"Algunas personas llegan a tu vida tan rápido que apenas tienes tiempo de darte cuenta de que ya dejaron una marca."
Los días comenzaron a pasar más rápido de lo normal.
O tal vez era porque Axel siempre encontraba la manera de hacerlos más interesantes.
Una mañana apareció corriendo por el pasillo apenas unos segundos antes de que cerraran la puerta del salón.
Entró jadeando.
Con el cabello castaño claro completamente despeinado.
Y con una expresión de triunfo tan exagerada que parecía haber ganado una carrera olímpica.
—Llegué.
Lo miré desde mi pupitre.
—Por treinta segundos.
—Pero llegué.
—Casi te dejan afuera.
Él levantó una ceja.
—La palabra importante es "casi".
Negué con la cabeza mientras una sonrisa escapaba de mis labios.
Era imposible discutir con alguien que convertía llegar tarde en una victoria personal.
Axel ocupó su puesto y, antes de sentarse, me dedicó una sonrisa orgullosa.
Como si realmente esperara que lo felicitara.
Y fue entonces cuando se me ocurrió.
—Eres una estrella fugaz.
Él parpadeó.
—¿Qué?
—Una estrella fugaz.
—¿Eso es un insulto?
—No.
—Entonces explícate.
Me encogí de hombros.
—Apareces de repente.
Corres por todas partes.
Nunca estás quieto.
Y siempre llamas demasiado la atención.
Axel pareció pensarlo durante unos segundos.
Después sonrió.
—Me gusta.
—¿Sí?
—Mucho más que Axel.
Rodé los ojos.
—No exageres.
Él apoyó una mano sobre el pecho.
—Ahora somos Tomatito y Estrella Fugaz.
No pude evitar reír.
—Suena raro.
—Suena perfecto.
Y así fue como nació su apodo.
Uno que, sin que ninguno de los dos lo imaginara, terminaría quedándose con nosotros mucho más tiempo del que parecía posible.
Aquella tarde nos refugiamos en nuestra banca de siempre, detrás del gimnasio.
El viento movía suavemente las hojas y el colegio comenzaba a quedarse en silencio.
Hablábamos de cualquier cosa.
Como siempre.
Hasta que Axel hizo una pregunta inesperada.
—¿Cuál es tu animal favorito?
—Los conejos.
Axel levantó la cabeza tan rápido que casi deja caer su botella de agua.
—¿En serio?
—Sí.
—No te creo.
—¿Por qué mentiría sobre eso?
Señaló hacia mí con una sonrisa enorme.
—Porque los conejos también son mis favoritos.
Lo observé sorprendida.
—¿De verdad?
—De verdad.
Por un segundo nos quedamos mirándonos.
Y luego ambos comenzamos a reír.
—Eso es demasiada coincidencia.
—Lo sé.
—¿Por qué te gustan?
La sonrisa de Axel cambió un poco.
Se volvió más tranquila.
Más nostálgica.
—Cuando tenía seis años, mi hermana mayor me regaló un conejo.
—¿Sí?
—Se llamaba Copito.
Sonreí.
—Qué nombre tan adorable.
—Era completamente blanco.
Axel bajó la mirada.
—Lo llevaba a todas partes.
—Debías quererlo mucho.
Asintió.
—Era mi mejor amigo.
Por primera vez noté cierta tristeza en su voz.
—¿Qué pasó con él?
—Murió cuando yo tenía nueve años.
Guardé silencio.
Axel sonrió apenas.
—Desde entonces me siguen gustando los conejos.
Porque me recuerdan a él.
Sentí que algo se encogía dentro de mí.
—Creo que es la razón más bonita que he escuchado.
Él levantó la vista.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Por qué te gustan?
Reí un poco avergonzada.
—Mi razón es mucho más rara.
—Ahora necesito escucharla.
—Cuando era pequeña vi un conejo por primera vez.
—Ajá.
—Y tenía los ojos rojos.
Axel frunció el ceño.
—¿Eso fue todo?
—Sí.
—¿Te enamoraste de un conejo por sus ojos?
—Me dio curiosidad.
Él soltó una carcajada.
—Mi Tomatito...
—¿Qué?
—Eres extraña.
—Y tú querías que una banca tuviera personalidad.
Se quedó pensando unos segundos.
—Buen punto.
Los dos volvimos a reír.
Mientras lo observaba, sentí otra vez esa sensación extraña que comenzaba a aparecer cada vez con más frecuencia cuando estaba cerca de él.
Me gustaba escuchar sus historias.
Me gustaba hacerlo reír.
Me gustaba descubrir esos pequeños detalles que nadie más parecía notar.
Y, aunque todavía no quería admitirlo en voz alta...
Cada día me gustaba un poco más mi Estrella Fugaz.
El sol comenzaba a esconderse cuando Axel volvió a mirar el cielo.
—¿Sabes?
—¿Qué?
Sonrió.
—Creo que me gusta ese apodo.
—¿Estrella Fugaz?
—Sí.
Porque aparece de repente...
Y hace que todo se vea más bonito por un momento.
Lo miré en silencio.
Después sonreí.
—Entonces sí te queda perfecto.
Él soltó una risa.
Y por primera vez pensé que, tal vez, algunas personas llegan a tu vida exactamente como una estrella fugaz:
rápidas, brillantes...
y capaces de quedarse en tu memoria mucho después de haber pasado.