Cuando la noche aprendió a latir

Capítulo 24: No Necesito La Eternidad

La noche volvió a caer, lenta, sin urgencias.

Lía estaba sentada en el borde de la ventana, observando cómo la ciudad se encendía una luz a la vez. No sentía el peso del cansancio, pero tampoco esa ansiedad voraz que había temido. Todo en ella parecía… en equilibrio.

Áron se mantenía a unos pasos de distancia, respetando el silencio como si fuera frágil.

—¿Te duele algo? —preguntó al fin.

Lía negó.

—No —respondió—. Pero siento cosas nuevas. Como si el mundo estuviera más cerca… y más lejos al mismo tiempo.

Áron asintió.

—Así empieza —dijo—. No quiero mentirte: habrá noches difíciles.

Lía se giró para mirarlo.

—No necesito que me prometas que será fácil —dijo—. Solo que no me dejarás sola cuando no lo sea.

Áron sostuvo su mirada.

—Eso sí puedo prometerlo.

Ella sonrió y bajó de la ventana. Caminó hacia él con pasos seguros, sin miedo. Cuando estuvo frente a frente, levantó la mano y la apoyó sobre su pecho.

—Tu corazón no late —dijo—. Pero te siento.

Áron contuvo el impulso de apartarse.

—El vínculo —susurró—. Nos conecta. Demasiado.

—Entonces pongamos reglas —propuso Lía—. No quiero perderme en esto.

Áron frunció el ceño.

—¿Reglas?

—Sí —dijo ella—. Para que ninguno se rompa.

Se sentaron uno frente al otro, como si negociaran algo sagrado.

—Primera regla —dijo Lía—: no me ocultes cosas “para protegerme”.

Áron asintió.

—Hecho.

—Segunda —continuó—: si alguna vez tengo miedo… lo diré. Y tú me escucharás.

—Siempre.

Lía respiró hondo.

—Y la tercera… —lo miró con seriedad—. No quiero la eternidad como una cadena. Si un día decido que es suficiente… tendrás que dejarme ir.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Áron sintió un dolor antiguo despertarse en su pecho vacío.

—Eso es lo más difícil que me has pedido —dijo.

—Lo sé —respondió ella—. Por eso importa.

Áron la observó largo rato. Luego habló:

—Mi regla —dijo—. Solo una.

—Dime.

—Mientras elijas quedarte… yo elegiré cuidarte. No como dueño. No como salvador. Como compañero.

Lía sonrió, con los ojos brillantes.

—Eso es todo lo que quiero.

Se acercaron, despacio. Esta vez no hubo miedo. No hubo hambre. Solo una cercanía honesta.

Áron apoyó su frente en la de ella.

—No necesito la eternidad —susurró—. Si te tengo a ti ahora.

Lía cerró los ojos.

—Entonces quédate —respondió—. Hoy. Mañana. Mientras queramos.

La noche los envolvió con suavidad.

No eran perfectos.
No eran normales.
Pero eran sinceros.

Y por primera vez, eso bastaba.




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