Áron lo sintió antes de verlo.
Esa presión antigua en el aire, ese silencio antinatural que no pertenecía al mundo humano. El viento se detuvo. Los sonidos de la ciudad parecieron apagarse como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible.
—No salgas esta noche —le dijo a Lía, con una urgencia que no intentó disimular.
Ella lo miró, preocupada.
—¿Qué pasa?
Áron apretó la mandíbula.
—Ellos saben de ti.
El corazón de Lía dio un salto.
—¿Quiénes?
Áron no respondió de inmediato. Miraba hacia la calle, atento, tenso, como un animal acorralado.
—Mi clan.
La palabra cayó como una sentencia.
—Pensé que no tenías contacto con ellos —dijo Lía.
—No lo tengo —respondió—. Pero eso no significa que no me vigilen.
Esa misma noche, Áron salió solo. No quería que Lía estuviera cerca cuando ocurriera lo inevitable.
Los encontró en el viejo teatro abandonado, el lugar donde el clan solía reunirse cuando aún caminaban entre sombras y promesas.
Eran cinco.
Todos inmóviles. Elegantes. Inhumanamente tranquilos.
—Has tardado —dijo una mujer de cabello plateado, con una sonrisa cruel—. Pensamos que ya no vendrías.
—No los llamé —respondió Áron—. ¿Qué quieren?
Un hombre alto dio un paso al frente. Sus ojos eran tan rojos como brasas.
—Has roto demasiadas reglas —dijo—. Te escondes entre humanos. Te niegas a alimentarte como debes. Y ahora…
La mujer ladeó la cabeza.
—Ahora hay una humana marcada.
Áron sintió el frío recorrerle la espalda.
—No la toquen.
—No nos des órdenes —respondió ella con calma—. Esa chica no es solo una debilidad. Es una oportunidad.
—No es parte de esto —gruñó Áron.
—Claro que lo es —intervino otro—. Todo lo que amas pertenece al clan. O se convierte en castigo.
Áron dio un paso al frente, los ojos brillando con furia contenida.
—No la usarán.
La mujer de cabello plateado sonrió, satisfecha.
—Entonces elige —dijo—. Regresa con nosotros… o perderás lo único que intentas proteger.
—No pienso obedecer.
El silencio que siguió fue helado.
—Siempre fuiste el más problemático —suspiró ella—. Por eso dolerá más.
Cuando Áron regresó, el cielo estaba cubierto de nubes espesas. Encontró a Lía sentada en el borde de la cama, esperándolo.
—Lo sabía —dijo ella—. Algo iba mal.
Áron se detuvo frente a ella, sin saber por dónde empezar.
—Mi clan no te ve como persona —confesó—. Te ven como… una moneda.
Lía sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué quieren hacer conmigo?
Áron cerró los ojos.
—Usarte para obligarme a volver.
El silencio se volvió insoportable.
—Entonces huimos —dijo Lía—. Ahora.
Áron negó.
—No es tan simple. Si huimos… te cazarán.
—¿Y si me quedo?
—Te usarán —respondió él—. O algo peor.
Lía se levantó y tomó sus manos, sin pensar.
Áron se estremeció, pero no se apartó.
—Mírame —dijo ella—. Dijiste que me elegirías.
Él la miró, con dolor.
—Y lo haré —susurró—. Aunque eso signifique enfrentarme a todos.
En ese instante, Áron entendió la verdad más terrible:
El clan no había venido a negociar.
Había venido a reclamar.
Y Lía ya estaba en peligro.
#1029 en Otros
#211 en Novela histórica
#689 en Fantasía
#417 en Personajes sobrenaturales
Editado: 30.01.2026