Cuando las estrellas caen

Capitulo IX Cien preguntas para conocerte Parte 2

Continuamos caminando por el parque mientras el sol comenzaba a esconderse entre los árboles.

Axel llevaba el teléfono en una mano y, de vez en cuando, levantaba la vista para asegurarse de que yo seguía caminando a su lado.

—Pregunta número uno —anunció con una solemnidad exagerada—. ¿Cuál es tu comida favorita?

Sonreí.

—La lasaña.

Él hizo una mueca pensativa.

—Sabía que responderías algo elegante.

Lo miré divertida.

—¿Elegante?

—Sí.

—Axel... es lasaña.

—Exacto. Muy refinado.

Negué con una risa.

—¿Y la tuya?

—Empanadas.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?

—Que seas incapaz de pasar frente a una panadería sin querer entrar.

Se llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendido.

—No me siento juzgado...

Hizo una pequeña pausa.

—...me siento comprendido.

Las risas nos acompañaron unos metros más.

Era curioso.

Con Axel hasta las conversaciones más simples terminaban convirtiéndose en un recuerdo bonito.

Volvió a mirar la pantalla.

—Siguiente pregunta.

Su voz perdió un poco del tono bromista.

—¿Cuál es tu mayor miedo?

Sentí que mis pasos se hacían más lentos.

Miré el camino unos segundos antes de responder.

—Perder a alguien que amo.

El silencio se instaló entre nosotros.

Axel bajó el teléfono despacio.

No hizo ninguna broma.

No intentó cambiar de tema.

Solo buscó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.

—Es un miedo válido.

Asentí con una pequeña sonrisa.

—¿Y el tuyo?

Esta vez fue él quien tardó en responder.

Levantó la vista hacia el cielo, como si la respuesta estuviera escrita entre las nubes.

—Quedarme atrapado.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Atrapado?

Asintió.

—En una vida que no elegí.

Guardó silencio unos segundos más.

—Tengo miedo de despertar un día y darme cuenta de que dejé pasar todos mis sueños por miedo a intentarlo.

Conocía esa mirada.

Era la misma que aparecía cada vez que hablaba de Rusia.

De los trenes cubiertos de nieve.

De las calles que soñaba recorrer con una cámara colgada al cuello.

De todo lo que quería descubrir algún día.

Lo observé de reojo.

El viento despeinaba su cabello castaño claro y la luz del atardecer hacía que sus ojos color miel brillaran con una mezcla de ilusión y nostalgia.

Sonreí para mí misma.

Siempre me había gustado verlo soñar.

Aunque, por un instante...

Una pregunta cruzó silenciosamente mi mente.

¿Qué pasaría si algún día ese sueño lo llevaba demasiado lejos de mí?

No dije nada.

Solo apreté un poco más su mano mientras seguíamos caminando.

Después de todo...

Todavía éramos dos chicos de diecisiete años que creían tener todo el tiempo del mundo.




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