Cuando las estrellas caen

Capitulo XI El primer beso Parte 1

"Hay momentos que uno imagina durante años. Y, aun así, cuando llegan, nunca ocurren como los habías planeado."

Si alguien me hubiera preguntado cómo imaginaba mi primer beso, probablemente habría respondido algo ridículamente romántico.

Tal vez bajo la lluvia.

O durante una puesta de sol.

O en algún lugar sacado de una película.

La realidad fue mucho más parecida a nosotros.

Imperfecta.

Espontánea.

Un poco caótica.

Y completamente inolvidable.

Todo comenzó por culpa de una apuesta.

Como casi todas nuestras aventuras.

—No puedes hacerlo.

Axel levantó una ceja.

—Claro que puedo.

—No.

—Sí.

—Axel...

—Mi Tomatito.

—Te vas a caer.

Sonrió con esa seguridad que siempre aparecía justo antes de hacer alguna tontería.

—Confía en mí.

Me crucé de brazos.

—Jamás.

Habíamos salido del colegio y caminábamos por el parque de siempre.

El mismo donde pasábamos horas hablando de cualquier cosa.

Axel había decidido que sería una gran idea caminar por el borde de una estructura baja de concreto.

Según él, era facilísimo.

Según yo...

Estaba a tres segundos de hacer el ridículo.

Y yo tenía razón.

Avanzó tres pasos.

Un cuarto.

Y, de pronto, perdió el equilibrio.

—¡Axel!

Movió los brazos intentando recuperarse.

—¡Lo tengo!

No pude evitar reír.

—¡No lo tienes!

—¡Sí lo tengo!

—¡Mentiroso!

Antes de caer, dio un pequeño salto hacia el césped.

Logró mantenerse de pie...

Aunque aterrizó de la forma menos elegante posible.

Yo ya no podía respirar de la risa.

Me doblé ligeramente hacia adelante mientras intentaba calmarme.

Él me miró fingiendo indignación.

—No digas absolutamente nada.

Intenté hablar.

No pude.

Las carcajadas no me dejaban.

—Te...

Respiré hondo.

—Te dije que te ibas a caer.

Se sacudió un poco el uniforme.

—No me caí.

—Casi.

—Casi no cuenta.

—Claro que cuenta.

Negó con una sonrisa.

—Eres insoportable.

Le di un pequeño empujón en el hombro.

—Y tú exageradamente terco.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo tomaré como uno.

Sacudí la cabeza.

Su cabello castaño claro había quedado completamente despeinado por el intento fallido, pero a él parecía no importarle en lo más mínimo.

Seguía sonriendo.

Y, por alguna razón, verlo feliz siempre hacía que mis propios problemas parecieran mucho más pequeños.

Tomó mi mano sin pensarlo demasiado.

Como si ya fuera el gesto más natural del mundo.

Y seguimos caminando.

Con nuestras manos entrelazadas.

Con mi corazón latiendo un poquito más rápido de lo normal.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.