Cuando la noche aprendió a latir

Capítulo 23: Decidir Vivir

Lía despertó con una sensación extraña.

No era dolor.
Tampoco miedo.

Era… claridad.

El mundo no llegó de golpe: llegó en capas. Primero los sonidos —demasiado nítidos—, luego los olores, y finalmente la luz, que atravesó sus párpados cerrados como un susurro tibio.

Abrió los ojos.

Áron estaba ahí.

Sentado a su lado, con el rostro cansado, las manos entrelazadas como si rezara sin saber a quién. Sus ojos rojos se alzaron al verla despertar, y por un segundo pareció olvidar cómo respirar.

—Lía… —dijo, con voz rota—. Estás…

—Viva —respondió ella.

Su propia voz la sorprendió. Sonaba igual, pero se sentía distinta en su pecho.

Áron soltó el aire que había estado conteniendo durante horas —tal vez siglos— y se inclinó hacia ella con cuidado, como si aún temiera que pudiera desvanecerse.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

Lía se incorporó despacio. Su cuerpo respondió sin protestar.

—Ligera —dijo—. Como si algo se hubiera acomodado dentro de mí.

Miró sus manos. Su piel seguía siendo humana, cálida… pero bajo ella latía algo nuevo.

—¿Late mi corazón? —preguntó de pronto.

Áron asintió.

—Sí. Pero no igual. No del todo.

Ella levantó la vista hacia él.

—¿Soy… como tú?

Áron negó lentamente.

—No —respondió—. No exactamente. Eres algo distinto. Algo que nunca había visto.

Lía absorbió sus palabras en silencio. Luego miró alrededor: estaban en una habitación pequeña, iluminada por la luz gris del amanecer que entraba por una ventana alta.

—¿Dónde estamos?

—Lejos del clan —dijo Áron—. A salvo… por ahora.

Lía cerró los ojos un instante. Podía sentirlo: la noche alejándose, el peligro retirándose como una marea baja.

Cuando los abrió, su mirada estaba firme.

—No quiero ser una sombra —dijo—. No quiero vivir escondida ni obedeciendo reglas que no elegí.

Áron la observó con atención.

—Dime qué quieres —pidió—. Lo que decidas… lo respetaré.

Lía respiró hondo.

—Quiero seguir siendo yo —dijo—. Sentir. Elegir. Amar.
Quiero aprender lo que soy ahora… pero a mi ritmo.

Áron sonrió, apenas.

—Eso no le gustará a muchos —advirtió.

Ella encogió los hombros.

—Nunca les gusté —respondió—. Y aun así sigo aquí.

Hubo un silencio suave entre ellos.

—¿Te arrepientes? —preguntó Áron al fin—. De elegirme. De elegir esto.

Lía se acercó y apoyó su frente en la de él, sin miedo.

—No —dijo con certeza—. Me salvaste la vida… pero no decidiste por mí. Eso lo cambia todo.

Áron cerró los ojos.

—Prometí no volver a amar —confesó—. Porque amar me volvía peligroso.

Lía sonrió.

—Entonces aprende a amar sin destruir —respondió—. Yo aprenderé contigo.

La luz del amanecer se filtró con más fuerza.

Por primera vez, Lía no le temió al día.
Y por primera vez, Áron no le temió a la noche.

Habían sobrevivido.

Ahora, tocaba vivir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.