Cuando las estrellas caen

Capitulo VI El mejor regalo Parte 1

"Hay regalos que no caben en una caja. Caben en un recuerdo."

Había una frase que Axel repetía cada año, casi como si fuera una tradición.

—Los cumpleaños están sobrevalorados.

Y, sinceramente... era una mentira.

Me di cuenta de eso el primer año que lo conocí.

Podía decir mil veces que no le importaban las velas, los regalos o que la gente lo felicitara, pero bastaba con mirarlo un rato para descubrir la verdad. Siempre sonreía cuando alguien se acordaba de él. Siempre agradecía cualquier detalle, por pequeño que fuera. Y había algo que me enternecía especialmente: guardaba cartas, fotografías y recuerdos con un cuidado casi exagerado, como si temiera que algún día el tiempo pudiera robárselos.

Por eso, cuando empezó a acercarse su cumpleaños, tuve claro que no quería comprarle cualquier cosa.

No buscaba darle el regalo más caro.

Quería darle uno que hablara de él.

Uno que le hiciera sentir que alguien, de verdad, lo escuchaba cuando hablaba.

El problema era que Axel nunca pedía nada.

—¿Qué quieres de cumpleaños?

Siempre respondía igual.

—Nada.

Y antes de que alguien pudiera insistir, ya estaba contando un chiste o cambiando de tema con esa facilidad que tenía para escapar de las conversaciones incómodas.

Así que me tocó pensar sola.

Durante varios días repasé una y otra vez todo lo que habíamos hablado desde que nos conocimos. Conversaciones largas, otras absurdas, algunas que ni siquiera parecían importantes...

Hasta que recordé una.

Los conejos.

Copito.

Todavía podía verlo mientras me contaba esa historia. Sus ojos —de un café tan claro que, cuando les daba el sol, parecían color miel— brillaban de una forma distinta. No era la sonrisa de siempre. Era una mucho más tranquila, más auténtica. Como la de alguien que estaba recordando uno de los momentos más felices de su infancia.

Nunca lo había visto sonreír así.

Y entonces lo entendí.

Ese tenía que ser su regalo.

La mañana de su cumpleaños llegó mucho más rápido de lo que me habría gustado.

Entré al salón abrazando una pequeña caja de transporte que llevaba escondida entre los brazos. La cubrí con una tela azul para que nadie pudiera descubrir la sorpresa antes de tiempo.

Sentía el corazón tan acelerado que, por un momento, juré que todos podían escucharlo.

En cuanto levanté la vista, lo encontré.

Axel estaba rodeado de varios compañeros que no dejaban de felicitarlo.

La luz de la mañana entraba por las ventanas del salón y hacía que su cabello castaño claro tuviera reflejos dorados. Como siempre, llevaba algunos mechones completamente rebeldes. Él decía que era culpa del viento.

Yo seguía convencida de que simplemente nunca hacía el intento de peinárselos.

—¡Feliz cumpleaños!

—¡Diecisiete ya!

—Qué viejo estás.

Axel soltó una carcajada.

—Habla por ti.

Las risas llenaron el salón.

Y, sin darme cuenta, terminé sonriendo yo también.

Tenía esa capacidad tan rara de hacer que todo pareciera un poco más ligero.

Me senté intentando comportarme como si nada.

No funcionó.

Durante toda la clase fui incapaz de concentrarme.

El profesor hablaba de literatura, escribía cosas en el tablero... pero yo apenas podía apartar la mirada de la caja escondida bajo mi escritorio.

¿Y si no le gustaba?

¿Y si pensaba que era demasiado?

¿Y si, en lugar de hacerlo feliz, solo conseguía ponerlo incómodo?

Cuanto más vueltas le daba, más ganas tenía de guardar la caja y fingir que nunca había planeado nada.

Hasta que sonó el timbre del descanso.

Respiré hondo.

Era ahora o nunca.

—Tomatito.

Sonreí incluso antes de levantar la cabeza.

Reconocería esa voz en cualquier lugar.

Axel estaba apoyado en el marco de la puerta con esa sonrisa relajada que parecía salirle sin esfuerzo. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, se me olvidó por un segundo todo el discurso que había ensayado durante la mañana.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Negué demasiado rápido.

—Nada.

Él levantó una ceja.

—Mentira.

Solté un suspiro.

—¿Por qué siempre dices que miento?

—Porque eres pésima ocultando cosas.

Y tenía razón.

Cada vez que estaba nerviosa empezaba a jugar con las mangas del uniforme.

Él se había dado cuenta hacía semanas.

Y, por supuesto, en ese momento ya lo estaba haciendo otra vez.

Axel sonrió.

—¿Ves?

Bajé la vista hacia mis manos y las escondí inmediatamente detrás de la espalda.

—No te burles.

Se rio bajito.

—Nunca.

Mentiroso.

Sentí cómo el calor empezaba a subir hasta mis mejillas.

Él sonrió un poquito más.

—Ahí está...

Lo señalé con un dedo antes de que terminara la frase.

—Ni se te ocurra.

—¿Qué cosa?

—Decirlo.

Una sonrisa traviesa apareció en su rostro.

—Hola otra vez, Tomatito.

Rodé los ojos, aunque ya estaba aguantándome la risa.

—Eres insoportable.

—Y aun así me buscas en todos los descansos.

No respondí.

Porque tenía razón.

Sin darnos cuenta, el banco que estaba detrás del gimnasio se había convertido en nuestro lugar.

Siempre terminábamos allí.

Hablando de cualquier cosa.

De Rusia.

De psicología.

De estrellas.

De conejos.

De sueños que parecían imposibles.

Y, poco a poco...

También de nosotros.

Respiré hondo, levanté la caja entre las manos y lo miré.

—Ven conmigo.

Él observó la tela azul que la cubría y después volvió a mirarme, claramente intrigado.

—Eso se ve sospechosamente interesante.

—Solo sígueme.

Caminó a mi lado sin dejar de sonreír.

Mientras atravesábamos el patio, una brisa suave hizo que el mechón de siempre cayera otra vez sobre mi cara.

Suspiré.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.