"Hay noches que parecen hechas para mirar el cielo. Otras... para descubrir que la persona a tu lado brilla incluso más que las estrellas."
Había una cosa que Axel amaba casi tanto como hablar de Rusia.
Las estrellas.
No los planetas.
No los astronautas.
Ni los cohetes.
Las estrellas.
Según él, había una diferencia enorme.
Y cada vez que intentaba explicármela, terminábamos discutiendo.
—Las estrellas son mucho más bonitas.
Lo miré divertida.
—Eso no tiene ningún fundamento científico.
Él sonrió.
—No necesito uno.
—Claro que sí.
—No.
—Axel...
—Mi Tomatito...
Negué con una risa.
—No cambies de tema.
—No lo hago.
—Sí lo haces.
—Solo intento que aceptes la verdad.
Crucé los brazos.
—¿Y cuál es esa supuesta verdad?
Levantó la vista hacia el cielo, donde apenas comenzaban a aparecer los primeros destellos del atardecer.
—Las estrellas siempre han estado ahí antes que nosotros.
Hizo una pequeña pausa.
—Y seguirán estando cuando ya no estemos.
Lo observé unos segundos.
Había algo en la forma en que hablaba del cielo.
No era curiosidad.
Era admiración.
Como si, cada vez que levantaba la mirada, encontrara un lugar donde todos los sueños parecían posibles.
Sonreí.
—Sigo pensando que exageras.
Él se encogió de hombros.
—Puede ser.
—Muchísimo.
—Pero me quieres igual.
Rodé los ojos.
—Eso todavía está en discusión.
Axel soltó una carcajada.
—Mentira.
Ya gané esa discusión hace semanas.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
—No seas presumido.
Él fingió pensarlo unos segundos.
—Lo intentaré.
Hizo otra pausa.
—No prometo nada.
Era sábado por la tarde cuando mi teléfono vibró.
Sonreí antes incluso de mirar la pantalla.
Últimamente Axel tenía el extraño talento de escribirme justo cuando estaba pensando en él.
✨ Estrella Fugaz
"Prepárate."
Fruncí ligeramente el ceño.
🍅 Mi Tomatito
"¿Para qué?"
La respuesta llegó enseguida.
"Es una sorpresa."
Suspiré con una sonrisa.
"Eso me preocupa."
"Con razón."
"Axel..."
"Confía en mí."
Reí por lo bajo.
"Sabes que esa frase nunca termina bien."
"Precisamente por eso."
Una hora después sonó el timbre de mi casa.
Abrí la puerta.
Y allí estaba.
Con una mochila enorme colgada de un hombro, el cabello castaño claro despeinado por el viento y esa sonrisa traviesa que siempre aparecía cuando estaba a punto de hacer alguna locura.
Me crucé de brazos.
—¿Qué llevas ahí?
Él miró la mochila como si estuviera pensando si debía revelar el secreto.
—Secretos.
—Eso definitivamente no responde mi pregunta.
—Lo sé.
—¿Al menos puedes decirme si es peligroso?
Fingió reflexionar.
—Depende.
Entrecerré los ojos.
—Axel...
—¿Qué?
—Esa respuesta no me tranquiliza.
Él dio un paso hacia mí y, antes de decir una sola palabra, acomodó con cuidado un mechón de mi cabello negro y ondulado que el viento había llevado hasta mi rostro.
Sonrió con ternura.
—No voy a dejar que te pase nada.
Aquellas palabras fueron tan sencillas que casi pasaron desapercibidas.
Pero la forma en que las dijo...
Hizo que mi corazón latiera un poco más rápido.
Le sonreí.
—Está bien.
Confío en ti.
Él levantó una ceja con una expresión victoriosa.
—Sabía que funcionaría.
—No te emociones tanto.
—Es tarde.
Ya me emocioné.
Negué entre risas mientras tomaba su mano.
—Vamos, Estrella Fugaz.
Quiero descubrir qué clase de sorpresa requiere una mochila tan grande.
Él entrelazó sus dedos con los míos.
—Prometo que valdrá la pena.
Y, sin saberlo...
Aquella noche estábamos a punto de crear uno de los recuerdos más bonitos de toda nuestra historia.