"Las amistades más importantes casi nunca comienzan con grandes promesas. Empiezan con conversaciones que ninguno de los dos quiere terminar."
Durante los días siguientes intenté convencerme de que Axel no era tan interesante.
Era una tarea imposible.
Cada mañana aparecía con una sonrisa distinta y una nueva forma de molestarme.
—Buenos días, Tomatito.
Levanté la vista de mi cuaderno.
—Buenos días, Axel.
Él frunció el ceño con exageración.
—Vaya.
—¿Qué?
—Hoy no discutiste por el apodo.
Suspiré mientras guardaba un libro en mi mochila.
—Estoy demasiado cansada.
Sonrió con satisfacción.
—Perfecto.
—¿Qué tiene eso de perfecto?
—Que ya aceptaste que te queda bien.
Puse los ojos en blanco.
—Jamás.
—Eso dicen todos al principio.
Negué con la cabeza para ocultar una sonrisa.
Había algo desesperantemente encantador en él.
Siempre encontraba una forma de hacerme reír, incluso cuando intentaba fingir que estaba molesta.
Con el paso de las semanas comenzamos a hablar cada vez más.
Primero durante los descansos.
Después antes de entrar a clase.
Más tarde, al salir del colegio.
Y, sin darnos cuenta, también por mensajes hasta que alguno de los dos terminaba quedándose dormido con el celular en la mano.
Era extraño.
Nunca me había sentido tan cómoda hablando con alguien.
Con Axel no tenía que pensar demasiado las palabras.
No necesitaba aparentar nada.
Simplemente podía ser yo.
Una tarde nos refugiamos bajo el árbol más grande del patio mientras el resto de los estudiantes jugaba fútbol o corría por las canchas.
El viento movía suavemente las hojas sobre nuestras cabezas.
Yo estaba sentada con las piernas cruzadas, completamente concentrada en un libro.
Axel, en cambio, estaba acostado sobre el césped mirando las nubes, como si allí estuviera ocurriendo el acontecimiento más importante del día.
Después de varios minutos de silencio habló.
—¿Siempre lees tanto?
No levanté la vista.
—¿Siempre hablas tanto?
Escuché su risa.
—Touché.
Sonreí sin poder evitarlo.
Cerré el libro sobre mis piernas.
—Me gusta leer.
Se incorporó apoyándose sobre los codos.
—¿Qué lees ahora?
Le mostré la portada.
La observó durante apenas dos segundos.
—No entendí absolutamente nada.
Lo miré divertida.
—Ni siquiera lo abriste.
—Precisamente.
Me reí.
Era imposible no hacerlo.
Cada vez que conseguía sacarme una sonrisa, Axel sonreía todavía más.
Como si aquello fuera una pequeña victoria personal.
Se pasó una mano por el cabello castaño claro, despeinándolo aún más.
El viento hizo el resto.
—¿Sabes qué descubrí?
—¿Qué cosa?
—Que cuando lees...
Me observó unos segundos.
—Frunces un poquito el ceño.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es.
—Te lo estás inventando.
—Puedo demostrártelo mañana.
Negué entre risas.
—Eres un caso perdido.
Él hizo una pequeña reverencia desde el suelo.
—Muchas gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
Después de unos segundos volvió a hablar.
Esta vez con una curiosidad diferente.
—Mi Tomatito...
—¿Qué?
—¿Qué quieres hacer cuando seas grande?
Lo pensé unos instantes.
Después acaricié distraídamente la portada del libro.
—Quiero estudiar Psicología.
Él levantó una ceja.
—¿Psicología?
Asentí.
—Siempre me ha gustado escuchar a las personas.
Hice una pequeña pausa.
—Y creo que cada quien carga una historia que merece ser escuchada.
Axel permaneció en silencio unos segundos.
Después sonrió.
—Eso fue muy profundo.
Me reí.
—¿Demasiado?
—Muchísimo.
—¿Y eso es malo?
Negó con la cabeza.
—No.
Creo que vas a ser muy buena.
Sentí cómo mis mejillas comenzaban a calentarse.
Él lo notó enseguida.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Mi Tomatito.
—Cállate.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque te ves muy tierna cuando te sonrojas.
Rodé los ojos para esconder la sonrisa.
—Eres insoportable.
—Pero sigo siendo tu amigo favorito.
Lo miré con falsa indignación.
—Eso todavía está en discusión.
Él levantó ambos brazos con gesto victorioso.
—No dijiste que no.
El viento volvió a quedarse con el silencio.
Durante unos minutos ninguno habló.
Axel observaba el cielo con esa expresión soñadora que aparecía cada vez que su imaginación viajaba muy lejos.
De pronto habló.
—Yo quiero vivir en Rusia.
Giré la cabeza.
—¿Rusia?
Asintió sin dejar de mirar las nubes.
—Quiero aprender el idioma.
Trabajar allá.
Conocer sus ciudades.
Ver nevar todos los inviernos.
Sonreí al escucharlo.
Sus ojos color miel brillaban de una forma distinta cuando hablaba de ese sueño.
No sonaba como un capricho.
Sonaba como algo que llevaba guardando desde hacía mucho tiempo.
—¿Y por qué Rusia?
Se encogió de hombros.
—No lo sé.
Después sonrió.
—Solo siento que algún día voy a estar allí.
Lo observé unos segundos.
Había tanta seguridad en su voz que resultaba difícil no creerle.
—Lo vas a conseguir.
Se volvió hacia mí.
—¿De verdad piensas eso?
Asentí.
—Claro que sí.
Y tú también vas a lograr ser psicóloga.
Sonreí.
—Eso espero.
Axel extendió la mano hacia mí.
—Entonces hagamos un trato.
Miré su mano y después sus ojos.
—¿Qué clase de trato?
—Dentro de diez años tú serás psicóloga.
—Y tú vivirás en Rusia.
Sonrió.
—Exactamente.
No pude evitar reír.
Tomé su mano.
—Trato hecho.