El salón del clan vibraba con una energía antigua, pesada, como si las paredes mismas respiraran odio contenido.
Lía estaba arrodillada en el centro, las manos atadas con símbolos grabados en metal oscuro. No le dolía el cuerpo. Le dolía la espera.
Cada segundo sin Áron era una herida nueva.
—Aún puedes detener esto —dijo la mujer de cabello plateado, caminando lentamente alrededor de ella—. Solo necesitamos que él obedezca.
Lía levantó el rostro.
—No lo hará.
La mujer sonrió.
—Todos lo hacen… al final.
Las puertas del salón se abrieron con un golpe seco.
Áron entró.
No caminó. Avanzó como una tormenta contenida. Sus ojos rojos recorrieron la escena hasta detenerse en Lía. En cuanto sus miradas se cruzaron, el mundo pareció reducirse a ese instante.
—Estoy aquí —dijo él.
El líder del clan dio un paso al frente.
—Has sido convocado —declaró—. Y ahora elegirás.
Áron no respondió.
—Tu sangre —continuó— nos pertenece. Tu lealtad también. Si aceptas el ritual, la humana vivirá… por ahora. Si te niegas, morirá esta misma noche.
Lía negó con la cabeza.
—No escuches —susurró—. No hagas esto por mí.
Áron apretó los dientes.
—Cállense —gruñó—. Los dos.
El salón quedó en silencio.
—¿Eso es todo? —preguntó—. ¿Esa es su gran ley? ¿Matar a quien no pueden controlar?
—Es el precio de la eternidad —respondió el líder—. Tú lo pagaste. Ahora te toca cobrarlo.
Áron miró a Lía. Ella estaba pálida, asustada… pero firme.
—No quiero que te conviertas en algo que odias —dijo ella—. No por mí.
Áron se acercó hasta quedar frente a ella, ignorando las advertencias. Se arrodilló y apoyó su frente contra la de ella.
—Ya lo soy —susurró—. Pero amarte fue lo único real que me pasó en siglos.
Lía cerró los ojos, dejando caer una lágrima.
—Entonces vive con eso —dijo—. Vive… incluso sin mí.
Áron se levantó lentamente y se giró hacia el clan.
—Si obedezco —preguntó—, ¿la liberan?
—Sí —respondió el líder—. Lo juramos por sangre.
Áron rió, sin humor.
—La sangre miente —dijo—. Siempre lo ha hecho.
Dio un paso atrás.
—Mi elección está hecha.
El salón estalló en murmullos.
—Áron —advirtió la mujer—. Si traicionas al clan…
—Entonces dejaré de pertenecerles.
El aire se volvió pesado. Los símbolos del suelo comenzaron a brillar.
—Deténganlo —ordenó el líder.
Áron se movió.
No fue rápido. Fue definitivo.
Lía gritó su nombre mientras las sombras se agitaban, mientras el clan reaccionaba con furia. Áron no miró atrás.
Porque ya había elegido.
Y sabía que el precio sería alto.
Pero perderla… sería peor que la muerte.
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Editado: 30.01.2026