Axel volvió a bajar la mirada hacia el pequeño conejo, que ahora permanecía completamente tranquilo entre sus brazos.
Una leve risa escapó de sus labios.
—Mira nada más... ya confía en mí.
—Los animales saben reconocer a las buenas personas.
Él levantó una ceja.
—¿Eso quiere decir que soy una buena persona?
—No te emociones. Dije que el conejo lo cree.
—Ah, qué alivio. Pensé que por fin ibas a admitir que soy increíble.
Negué con la cabeza, conteniendo una sonrisa.
—Sigues siendo un presumido.
—Pero uno con un conejo.
Su felicidad era tan evidente que terminé riendo con él.
Durante unos segundos ninguno habló.
Solo observamos cómo el pequeño exploraba con curiosidad las mangas del uniforme de Axel.
El viento volvió a soplar entre los árboles, llevando consigo el aroma del césped recién cortado. Algunas hojas secas cruzaron el camino frente a nosotros, mientras el bullicio del patio parecía quedar cada vez más lejos.
Era como si el tiempo hubiera decidido regalarnos un instante solo para los dos.
—¿Y cómo se llama? —preguntó Axel de pronto.
Parpadeé.
—La verdad... no lo había pensado.
Él fingió sorpresa.
—¿Me estás diciendo que trajiste un conejo sin nombre?
—Tenía otras prioridades.
—Imperdonable.
Nos quedamos unos segundos pensándolo.
Hasta que una idea cruzó por mi cabeza.
—¿Y si lo llamamos Sputnik?
Axel giró lentamente la cabeza hacia mí.
Sus ojos se abrieron con la misma sorpresa de hacía unos minutos.
—¿Sputnik?
Asentí.
—El primer satélite que viajó al espacio.
Una sonrisa apareció poco a poco en su rostro.
—Y también porque fue un logro de Rusia...
—Exactamente.
Axel soltó una risa suave.
—De verdad me escuchas cuando hablo.
—Más de lo que imaginas.
Él bajó la mirada con una expresión que nunca antes le había visto.
Era una mezcla de gratitud, nostalgia y sorpresa.
Como si no estuviera acostumbrado a que alguien recordara esos pequeños detalles sobre él.
Acarició con delicadeza la cabeza de Sputnik antes de hablar.
—¿Sabes qué es lo más bonito de este regalo?
Negué con la cabeza.
—Que no elegiste algo caro.
Elegiste algo que significa mucho para mí.
Y eso...
Eso vale muchísimo más.
Sentí un nudo en la garganta.
No esperaba que unas palabras tan sencillas pudieran conmoverme tanto.
—Solo quería verte sonreír así.
Él levantó la vista.
Nuestros ojos se encontraron durante unos segundos.
Los suyos, de un café claro que el sol volvía casi color miel.
Los míos, incapaces de sostener aquella mirada por demasiado tiempo.
Fui la primera en apartarla.
—¿Qué pasa? —preguntó él con una sonrisa divertida.
—Nada.
—Mientes fatal.
—No estoy mintiendo.
—Claro que sí.
Se inclinó apenas unos centímetros hacia mí.
—Te pusiste roja.
Instintivamente llevé una mano a mis mejillas.
Estaban ardiendo.
Axel dejó escapar una carcajada.
—Hola otra vez, Tomatito.
Le di un pequeño golpe en el hombro.
—Algún día voy a dejar de hablarte.
—No podrías.
—¿Ah, no?
Negó con total seguridad.
—No durarías ni un día.
Lo miré fingiendo indignación.
—Qué confiado eres.
—Es que ya te conozco.
Y tenía razón.
Demasiada.
Porque, aunque quisiera llevarle la contraria, no podía imaginar un recreo sin buscarlo con la mirada.
Ni una conversación importante sin querer contarle primero a él.
Ni siquiera un día cualquiera sin escuchar alguna de sus ocurrencias.
Había entrado en mi vida casi sin darme cuenta.
Y, de alguna forma, ya ocupaba un lugar del que parecía imposible moverlo.
El timbre anunció el final del descanso.
Los dos suspiramos al mismo tiempo.
—Tenemos que volver —dije.
—Sí...
Axel se puso de pie con cuidado, sosteniendo a Sputnik con la misma delicadeza con la que alguien protege un tesoro.
Antes de empezar a caminar, se volvió hacia mí.
—Gracias, Samantha.
No hubo bromas.
No hubo apodos.
Solo una sonrisa sincera.
De esas que no necesitan esconderse detrás de un chiste.
Sonreí también.
—Feliz cumpleaños, Axel.
Mientras regresábamos al salón, el sol iluminó por un instante su cabello castaño claro.
Él caminaba unos pasos delante de mí, completamente concentrado en el pequeño conejo que llevaba entre los brazos.
Y fue entonces cuando comprendí algo.
No me había esforzado tanto por encontrar el regalo perfecto solo porque fuera su cumpleaños.
Lo había hecho porque verlo feliz se estaba convirtiendo, poco a poco, en una de mis formas favoritas de ser feliz.
Y aunque todavía no me atrevía a ponerle nombre a ese sentimiento...
Mi corazón ya había empezado a hacerlo por mí.