Cuando las estrellas caen

Capitulo X Bajo las estrellas Parte 2

Terminamos caminando hasta una pequeña colina a las afueras de la ciudad.

Era uno de esos lugares que parecían existir únicamente para quienes disfrutaban del silencio.

No llegaba el ruido de los carros.

Ni el brillo de los edificios.

Solo el viento.

La hierba moviéndose con suavidad.

Y un cielo inmenso que parecía extenderse hasta el infinito.

Cuando llegamos, Axel dejó la mochila sobre el suelo.

Se agachó y comenzó a sacar cosas una por una.

Una manta.

Dos bebidas.

Un paquete de galletas.

Una linterna.

Y un pequeño termo con chocolate caliente.

Lo miré sorprendida.

—¿Planeaste todo esto?

Él levantó la vista con una sonrisa orgullosa.

—Obviamente.

—Empiezas a darme un poco de miedo.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo tomaré como uno.

Negué entre risas.

Extendimos la manta sobre el césped y nos sentamos uno al lado del otro.

El aire era fresco.

No hacía frío.

Pero sí lo suficiente para que Axel, sin decir nada, se quitara la chaqueta y la dejara sobre mis hombros.

—No tienes que hacerlo.

Se encogió de hombros.

—Lo sé.

—Entonces...

—Prefiero que tú no tengas frío.

Lo miré unos segundos.

—Gracias.

Él sonrió.

—De nada, mi Tomatito.

Sentí cómo mis mejillas volvían a delatarme.

Axel soltó una risa bajita.

—Nunca voy a cansarme de esa cara.

Le di un pequeño golpe con el hombro.

—No seas insoportable.

—Demasiado tarde.

Nos acomodamos sobre la manta.

Por unos minutos ninguno dijo nada.

Simplemente observamos cómo el sol desaparecía poco a poco detrás de las montañas.

El cielo pasó del naranja al rosado.

Después al violeta.

Y, finalmente...

A un azul tan profundo que parecía imposible.

Fue Axel quien rompió el silencio.

—Ahí está.

Seguí la dirección de su mirada.

Una pequeña estrella acababa de aparecer.

—Solo es una estrella.

Él negó con una sonrisa.

—No.

—¿No?

—Es la primera estrella de la noche.

Rodé los ojos.

—Axel...

—¿Qué?

—Eres raro.

—Lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

Los dos terminamos riendo.

Se acomodó sobre la manta y apoyó los brazos detrás de la cabeza.

Yo hice lo mismo.

Durante unos segundos solo escuchamos el viento.

Entonces habló otra vez.

—¿Sabes qué me gusta de las estrellas?

Giré apenas la cabeza para mirarlo.

—Sorpréndeme.

Sus ojos seguían fijos en el cielo.

—Que algunas de ellas ya ni siquiera existen.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo así?

—La luz tarda tanto en llegar hasta nosotros que, a veces, seguimos viendo el brillo de estrellas que desaparecieron hace muchísimo tiempo.

Guardé silencio.

Nunca lo había pensado.

—Es un poco triste.

Sonrió sin dejar de mirar arriba.

—Sí.

Hizo una pausa.

—Pero también es bonito.

—¿Por qué?

Esta vez sí me miró.

—Porque significa que hay cosas capaces de seguir iluminando incluso cuando ya no están cerca.

No respondí.

No porque no quisiera.

Sino porque, por alguna razón, aquellas palabras encontraron un lugar dentro de mí.

Le apreté suavemente la mano.

Él respondió entrelazando sus dedos con los míos.

Y ninguno volvió a decir nada.

A veces, el silencio también sabe abrazar.

La noche terminó de caer.

Miles de estrellas cubrían el cielo.

Jamás había visto tantas.

Parecía que alguien había derramado pequeñas luces sobre un inmenso lienzo oscuro.

De repente, Axel levantó una mano.

—Mira.

Seguí la dirección de su dedo.

Y entonces ocurrió.

Una línea de luz atravesó el cielo.

Rápida.

Brillante.

Tan hermosa que parecía irreal.

Sentí que el aire escapaba de mis pulmones.

—¡Una estrella fugaz!

Él sonrió sin apartar la vista del cielo.

—Lo sé.

La observamos hasta que desapareció.

Tan rápido como había llegado.

Su voz rompió el silencio.

Apenas un susurro.

—Pide un deseo.

Cerré los ojos.

Pensé en mi familia.

En mis sueños.

En nosotros.

Y pedí un deseo que jamás le contaría a nadie.

Cuando abrí los ojos, Axel seguía observándome.

—¿Qué pediste?

Sonreí.

—No puedo decirlo.

—¿Por qué?

—Porque entonces no se cumple.

Hizo una pequeña mueca.

—Qué reglas tan injustas.

—Yo no las inventé.

Suspiró con dramatismo.

—Está bien.

Me giré hacia él.

—¿Y tú?

¿Pediste algo?

Su sonrisa cambió.

Era más tranquila.

Más sincera.

Como si aquella respuesta llevara mucho tiempo viviendo en su corazón.

—Sí.

—¿Rusia?

Negó despacio.

—No.

Lo miré con curiosidad.

—Entonces...

Bajó la vista unos segundos.

Cuando volvió a levantarla, había una ternura inmensa en sus ojos color miel.

—Pedí que, cuando vuelva a mirar una estrella fugaz dentro de muchos años...

Hizo una pequeña pausa.

—...tú sigas sentada a mi lado.

Sentí que el corazón olvidaba cómo latir durante un instante.

No había bromas.

No había ironías.

Solo él.

Solo Axel.

Y toda la sinceridad que cabía en aquella mirada.

Sin pensarlo, acerqué mi mano hasta acariciar suavemente su mejilla.

Él cerró los ojos apenas un segundo, disfrutando el gesto.

Después apoyó su frente contra la mía.

Permanecimos así, respirando el mismo silencio.

Sin prisas.

Sin necesidad de decir nada más.

Porque, a veces, el amor encuentra la forma de hablar incluso cuando las palabras se quedan pequeñas.

Aquella noche comprendí que había personas que llegaban a tu vida para cambiarla.

Y otras...

Muy pocas...




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