Áron no durmió.
Pasó la noche de pie, junto a la ventana, escuchando cada sonido de la ciudad como si fuera una amenaza. Cuando el cielo empezó a aclarar, ya había tomado una decisión.
La peor.
Lía despertó con la sensación de que algo estaba mal. Áron estaba sentado al borde de la cama, rígido, con el rostro cerrado.
—¿Qué pasa? —preguntó, incorporándose.
Áron no la miró de inmediato.
—Tienes que irte.
Las palabras fueron secas. Definitivas.
Lía parpadeó.
—¿Qué?
—Hoy —continuó—. Lejos. A cualquier lugar donde yo no esté.
—Áron, ¿de qué estás hablando?
Él se levantó y comenzó a caminar por la habitación, evitando mirarla.
—El clan vendrá esta noche —dijo—. Y no puedo protegerte si sigues cerca de mí.
Lía se levantó también.
—Dijiste que lucharías.
—Mentí —respondió, con frialdad forzada—. No puedo ganar.
Lía sintió el golpe en el pecho.
—No te creo.
Áron se detuvo y por fin la miró. Sus ojos estaban duros, vacíos… falsos.
—Esto fue un error —dijo—. Tú y yo. Todo.
Lía negó lentamente.
—No hables así.
—Eres humana —continuó él—. Frágil. Temporal. Yo no debería haberme acercado.
Cada palabra era una herida.
—Eso no es verdad —susurró ella—. No después de todo lo que dijiste.
—Lo dije porque me equivoqué —respondió—. Porque olvidé quién soy.
Lía dio un paso hacia él.
—Mírame —pidió—. Dímelo sin mentir.
Áron apretó los puños. Si la miraba de verdad, no podría hacerlo.
—No me mires así —repitió—. No quiero recordar.
—¿Recordar qué?
Áron respiró hondo y lanzó el golpe final.
—Que no te amo.
El silencio se volvió insoportable.
Lía sintió cómo algo se rompía dentro de ella.
—Eso… —dijo con la voz temblorosa— eso sí es mentira.
—Vete, Lía —ordenó—. Antes de que sea demasiado tarde.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, pero no cayó ninguna.
—Si haces esto —dijo—, no me estás salvando. Me estás perdiendo.
Áron no respondió.
Lía tomó su mochila con manos temblorosas y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró una última vez.
—Te elegiría igual —susurró—. Incluso ahora.
Y se fue.
La puerta se cerró con un sonido suave… definitivo.
Áron cayó de rodillas en el suelo, respirando con dificultad. Se llevó una mano al pecho, donde no había latido, pero sí un dolor insoportable.
—Perdóname —murmuró al vacío—. Es la única forma de salvarte.
Pero el clan no respetaba despedidas.
Esa misma noche, cuando Lía caminaba sola por una calle casi desierta, sintió de nuevo esa mirada pesada. Demasiado conocida.
Una sombra se movió detrás de ella.
—Corre —susurró una voz que no era humana.
No tuvo tiempo.
Manos frías la sujetaron desde atrás y el mundo se volvió oscuro.
Lejos de allí, Áron sintió el vínculo tensarse como un hilo a punto de romperse.
Y entendió, demasiado tarde, la verdad:
Alejarla no la había salvado.
Solo la había dejado sola.
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Editado: 30.01.2026