Capítulo 3
El lugar de siempre
Hay personas que llegan a tu vida poco a poco.
Y luego está Axel.
Porque cuando me di cuenta de cuánto tiempo pasábamos juntos, ya era demasiado tarde.
Se había convertido en parte de mi rutina.
De mis días.
De mis pensamientos.
Y, aunque nunca lo admití en voz alta, también se había convertido en mi lugar favorito.
Todo empezó con una banca.
Una vieja banca de madera ubicada detrás del gimnasio del colegio.
No era especial.
La pintura estaba desgastada y una de las patas estaba ligeramente torcida.
Pero Axel insistía en que era el mejor lugar de toda la institución.
—Porque nadie viene aquí.
—Precisamente por eso nadie quiere sentarse aquí.
—No entiendes de arte, Tomatito.
—¿Arte?
—La banca tiene personalidad.
—Es una banca.
—Una banca con personalidad.
Negué con la cabeza.
Era imposible discutir con él.
Aquella tarde nos encontrábamos sentados allí mientras terminábamos un trabajo de ciencias.
O al menos yo intentaba terminarlo.
Axel llevaba diez minutos jugando con un lápiz.
—¿Vas a ayudarme?
—Estoy pensando.
—No parece.
—Las mejores ideas llegan cuando uno parece inútil.
—Qué conveniente.
Axel sonrió.
—Por eso me aprecias tanto.
—No te aprecio tanto.
—Mentira.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Axel.
—Tomatito.
Solté una risa.
Y él sonrió como si hubiera ganado una competencia.
Durante unos segundos ninguno habló.
El viento movía algunas hojas alrededor de nosotros.
Por alguna razón, el silencio no era incómodo.
Con Axel nunca lo era.
—¿Sabes algo? —preguntó de repente.
—¿Qué?
—Creo que eres mi mejor amiga.
Lo dijo tan naturalmente que tardé unos segundos en reaccionar.
Mi mejor amiga.
Aquellas palabras hicieron que algo extraño se moviera dentro de mí.
Algo cálido.
Algo que no entendía del todo.
—Creo que tú también eres mi mejor amigo.
Axel sonrió.
—Entonces es oficial.
—¿Qué cosa?
—Estamos atrapados.
—¿Atrapados?
—Sí.
Ya no puedes librarte de mí.
—Eso suena a amenaza.
—Porque lo es.
Le lancé una hoja de papel.
Él comenzó a reír.
Y yo también.
A veces me preguntaba cómo podía hacerme sentir tan feliz con cosas tan simples.
Una conversación.
Una broma.
Una tarde cualquiera.
Cuando sonó la campana para anunciar el final de las clases, comenzamos a recoger nuestras cosas.
Axel guardó sus cuadernos y luego me observó durante unos segundos.
—Tomatito.
—¿Sí?
—¿Alguna vez has tenido novio?
Sentí que casi se me detenía el corazón.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una normal.
—No es normal.
—Lo es.
—No.
Axel soltó una carcajada.
—Entonces la respuesta es no.
—Y tú tampoco has tenido novia.
—Eso no responde mi pregunta.
—Porque tampoco voy a responderla.
—Cobarde.
—Axel.
—Tomatito.
Volví a sentir mis mejillas arder.
Y por primera vez noté algo diferente en su mirada.
Algo que desapareció tan rápido que no tuve tiempo de entenderlo.
Quizás fue imaginación mía.
Quizás no.
Esa noche, mientras intentaba dormir, mi celular vibró.
Era un mensaje suyo.
Axel.
¿Llegaste bien?
Sonreí.
Sí.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Perfecto.
Esperé.
Y esperé.
Y seguí esperando.
Hasta que finalmente apareció otro mensaje.
Buenas noches, Tomatito.
No era nada especial.
Ni romántico.
Ni importante.
Pero por alguna razón, me quedé mirando la pantalla durante varios segundos.
Con una sonrisa imposible de ocultar.
Porque a veces el amor no llega de golpe.
A veces llega disfrazado de amistad.
Y uno no lo reconoce hasta que ya es demasiado tarde.