"Descubrimos que enamorarse era sencillo. Aprender a ser novios... era otra historia."
Las primeras semanas de noviazgo fueron extrañas.
No porque nuestra vida hubiera cambiado de repente.
Sino porque, en realidad, casi todo seguía igual.
Seguíamos sentándonos en nuestra banca al terminar las clases.
Seguíamos enviándonos mensajes hasta que alguno de los dos se quedaba dormido con el teléfono en la mano.
Seguíamos discutiendo por tonterías, como si el último pedazo de pizza debía partirse en ocho o en diez.
Él seguía llamándome Tomatito.
Aunque, cuando estábamos completamente solos, había empezado a decir algo que conseguía acelerar mi corazón mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Ven acá, mi Tomatito.
Y yo siempre fingía que me molestaba.
—No soy tu Tomatito.
Él sonreía con esa tranquilidad que solo tenía cuando estaba seguro de ganar una discusión.
—¿Ah, no?
Entonces entrelazaba sus dedos con los míos.
—Bueno...
No podía evitar sonreír.
—Solo un poquito.
Axel soltaba una pequeña carcajada, satisfecho consigo mismo.
Y, aunque jamás se lo confesé, escuchar ese "mi" delante de Tomatito hacía que el mundo pareciera un lugar un poco más bonito.
Porque, por primera vez, sentía que pertenecía a algún sitio.
Una tarde de otoño salimos a caminar por el parque que quedaba a unas calles del colegio.
Las hojas secas crujían bajo nuestros zapatos y una brisa fresca movía mi cabello negro y ondulado una y otra vez frente a mis ojos.
Antes de que pudiera apartarlo, Axel levantó la mano con toda naturalidad.
Sujetó el mechón con una delicadeza infinita y lo acomodó detrás de mi oreja.
Sus dedos apenas rozaron mi piel.
Pero fue suficiente para que mi corazón olvidara cómo latir con normalidad.
Él me observó unos segundos.
Sus ojos cafés claros, iluminados por el sol de la tarde, parecían tener pequeños destellos color miel.
Sonrió satisfecho.
—Ahora sí.
Parpadeé.
—¿Ahora sí qué?
—Ahora puedo verte bien.
Sentí cómo el calor subía lentamente hasta mis mejillas.
Él soltó una risa bajita.
—Hola otra vez, mi Tomatito.
Le di un golpecito en el brazo.
—Te aprovechas de que me pongo roja.
—Sería un desperdicio no hacerlo.
Rodé los ojos intentando ocultar la sonrisa.
Seguimos caminando de la mano.
No hacía falta hablar todo el tiempo.
Con Axel, incluso los silencios eran cómodos.
Después de unos minutos, él rompió el silencio.
—Creo que hacemos esto mal.
Giré la cabeza para mirarlo.
—¿Hacer qué?
—Ser novios.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué dices eso?
Señaló discretamente hacia una pareja sentada junto a la fuente.
Los dos compartían unos audífonos y parecían completamente ajenos al resto del mundo.
—Mira.
—¿Qué tienen?
—Parecen novios profesionales.
No pude evitar reír.
—¿Novios profesionales?
Asintió con total seriedad.
—Sí.
—Eso no existe.
—Estoy casi seguro de que sí.
—No.
—Sí.
—Axel...
—Mi Tomatito...
Negué con una sonrisa.
—No cambies de tema.
Él levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien.
Pero míralos.
Parecen saber exactamente qué hacer.
Yo todavía no entiendo cómo funciona esto.
Lo observé unos segundos.
Llevábamos apenas unas semanas siendo novios.
Y ahí estaba.
El chico que siempre parecía tener una respuesta para todo...
Confesándome que también tenía miedo de equivocarse.
Apreté un poco más su mano.
—¿Sabes qué creo?
Él me miró.
—¿Qué?
Sonreí.
—Creo que estamos haciéndolo mejor que ellos.
Frunció el ceño, confundido.
—¿Por qué?
—Porque nosotros no estamos intentando ser la pareja perfecta.
Solo estamos intentando seguir siendo nosotros.
Axel permaneció en silencio unos segundos.
Después sonrió.
No una de esas sonrisas enormes que regalaba cuando hacía una broma.
Una más pequeña.
Más tranquila.
Más sincera.
—Eso tiene mucho sentido.
—Lo sé.
—Entonces...
Se acercó apenas unos centímetros.
—¿No te importa que sea un novio bastante inexperto?
Reí.
—La verdad...
Negué con la cabeza.
—Creo que yo tampoco tengo idea de lo que estoy haciendo.
Él dejó escapar una carcajada.
—Perfecto.
—¿Por qué?
—Porque entonces podemos aprender juntos.