El silencio duró apenas un segundo.
Luego, todo estalló.
Áron se movió antes de que alguien pudiera detenerlo. No fue un impulso ciego, fue una decisión tomada desde el fondo de su condena. Sus ojos ardían en rojo cuando se lanzó contra el vampiro que se interponía entre él y Lía.
—¡Áron, no! —gritó ella.
Pero ya era tarde.
El choque fue brutal. El guardián cayó contra el suelo de piedra, sorprendido apenas un instante antes de que los colmillos de Áron se hundieran en su cuello. No hubo placer. No hubo hambre.
Solo necesidad.
Lía sintió el vínculo estremecerse dentro de ella, como si algo se rompiera y se sellara al mismo tiempo. Un vacío helado le recorrió el pecho.
Cuando Áron se apartó, el cuerpo quedó inmóvil.
Muerto.
El clan retrocedió.
Nadie habló.
Áron se levantó lentamente. La sangre manchaba sus labios, sus manos, su historia. Durante un segundo, él mismo pareció horrorizado por lo que había hecho.
—Nadie más —dijo con voz grave—. Nadie vuelve a tocarla.
—Has cruzado una línea sagrada —susurró la mujer de cabello plateado—. Matar a uno de los nuestros…
—Ustedes la condenaron primero —respondió Áron—. Yo solo elegí a quién perder.
Dos vampiros avanzaron hacia él, pero Áron ya no dudaba. Se movía con una furia contenida, empujado por algo más fuerte que el miedo. No buscaba destruirlos. Buscaba tiempo.
Tiempo para salvarla.
En medio del caos, Áron llegó hasta Lía. Arrancó las ataduras con una fuerza desesperada y la sostuvo antes de que cayera.
—Mírame —le pidió—. Dime que sigues aquí.
—Estoy aquí —susurró ella—. Pero tú…
Áron cerró los ojos un segundo.
—Me prometí no volver a ser esto —dijo—. Y fallé.
—No —respondió Lía, tomando su rostro—. Elegiste.
El líder del clan observaba desde el fondo, con una calma peligrosa.
—Ahora ya no hay retorno —dijo—. Eres un traidor.
Áron abrazó a Lía con fuerza.
—Entonces viviré como uno.
Huyeron entre sombras y gritos. Cuando por fin estuvieron a salvo, Áron se apoyó contra una pared, respirando con dificultad. No por cansancio, sino por culpa.
—Maté por ti —susurró—. Y no sé si podré perdonarme.
Lía lo abrazó, sin miedo.
—Yo sí —dijo—. Porque me salvaste.
Áron apoyó la frente en la de ella. Su voz fue apenas un hilo.
—La sangre ya no se puede borrar.
—Pero el amor —respondió ella— puede decidir qué haces después.
La noche los envolvió.
Y aunque habían escapado, ambos lo sabían:
El clan no olvidaba.
Y la muerte acababa de reclamar su deuda.
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Editado: 30.01.2026