de su piel, tan cerca que su respiración se mezclaba con la de él.

—No me beses —susurró Áron—. Si lo haces, voy a querer más.

Lía alzó la mirada. Sus ojos brillaban, pero no de miedo.

—Solo dime una cosa —pidió—. ¿Si no fueras lo que eres… me besarías?

Áron cerró los ojos. La respuesta ardía demasiado.

—Sí.

El silencio se rompió entre ambos.

Lía levantó la mano con lentitud, dándole tiempo para apartarse. Sus dedos rozaron apenas su mejilla. Fue un contacto mínimo… pero suficiente para que Áron contuviera un gemido.

—Áron —susurró ella—. No quiero salvarte. Solo quiero estar contigo.

Él apoyó la frente en la de ella, respirando con dificultad.

—Esto es lo más cerca que puedo estar sin destruirnos —dijo.

Sus labios quedaron a centímetros. El mundo parecía contener la respiración.

Por un segundo eterno, Lía pensó que lo besaría.

Pero Áron se apartó de golpe.

—No —dijo, con la voz rota—. No así. No bajo la luna. No cuando mi hambre puede confundirse con amor.

Lía sintió el rechazo como un golpe… pero también entendió el sacrificio.

—Gracias —dijo con suavidad—. Por detenerte.

Áron la miró, sorprendido.

—¿No estás enojada?

—No —respondió—. Estoy segura de algo.

—¿De qué?

Lía sonrió, triste y sincera.

—De que cuando me beses… será porque me amas. No porque luchas contra ti mismo.

Áron no respondió. No podía.

La luna siguió brillando sobre ellos, testigo silencioso de un beso que no ocurrió…
y de un amor que ya era imposible de negar.




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