Cuando las estrellas caen

Capitulo VII La peor y mejor pregunta del mundo Parte 1

"Hay preguntas que cambian una vida entera. Y, curiosamente, casi siempre llegan acompañadas de muchos nervios."

Después del cumpleaños de Axel, algo cambió entre nosotros.

No fue de un día para otro.

Ni ocurrió con una gran declaración.

Simplemente empezó a sentirse.

Como esas estaciones que cambian sin que nadie note el momento exacto en que el verano deja de ser verano.

Estaba en los pequeños detalles.

En las miradas que se encontraban unos segundos más de lo necesario.

En los mensajes de buenas noches que siempre terminaban convirtiéndose en conversaciones de una hora.

En las fotografías que él insistía en tomarme, aunque yo protestara cada vez.

Y en la manera en que mi corazón parecía olvidar cómo latir con normalidad cuando sonreía.

Cada día hablábamos más.

Cada día nos buscábamos con más frecuencia.

Y, aun así, ninguno decía lo que ambos empezábamos a sospechar.

Tal vez porque ponerle nombre a aquello significaba aceptar que todo podía cambiar.

Y los dos le teníamos un poco de miedo a eso.

Una tarde, cuando el último timbre anunció el final de las clases, terminé de guardar mis cuadernos en la maleta.

Estaba acomodando un libro cuando una sombra se detuvo frente a mi pupitre.

No necesité levantar la vista para saber quién era.

—Tomatito.

Sonreí sin querer.

Ese apodo ya había dejado de parecerme molesto.

Aunque jamás se lo admitiría.

Levanté la cabeza.

Axel estaba de pie frente a mí con la maleta colgada de un solo hombro. Algunos mechones de su cabello castaño caían sobre su frente, despeinados como siempre, y la luz que entraba por las ventanas hacía que sus ojos color miel parecieran todavía más claros.

—¿Sí?

Se rascó la nuca, un gesto que rara vez hacía.

—Necesito que vengas conmigo.

Fruncí el ceño.

—Eso nunca termina bien.

Él soltó una pequeña risa.

—Confía en mí.

—Esa frase tampoco termina bien.

—Prometo que esta vez sí.

Lo observé durante unos segundos.

Había algo diferente en él.

No era su sonrisa.

Ni su forma de hablar.

Era la manera en que evitaba sostenerme la mirada demasiado tiempo.

Como si estuviera escondiendo algo.

Guardé el último cuaderno dentro de la maleta y me puse de pie.

—Está bien.

Pero si intentas secuestrarme, voy a quejarme muchísimo.

Axel dejó escapar una carcajada.

—Lo tendré en cuenta.

Salimos del salón mientras el colegio comenzaba a vaciarse.

El cielo estaba teñido de tonos anaranjados y una brisa fresca recorría los pasillos abiertos. Caminábamos uno al lado del otro sin decir demasiado. De vez en cuando nuestras manos se rozaban por casualidad y ambos reaccionábamos igual: fingíamos que no había pasado nada.

Atravesamos el patio principal hasta llegar a la parte trasera del colegio.

Era un lugar tranquilo.

Había un viejo árbol que proyectaba una sombra enorme sobre el césped y una banca de madera que casi nadie utilizaba.

Siempre me había parecido uno de los rincones más bonitos del colegio.

Quizá porque allí el ruido desaparecía.

Quizá porque, sin darnos cuenta, había terminado convirtiéndose en otro de nuestros lugares favoritos.

Me detuve frente a él.

—¿Qué hacemos aquí?

Axel miró alrededor antes de responder.

—Esperar.

—¿Esperar qué?

Una sonrisa nerviosa apareció en su rostro.

—Ya lo verás.

Lo observé con atención.

Algo no encajaba.

Desde que habíamos salido del salón no había dejado de mover las manos, acomodarse la maleta y mirar al suelo.

Axel nunca estaba quieto cuando estaba nervioso.

Y eso solo podía significar una cosa.

Realmente estaba nervioso.

Muchísimo.

—Axel...

Levantó la cabeza.

—¿Qué?

—¿Estás bien?

No respondió enseguida.

Soltó el aire lentamente.

—No.

Parpadeé.

—¿Qué pasó?

—Nada.

Fruncí el ceño.

—Eso no tiene ningún sentido.

Una sonrisa tímida apareció en sus labios.

—Lo sé.

Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo todavía más.

—Es que estoy intentando hacer algo.

—¿Qué cosa?

Bajó la mirada hacia sus zapatillas.

—Algo importante.

Sin darme cuenta, mis propios nervios comenzaron a aparecer.

—Me estás asustando.

Él levantó la vista y, por primera vez en toda la tarde, sonrió de verdad.

—Perfecto.

Abrí los ojos.

—¿Perfecto?

—Si yo estoy asustado y tú también...

Hizo una pequeña pausa antes de reír por lo bajo.

—...entonces estamos empatados.

Lo observé durante varios segundos.

Definitivamente, Axel estaba raro.

Y lo más curioso era que, por primera vez desde que lo conocía...

Creo que yo estaba igual de nerviosa que él.




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