Durante los días siguientes intenté convencerme de que Axel no era tan interesante.
Era una tarea difícil.
Cada mañana aparecía con una sonrisa diferente y una nueva forma de molestarme.
—Buenos días, Tomatito.
—Buenos días, Axel.
—Vaya, hoy no discutiste por el apodo.
—Estoy cansada.
—Perfecto. Entonces ya aceptaste que te queda bien.
Puse los ojos en blanco.
—Jamás.
—Eso dicen todos al principio.
Y ahí estaba otra vez esa sonrisa.
La que parecía capaz de convencer a cualquiera de cualquier cosa.
Con el paso de las semanas comenzamos a hablar más.
Al principio solo durante los descansos.
Luego antes de entrar a clase.
Después por mensajes hasta altas horas de la noche.
Era extraño.
Nunca me había sentido tan cómoda hablando con alguien.
Con Axel no tenía que pensar demasiado lo que decía.
Simplemente podía ser yo.
Una tarde nos quedamos sentados bajo el árbol más grande del patio mientras los demás estudiantes corrían por las canchas.
El viento movía las hojas sobre nuestras cabezas.
Axel observaba el cielo.
Yo leía un libro.
—¿Siempre lees tanto?
—¿Siempre hablas tanto?
—Touché.
Sonreí.
—Me gusta leer.
—¿Y qué lees?
Le mostré la portada.
Axel frunció el ceño.
—No entendí nada.
—Ni siquiera lo has abierto.
—Precisamente.
No pude evitar reírme.
Axel parecía orgulloso de haber logrado sacarme una sonrisa.
Después de unos segundos de silencio volvió a hablar.
—Tomatito.
—¿Qué?
—¿Qué quieres hacer cuando seas grande?
—¿Grande?
—Sí. Cuando seas una adulta responsable y aburrida.
—Primero, no quiero ser aburrida.
—Bien.
—Y segundo...
Cerré el libro lentamente.
—Quiero estudiar Psicología.
Axel levantó una ceja.
—¿Psicología?
—Sí.
—¿Por qué?
Pensé unos segundos antes de responder.
—Porque me gusta escuchar a las personas.
—Eso es verdad.
—Y porque creo que todos tienen algo que contar.
Axel permaneció callado.
—Eso fue profundo.
—Gracias.
—Demasiado profundo para mí.
Le lancé una mirada de advertencia.
Él soltó una carcajada.
—No te enojes.
—No estoy enojada.
—Tus cachetes rojos dicen lo contrario, Tomatito.
Sentí el calor subir inmediatamente a mi rostro.
—Cállate.
—Tomatito.
—Axel.
—Tomatito.
—Axel.
Los dos terminamos riéndonos.
Cuando el silencio volvió a instalarse entre nosotros, fue Axel quien habló primero.
Esta vez su voz sonó diferente.
Más seria.
—Yo quiero irme a Rusia.
Giré la cabeza para mirarlo.
—¿Qué?
—A Rusia.
—¿Al país?
—No conozco otro Rusia.
—Axel.
—¿Qué?
—Eso queda al otro lado del mundo.
—Lo sé.
—¿Y quieres vivir allá?
—Sí.
Lo dijo con una seguridad que me sorprendió.
—Quiero trabajar allá. Tener una vida allá. Aprender ruso.
—¿Por qué?
Axel observó el cielo.
—No lo sé.
Después sonrió.
—Simplemente siento que algún día estaré allí.
Por un momento ninguno dijo nada.
Había algo extraño en la forma en que hablaba.
Como si no fuera un sueño.
Como si fuera una certeza.
—Lo conseguirás.
Axel me miró.
—¿Tú crees?
—Sí.
—Entonces tú también serás psicóloga.
—Eso espero.
Él extendió su mano hacia mí.
—Hagamos una promesa.
—¿Otra de tus locuras?
—La mejor de todas.
Observé su mano durante unos segundos.
—Te escucho.
—Dentro de diez años tú serás psicóloga.
—Y tú vivirás en Rusia.
—Exacto.
—¿Y si no sucede?
Axel sonrió.
—Entonces seguiremos intentándolo.
Tomé su mano.
—Está bien.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—Yo también.
Nos soltamos.
Y aunque en ese momento parecía una simple conversación entre dos adolescentes, años después recordaría aquel instante muchas veces.
Porque algunas promesas comienzan siendo hermosas.
Y terminan convirtiéndose en despedidas.