Cuando las estrellas caen

Capítulo I Tomatito

Dicen que el primer amor nunca se olvida.

Yo antes pensaba que eso era una mentira que inventaban los adultos para sentirse menos tristes por el pasado.

Ahora sé que no.

Porque han pasado cinco años desde la última vez que escuché su voz, y aun así sigo girando la cabeza cuando alguien pronuncia mi apodo.

Tomatito.

Nadie más me llamó así.

Nadie más lo hizo sonar como un hogar.

Todo comenzó una tarde cualquiera de agosto, cuando yo tenía dieciséis años y creía que el mundo entero cabía dentro de los pasillos de mi colegio.

Llegué tarde a clase, como siempre.

Corría por el corredor con una carpeta llena de trabajos cuando choqué contra alguien tan fuerte que todos mis papeles terminaron esparcidos por el suelo.

—Lo siento, lo siento —dije agachándome de inmediato.

La otra persona hizo lo mismo.

Nuestras cabezas chocaron.

—Auch.

—Auch.

Nos miramos al mismo tiempo.

Y él empezó a reír.

No una risa burlona.

Una de esas risas imposibles de contagiar.

—Creo que acabamos de romper un récord —dijo.

—¿Cuál?

—El de la presentación más desastrosa de la historia.

Intenté no sonreír.

Fracasé.

Y fue entonces cuando me observó durante unos segundos.

—¿Sabías que te pones roja cuando te avergüenzas?

—No.

—Pues sí.

Muchísimo.

Más roja que un tomate.

—Qué vergüenza.

—Entonces te llamaré Tomatito.

—Ni se te ocurra.

Sonrió.

Y aunque ninguno de los dos lo sabía en ese momento, aquel apodo iba a quedarse conmigo mucho más tiempo del que cualquiera hubiera imaginado.



#4670 en Novela romántica
#246 en Joven Adulto

En el texto hay: adolescencia, amor, madurez

Editado: 02.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.