"Hay personas que llegan a tu vida con un nombre. Y otras... que terminan dándote uno nuevo para el corazón."
Dicen que el primer amor nunca se olvida.
Durante mucho tiempo pensé que era una frase inventada por los adultos para romantizar la nostalgia.
Ahora sé que estaban equivocados.
No porque el primer amor nunca se olvide.
Sino porque algunas personas nunca dejan de vivir dentro de nosotros.
Han pasado cinco años desde la última vez que vi a Axel.
Cinco años desde la última vez que escuché su risa.
Y, aun así, todavía giro la cabeza cada vez que alguien pronuncia un apodo que ya nadie usa.
Tomatito.
Nadie volvió a llamarme así.
Nadie volvió a decirlo con esa mezcla de ternura y burla que solo él conocía.
A veces me pregunto si las palabras también pueden extrañar a alguien.
Creo que sí.
Porque aquella siguió buscándome incluso cuando él ya no estaba.
Todo comenzó una tarde cualquiera de agosto.
Yo tenía dieciséis años y estaba convencida de que el mundo terminaba en los pasillos de mi colegio.
Era una de esas tardes en las que todo parecía salir mal.
Había olvidado un cuaderno en casa.
Llegaba tarde a clase.
Y corría por el corredor con una carpeta repleta de hojas que amenazaban con escaparse en cualquier momento.
—No otra vez... —murmuré para mí misma.
Doblé la esquina sin mirar.
Y choqué de frente contra alguien.
El impacto fue suficiente para que la carpeta saliera disparada de mis manos.
Decenas de hojas blancas comenzaron a volar por el pasillo como si el viento hubiera decidido jugar conmigo.
—¡Ay!
—¡Perdón!
Los dos nos agachamos al mismo tiempo para recogerlas.
Y, como si el universo quisiera reírse un poco más de nosotros...
Nuestras cabezas chocaron.
—¡Auch!
—¡Auch!
Nos llevamos una mano a la frente exactamente al mismo tiempo.
Nos miramos.
Y entonces él empezó a reír.
No era una risa burlona.
Era de esas que nacen solas.
Limpias.
Contagiosas.
Tan sinceras que resultaba imposible no terminar riendo también.
Intenté contenerme.
Duré exactamente tres segundos.
—Creo... —dijo mientras intentaba recuperar el aire—... que acabamos de romper un récord.
Levanté una ceja.
—¿Cuál?
Señaló el desastre de hojas esparcidas por todo el suelo.
—La presentación más caótica en la historia de este colegio.
Negué con una sonrisa.
—Podría haber sido peor.
—¿Ah, sí?
—Podría habernos visto el profesor.
Él abrió mucho los ojos.
—Tienes razón.
Eso sí habría sido una tragedia.
Seguimos recogiendo las hojas entre risas.
Cuando terminé, levanté la vista para agradecerle.
Fue la primera vez que lo observé de verdad.
Era un poco más alto que yo.
Tenía el cabello castaño claro, despeinado como si el viento hubiera decidido jugar con él antes de llegar al colegio.
Su piel era tan clara como la mía, y sus ojos color miel tenían una forma curiosa de sonreír incluso antes que sus labios.
Había algo tranquilo en su mirada.
Algo que hacía sentir que hablar con él era fácil.
Él también me observó durante unos segundos.
Después inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Sabías que te pones roja cuando te avergüenzas?
Parpadeé.
—¿Qué?
Sentí el calor subir inmediatamente a mis mejillas.
Él soltó otra risa.
—Justo así.
Fruncí el ceño.
—No me pongo roja.
—¿Segura?
—Completamente.
Se llevó una mano al mentón, fingiendo analizarme.
—Mmm...
Negó despacio.
—Creo que sí.
Muchísimo.
Más roja que un tomate.
Resoplé con resignación.
—Qué vergüenza.
Él sonrió de esa manera que, años después, todavía sería capaz de recordar con exactitud.
—Entonces ya sé cómo voy a llamarte.
Lo miré con desconfianza.
—Ni se te ocurra.
—Tomatito.
Abrí mucho los ojos.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Acabamos de conocernos.
—Precisamente.
Es el momento perfecto para empezar una tradición.
Rodé los ojos.
—No pienso responder si me llamas así.
Él extendió una mano para devolverme la última hoja que había quedado en el suelo.
—Ya veremos, Tomatito.
La tomé intentando parecer ofendida.
No funcionó.
Porque ya estaba sonriendo.
Y aunque ninguno de los dos podía imaginarlo...
Aquel apodo terminaría convirtiéndose en el lugar al que siempre regresaría mi corazón.