Cuando la noche aprendió a latir

Capítulo 14: Te Elegiría Igual

Lía no durmió esa noche.

No por miedo.
Sino porque cada vez que cerraba los ojos veía el rostro de Áron bajo la luna, su forma de apartarse, el sacrificio silencioso que había hecho al no besarla.

A la mañana siguiente lo encontró donde siempre: sentado en el borde del muro detrás de la escuela, observando sin mirar realmente nada.

—Tenemos que hablar —dijo ella, sin rodeos.

Áron se tensó al instante.

—No es buena idea.

—Tal vez no —respondió—. Pero es necesaria.

Saltó del muro con ligereza y quedó frente a ella, manteniendo la distancia justa. Sus ojos estaban cansados.

—Lo de anoche… —empezó él—. No quise hacerte daño.

—No lo hiciste —lo interrumpió Lía—. Pero tampoco puedes seguir decidiendo por los dos.

Áron bajó la mirada.

—Si supieras todo… no dirías eso.

—Entonces dímelo.

El silencio se volvió pesado.

—Soy un monstruo —dijo al fin—. He hecho cosas de las que no vuelves. He lastimado personas. He perdido el control. Y si supieras cuántas veces he querido huir de ti solo para no arrastrarte conmigo…

Lía dio un paso al frente.

—Te escucho.

—No —respondió él con dureza—. No escuchas lo que digo. No soy solo distinto. Soy peligroso.

—¿Y crees que eso me define a mí? —preguntó ella—. ¿Ser la chica que huye cuando la verdad es incómoda?

Áron la miró, sorprendido.

—No deberías elegirme —dijo—. Hay opciones mejores. Humanas. Seguras.

Lía negó lentamente.

—Yo no te elegí porque seas seguro —dijo—. Te elegí porque eres honesto cuando duele. Porque te contienes cuando podrías tomar. Porque te alejas cuando amar sería más fácil.

Áron sintió algo romperse dentro.

—Lía…

—Déjame terminar —pidió—. Si mañana descubriera que eres peor de lo que imagino… te elegiría igual.

Él dio un paso atrás, como si esas palabras fueran demasiado.

—No sabes lo que dices.

—Sí lo sé —respondió ella—. No te amo por lo que eres. Te amo por lo que decides no hacer.

El viento movió las hojas a su alrededor. Áron la observaba como si nunca nadie lo hubiera visto de esa forma.

—Eso no me hace bueno —susurró.

—No —admitió Lía—. Pero te hace real.

Áron cerró los ojos. Su respiración era irregular.

—Si sigo cerca de ti —dijo—, vendrá gente que querrá usarte para hacerme obedecer.

—Entonces lucharemos —respondió ella—. O huiremos. O perderemos. Pero no quiero una historia donde nunca lo intentamos.

Él la miró. Y por primera vez, no apartó la mirada.

—Te estoy condenando —dijo.

—No —respondió ella—. Me estás eligiendo.

Áron levantó la mano, dudó… y la bajó.

—Aún no puedo tocarte —dijo—. Pero quiero que sepas algo.

—¿Qué?

—Si el mundo me obliga a elegir entre lo que soy… y tú —susurró—, no dudaré.

Lía sonrió, con los ojos brillantes.

—Eso es todo lo que quería oír.

No se tocaron.
No se besaron.

Pero algo quedó sellado entre ellos.

Una elección.
Mutua.
Irrevocable.




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