Cuando las estrellas caen

Capitulo VIII Nuestra pequeña eternidad Parte 2

Aquella tarde terminamos en casa de Axel.

Su madre estaba trabajando hasta tarde y su hermana había salido con unas amigas, así que la casa era completamente nuestra.

Bueno...

Nuestra y de Sputnik.

El pequeño conejo blanco se había adueñado del lugar desde el primer día.

Entraba a la cocina como si fuera el dueño.

Corría por el pasillo con una velocidad imposible para un animal tan pequeño.

Y había convertido la alfombra de la sala en su territorio favorito.

—Estoy empezando a pensar que me odia.

Axel observó cómo Sputnik pasaba corriendo junto a él sin dedicarle siquiera una mirada.

—Tal vez solo tiene buen gusto.

Él arqueó una ceja.

—¿Insinúas que yo no?

Sonreí.

—Yo no dije eso.

—Lo pensaste.

—Puede ser.

Sputnik dio un pequeño salto y fue directamente hacia mí.

Apoyó las patas delanteras sobre mi pierna, pidiendo que lo cargara.

Axel abrió mucho los ojos.

—No...

Lo levanté con cuidado y el conejo se acomodó enseguida entre mis brazos.

—Sí.

Axel negó con dramatismo.

—Traidor.

Acaricié las suaves orejas de Sputnik mientras reía.

—Yo lo elegí.

—Yo limpio sus travesuras.

—Yo lo regalé.

—Yo le compro la comida.

—Sigue siendo mi punto.

Axel suspiró exageradamente.

—La vida es tremendamente injusta.

No pude evitar reír.

—Estás celoso de un conejo.

—Muchísimo.

—Eso es un poco preocupante.

—No cuando el conejo me está robando a mi novia.

Levanté la vista de golpe.

—¿Tu novia?

Él sonrió con esa tranquilidad que siempre aparecía cuando conseguía avergonzarme.

—Sí.

Hizo una pequeña pausa.

—Mi Tomatito.

Sentí cómo mis mejillas volvían a calentarse.

—No te acostumbres.

—Llegas un poco tarde para decirme eso.

Antes de que pudiera responder, Sputnik dio un pequeño salto desde mis piernas hasta las de Axel.

Él sonrió de inmediato.

—¿Lo ves?

Acarició al conejo con una delicadeza que siempre conseguía sorprenderme.

—Al final siempre vuelve conmigo.

—Creo que solo vino porque escuchó que estabas haciendo un drama.

—También es posible.

Los dos terminamos riendo.

La casa quedó en silencio otra vez.

Solo se escuchaba el suave tic-tac del reloj del comedor y el ruido de Sputnik mordisqueando una ramita de heno.

Era una paz extraña.

De esas que hacen pensar que el tiempo ha decidido detenerse unos minutos.

Axel se dejó caer a mi lado sobre la alfombra.

Nuestros hombros quedaron tan cerca que podía sentir el calor de su brazo.

Después, casi sin darse cuenta, buscó mi mano.

Entrelazó sus dedos con los míos.

Era un gesto sencillo.

Pero cada vez que lo hacía sentía exactamente lo mismo.

Como si mi corazón todavía no terminara de creer que aquello era real.

Permanecimos unos minutos en silencio.

Con Axel nunca era incómodo.

Había aprendido que también se podía querer a alguien sin decir una sola palabra.

De pronto habló.

—¿Sabes qué me da miedo?

Giré la cabeza para mirarlo.

Su sonrisa había desaparecido.

Era extraño verlo tan serio.

—¿Qué pasa?

Mantenía la vista fija en Sputnik.

Como si fuera más fácil hablar de sus miedos sin mirarme.

—Que esto termine.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—Axel...

Negó despacio.

—Lo digo en serio.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Nunca había querido tanto a alguien.

Aquellas palabras hicieron que mi corazón latiera con fuerza.

Lo observé.

El chico que siempre encontraba una broma para todo estaba completamente indefenso frente a mí.

Apreté suavemente su mano.

—Yo tampoco.

Él sonrió.

Pero era una sonrisa distinta.

Más frágil.

Como si hubiera algo que lo inquietara desde hacía tiempo.

Algo que todavía no sabía explicar.

—Prométeme una cosa.

—¿Cuál?

Esta vez sí me miró directamente.

Sus ojos color miel reflejaban una sinceridad que pocas veces había visto.

—Que dentro de diez años...

Sonrió apenas.

—...seguiremos siendo nosotros.

Me quedé observándolo.

A sus diecisiete años hablaba del futuro con una convicción que solo tienen quienes todavía creen que el amor puede vencer cualquier distancia.

Y quizá por eso acepté.

Porque yo también tenía diecisiete.

Porque yo también creía que algunas promesas podían desafiar al tiempo.

Sonreí.

—Lo prometo.

Axel levantó inmediatamente el dedo meñique.

—Contrato oficial.

Reí.

—¿Todavía haces eso?

—Los contratos importantes siempre son con el meñique.

Entrelacé el mío con el suyo.

—Contrato oficial.

Él sonrió satisfecho.

—No puedes romperlo.

—Tú tampoco.

—Jamás.

Nuestros dedos permanecieron unidos unos segundos más.

Como si aquel pequeño gesto fuera suficiente para detener el futuro.

Y, durante un instante...

Los dos lo creímos.

Porque las promesas hechas a los diecisiete años no nacen de la experiencia. Nacen de la esperanza. Y, cuando uno tiene diecisiete, la esperanza siempre parece suficiente para vencer al tiempo.

Esa noche, cuando ya estaba acostada y la habitación había quedado completamente a oscuras, el teléfono vibró sobre mi mesa de noche.

Sonreí antes incluso de mirar la pantalla.

Ya empezaba a reconocer sus horarios.

Axel ⭐

"¿Estás despierta, mi Tomatito?"

No pude evitar sonreír.

Todavía me parecía increíble que un simple "mi" fuera suficiente para desordenarme el corazón.

Escribí rápidamente.

"Sí."

Los tres puntitos aparecieron casi al instante.

"Tengo una pregunta importante."

Fruncí el ceño.




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