Cuando las estrellas caen

Capítulo IX Cien preguntas para conocerte Parte 4

El cielo ya estaba completamente oscuro cuando nos sentamos en nuestra banca por última vez aquel día.

Las luces del parque iluminaban apenas el sendero y el murmullo de la fuente parecía acompañar el final de nuestra lista.

Axel deslizó el dedo hasta la última pregunta.

Sonrió de lado.

—Llegamos al final.

—Qué triste.

—Siempre podemos buscar otras cien preguntas.

Reí.

—Eso suena muy a ti.

Él levantó el teléfono una última vez.

—Última pregunta.

Lo miré con curiosidad.

—Te escucho.

Leyó en voz alta.

—¿Dónde te imaginas dentro de diez años?

Apoyé la espalda en la banca y levanté la vista hacia el cielo.

No necesité demasiado tiempo para responder.

—Trabajando como psicóloga.

Él sonrió con orgullo.

Como si aquella respuesta fuera exactamente la que esperaba escuchar.

—Lo sabía.

—¿Cómo?

—Porque cada vez que alguien tiene un problema, eres la primera en querer ayudar.

Me encogí de hombros.

—Supongo que nunca he sabido hacer otra cosa.

Sonrió con ternura.

—Y por eso vas a ser muy buena.

Bajé la mirada, sintiendo cómo sus palabras encontraban un lugar dentro de mí.

Después fue mi turno.

—¿Y tú?

Ni siquiera tuvo que pensarlo.

Sus ojos brillaron de inmediato.

—Rusia.

Solté una risa.

—Era demasiado fácil.

—¿Verdad?

—Nunca cambias de respuesta.

Negó despacio.

—No.

Hubo un breve silencio.

Uno de esos silencios tranquilos que solo existen cuando dos personas ya no necesitan llenar cada espacio con palabras.

Entonces añadió, casi como si fuera lo más natural del mundo:

—Y contigo.

Giré la cabeza para mirarlo.

Él seguía contemplando el cielo.

Lo había dicho con una tranquilidad absoluta.

Sin dramatismo.

Sin grandes declaraciones.

Como si, en su mente, no existiera ninguna versión del futuro en la que yo no estuviera a su lado.

Sentí que una sonrisa aparecía sola.

Busqué su mano sobre la banca y entrelacé mis dedos con los suyos.

—Entonces tendrás que aprender un poco de ruso.

Él soltó una carcajada.

—Solo sé decir "privet".

—Vas un poco atrasado.

—Por suerte tengo diez años para practicar.

Negué entre risas.

—Y yo para aprender a soportar el frío.

Axel me miró de reojo.

—Mientras estés conmigo...

Hizo una pequeña pausa.

—Creo que cualquier lugar podría sentirse como casa.

No respondí.

Solo apoyé la cabeza sobre su hombro.

Podía escuchar los latidos tranquilos de su corazón.

Y, por un instante, el futuro dejó de parecer un lugar lejano.

A los diecisiete años, diez años cabían dentro de una conversación.

Dentro de una promesa.

Dentro de un sueño compartido.

Aquella noche regresamos a casa convencidos de que el mundo era inmenso, pero que, de alguna manera, siempre encontraríamos el camino de regreso el uno al otro.

A veces, la juventud tiene esa forma tan bonita de creer.

Y quizá...

Eso también era parte de su magia.




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