Cuando llegamos a la banca detrás del gimnasio, el bullicio del resto de estudiantes quedó lejos.
Siempre me había gustado ese lugar.
Desde allí apenas se escuchaban las voces del patio, y el viento hacía bailar las hojas de los árboles como si guardaran nuestros secretos. Era el rincón al que terminábamos regresando sin necesidad de ponernos de acuerdo.
Axel se dejó caer sobre la banca y me observó con curiosidad.
—Bueno... ¿vas a decirme qué escondes ahí o piensas mantener el suspenso hasta mi próximo cumpleaños?
Negué con una sonrisa.
—Qué desesperado eres.
—No soy desesperado.
Hizo una pausa.
—Solo tengo mucha curiosidad.
Dejé la caja con cuidado entre los dos.
Por un instante dudé.
Las manos comenzaron a sudarme y sentí ese cosquilleo en el estómago que siempre aparecía cuando algo realmente me importaba.
Axel inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Todo bien, Tomatito?
Asentí demasiado rápido.
—Sí.
—Otra mentira.
Suspiré.
—Solo... prométeme que, si no te gusta, me lo vas a decir.
Su expresión cambió por completo.
La sonrisa juguetona dio paso a una mirada mucho más tranquila.
—Samantha.
Era una de las pocas veces que pronunciaba mi nombre en lugar de llamarme Tomatito.
—Cualquier cosa que venga de ti ya me va a gustar.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
Bajé la mirada para ocultar el calor que empezaba a subir por mis mejillas.
—Ábrelo antes de que me arrepienta.
Axel apoyó ambas manos sobre la tapa de la caja.
No tuvo prisa.
La levantó con cuidado, como si temiera romper algo.
Durante un segundo no ocurrió nada.
Entonces un pequeño hocico blanco apareció por encima del borde.
Después dos orejas.
Y, finalmente, un diminuto conejo salió con cautela, moviendo la nariz de un lado a otro.
Axel dejó de respirar.
Sus ojos, de un café tan claro que parecían dorados bajo la luz de la tarde, se abrieron con una sorpresa imposible de fingir.
—No puede ser...
Su voz apenas fue un susurro.
El conejito dio un pequeño salto dentro de la caja.
Axel extendió la mano lentamente, permitiendo que el animal la olfateara antes de acariciarle la cabeza.
Yo no apartaba la vista de él.
No del conejo.
De él.
Había visto a Axel reír cientos de veces.
Había visto sus bromas, sus sonrisas y hasta sus carcajadas.
Pero nunca una expresión como esa.
Era una felicidad silenciosa.
De esas que nacen muy adentro.
—¿Te gusta? —pregunté casi en un susurro.
Él tardó unos segundos en responder.
Sin dejar de acariciar al conejo, levantó la vista hacia mí.
Había un brillo distinto en sus ojos.
—Es... el mejor regalo que alguien me ha hecho.
Sentí que toda la tensión abandonaba mi cuerpo de golpe.
Reí por lo bajo.
—Entonces acerté.
—Más de lo que imaginas.
Con muchísimo cuidado, tomó al conejito entre sus brazos.
El pequeño se acomodó contra su pecho como si lo conociera desde siempre.
Axel sonrió.
Y esa imagen quedó grabada para siempre en mi memoria.
El viento despeinando su cabello castaño claro.
La luz del sol iluminando su perfil.
Y aquel diminuto conejo completamente tranquilo entre sus brazos.
Era una fotografía perfecta.
Una de esas que él habría querido tomar con su cámara.
Solo que esta vez la guardé yo.
Dentro de mi memoria.
—¿Cómo supiste...? —preguntó sin apartar la mirada del conejo.
Sonreí.
—Porque te escuché.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Recuerdas la historia de Copito?
—Claro que la recuerdo.
Me encogí de hombros.
—La contaste como si todavía estuviera contigo.
Axel bajó la vista.
Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.
—Lo extraño algunas veces.
—Lo sé.
Hubo un pequeño silencio.
No era incómodo.
Con Axel nunca lo era.
Finalmente levantó la vista.
—Gracias, Samantha.
Esta vez fui yo quien se quedó sin palabras.
No por el agradecimiento.
Sino porque volvió a llamarme por mi nombre.
Y comprendí que había momentos en los que incluso Axel dejaba las bromas a un lado para hablar completamente en serio.