Las preguntas continuaron durante el resto de la caminata.
Algunas eran tan sencillas que respondíamos sin pensarlo.
Otras nos hacían discutir durante varios minutos por razones completamente absurdas.
Axel deslizó el dedo por la pantalla.
—Pregunta número dieciséis.
Levantó una ceja.
—¿Animal favorito?
No hizo falta pensar.
—Conejos.
Él sonrió de inmediato.
—Empate.
—Siempre empate.
—Desde que apareció Sputnik ya no hay competencia.
—Nunca la hubo.
Siguió leyendo.
—¿Color favorito?
—Rojo.
Levantó lentamente la cabeza.
—No...
Reí.
—¿Qué?
—El mío también.
—¿En serio?
Se llevó una mano al pecho.
—Lo juro solemnemente.
Negué entre risas.
—Esto ya empieza a dar un poco de miedo.
Él sonrió.
—Quizá somos la misma persona.
Lo miré de arriba abajo, fingiendo analizar la teoría.
—Eso sería una tragedia.
—¿Por qué?
—Porque alguien tendría que soportar dos Axeles.
Él soltó una carcajada.
—Tienes un buen punto.
Seguimos caminando.
El parque empezaba a vaciarse poco a poco.
Las luces de los senderos comenzaron a encenderse una tras otra mientras el cielo cambiaba del naranja al azul oscuro.
Axel volvió a deslizar el dedo por la pantalla.
Esta vez no leyó enseguida.
Se quedó mirando el teléfono unos segundos.
Demasiados segundos.
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasa?
Levantó la vista.
Había algo distinto en su expresión.
—La siguiente pregunta es buena.
—¿Cuál es?
Respiró hondo antes de leerla.
—¿Cuál es tu recuerdo favorito?
Sonreí casi sin darme cuenta.
Ni siquiera necesité pensarlo.
—La banca.
Él frunció el ceño con una sonrisa.
—¿La banca?
Asentí.
—La banca.
—¿De todos los recuerdos que tienes... eliges una banca vieja de madera?
Negué despacio.
—No.
Lo miré directamente a los ojos.
—No es la banca.
Hice una pequeña pausa.
—Es la persona que siempre está sentada conmigo.
Por un instante, el mundo pareció quedarse en silencio.
Axel dejó de caminar.
Sus ojos color miel permanecieron fijos en los míos, como si estuviera intentando guardar aquel momento en algún lugar donde nunca pudiera perderse.
—Mi Tomatito...
Su voz fue apenas un susurro.
—¿Sí?
Sonrió de lado.
—Estoy haciendo un esfuerzo enorme por no ponerme sentimental.
No pude evitar reír.
—¿Y cómo va ese esfuerzo?
Se llevó una mano al corazón con dramatismo.
—Terriblemente.
Las risas volvieron a llenar el camino.
Le di un pequeño golpe con el hombro.
—Ahora me toca preguntar a mí.
Él hizo una reverencia exagerada.
—La escucho.
—¿Cuál es tu recuerdo favorito?
No respondió enseguida.
Miró el cielo.
Después me miró a mí.
Y sonrió de esa manera tranquila que siempre aparecía cuando hablaba en serio.
—El día de mi cumpleaños.
Sonreí.
—¿Por Sputnik?
Asintió.
—Por Sputnik...
Hizo una pausa.
—Y porque ese día entendí que alguien había prestado atención a cosas que ni siquiera yo decía muy seguido.
Sentí un pequeño nudo en el pecho.
—Axel...
Él continuó hablando.
—No fue solo el regalo.
Fue que recordaste una historia de mi infancia.
Fue que elegiste algo que significaba mucho para mí.
Y eso...
Bajó la mirada un instante antes de volver a sonreír.
—Eso hizo que me enamorara todavía más de ti.
Sentí cómo el calor subía inmediatamente a mis mejillas.
Él soltó una risa bajita.
—Ahí está.
Me crucé de brazos, fingiendo no entender.
—¿Qué cosa?
—Mi Tomatito.
La más bonita del mundo cuando se sonroja.
Rodé los ojos intentando esconder la sonrisa.
—Eres insoportable.
Él acercó su mano hasta encontrar la mía.
Entrelazó nuestros dedos con naturalidad.
—Puede ser.
Se inclinó apenas unos centímetros hacia mí.
Lo suficiente para dejar un beso suave sobre mi frente.
Un beso corto.
Delicado.
De esos que parecen durar mucho más de lo que realmente duran.
—Pero soy tu insoportable.
Negué con una risa que ya no pude contener.
—No te acostumbres.
Axel sonrió.
—Creo que para eso ya es demasiado tarde.