Cuando las estrellas caen

Capitulo III El lugar de siempre

"Sin darnos cuenta, los lugares también aprenden a guardar recuerdos."

Hay personas que llegan a tu vida poco a poco.

Y luego estaba Axel.

Porque cuando me di cuenta de cuánto tiempo pasábamos juntos...

Ya era demasiado tarde.

Se había convertido en parte de mi rutina.

De mis mañanas.

De mis tardes.

Y, sin que ninguno de los dos lo planeara, también de mis pensamientos.

Todo comenzó con una banca.

Una vieja banca de madera escondida detrás del gimnasio del colegio.

No tenía nada de especial.

La pintura estaba desgastada.

Una de sus patas estaba ligeramente torcida.

Y cada vez que alguien se sentaba, soltaba un pequeño crujido.

Pero Axel insistía en que era el mejor lugar de toda la institución.

—Porque nadie viene aquí.

Lo miré divertida.

—Precisamente por eso nadie quiere sentarse aquí.

Negó con absoluta seriedad.

—No entiendes de arte, mi Tomatito.

—¿Arte?

—La banca tiene personalidad.

Reí.

—Es una banca.

—Una banca con personalidad.

—Sigues hablando de una banca.

—Y la estás juzgando sin conocerla.

Sacudí la cabeza.

Era imposible discutir con él.

Siempre encontraba la manera de convertir cualquier conversación en algo completamente absurdo.

Y, por alguna razón...

Yo siempre terminaba siguiéndole el juego.

Aquella tarde intentábamos terminar un trabajo de ciencias.

O, al menos...

Yo lo intentaba.

Axel llevaba casi diez minutos haciendo girar un lápiz entre los dedos.

Lo lanzaba al aire.

Lo atrapaba.

Volvía a lanzarlo.

Hasta que terminó cayéndose al suelo.

—¿Vas a ayudarme?

Recogió el lápiz sin perder la calma.

—Estoy pensando.

Lo miré por encima del cuaderno.

—No lo parece.

—Las mejores ideas aparecen cuando uno parece inútil.

—Qué conveniente.

Sonrió orgulloso.

—Por eso me aprecias tanto.

—No te aprecio tanto.

—Mentira.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Axel...

—Mi Tomatito...

Solté una carcajada.

Él levantó ambos brazos.

—Gané.

—¿Qué ganaste?

—Logré que te rieras.

—Eso no cuenta.

—Claro que cuenta.

Me observó unos segundos con esa sonrisa tranquila que ya empezaba a conocer demasiado bien.

Había algo en sus ojos color miel que hacía difícil sostenerle la mirada durante mucho tiempo.

Siempre terminaba desviando la vista primero.

El viento movía las hojas alrededor de la banca.

Por unos minutos ninguno habló.

Y, curiosamente, el silencio nunca resultaba incómodo.

Con Axel no hacía falta llenar cada espacio con palabras.

A veces bastaba con estar allí.

Él rompió el silencio.

—¿Sabes algo?

Cerré mi cuaderno.

—¿Qué?

Se quedó observando el cielo unos segundos antes de responder.

—Creo que eres mi mejor amiga.

Parpadeé.

No porque me sorprendiera.

Sino porque lo dijo con una naturalidad que desarmaba cualquier intento de esconder lo que sentía.

Sentí un calorcito agradable en el pecho.

Sonreí.

—Creo que tú también eres mi mejor amigo.

Giró la cabeza hacia mí.

Su sonrisa apareció despacio.

De esas sonrisas sinceras que iluminaban todo su rostro.

—Entonces ya es oficial.

—¿Qué cosa?

—Estamos atrapados.

Reí.

—¿Atrapados?

Asintió con total convicción.

—Ya no puedes librarte de mí.

—Eso sonó un poco amenazante.

—Porque lo era.

Tomé una hoja del trabajo y se la lancé.

Le golpeó el hombro.

Él empezó a reír.

Y yo terminé riendo también.

Había tardes enteras que se nos escapaban así.

Sin hacer nada extraordinario.

Y, aun así, parecían convertirse en recuerdos antes incluso de terminar.

Cuando sonó la campana anunciando el final de las clases, comenzamos a guardar nuestras cosas.

Axel cerró su mochila y me observó con esa expresión de quien estaba a punto de preguntar algo peligroso.

—Mi Tomatito...

Lo miré con desconfianza.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Eso me preocupa más.

Se rió.

Después respiró hondo.

—¿Alguna vez has tenido novio?

Sentí que el corazón daba un pequeño salto.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una completamente normal.

—No lo es.

—Claro que sí.

—No.

Él sonrió.

—Entonces la respuesta es no.

Crucé los brazos.

—¿Y tú?

—Eso no responde mi pregunta.

—Porque tampoco voy a responder la tuya.

Se llevó una mano al pecho.

—Qué cobarde.

—Axel...

—Tomatito...

Rodé los ojos mientras notaba el calor subir otra vez a mis mejillas.

Él volvió a sonreír.

Pero esta vez fue diferente.

Más pequeña.

Más tranquila.

Y desapareció tan rápido que llegué a preguntarme si realmente la había visto.

Aquella noche, cuando ya estaba acostada, mi celular vibró sobre la mesa de noche.

Sonreí antes incluso de mirar la pantalla.

✨ Axel

"¿Llegaste bien a casa?"

Respondí enseguida.

"Sí."

La respuesta apareció casi al instante.

"Perfecto."

Esperé unos segundos.

Pensé que la conversación había terminado.

Pero el teléfono volvió a iluminarse.

"Buenas noches, mi Tomatito."

No era un mensaje extraordinario.

No era una gran declaración.

Ni una promesa.

Ni una confesión.

Era apenas un par de palabras.

Y, aun así...

Esa noche me dormí sonriendo, abrazando el celular contra el pecho, sin entender por qué un simple "buenas noches" podía hacerme sentir tan feliz.

Todavía no sabía ponerle nombre a lo que estaba ocurriendo entre nosotros.

Solo sabía que, desde que Axel había aparecido en mi vida...




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