Terminamos sentados en una banca cercana.
La misma banca de siempre.
La que, sin darnos cuenta, ya se había convertido en nuestro lugar favorito.
Seguíamos riéndonos por el intento fallido de Axel de demostrar que tenía "un equilibrio perfecto".
—Sigues exagerando.
Lo miré divertida.
—Casi te caes.
—Pero no me caí.
—Porque saltaste antes.
—Eso fue una maniobra estratégica.
—Claro...
—Soy un experto.
Negué entre risas.
El viento despeinó un poco mi cabello negro y ondulado.
Antes de que pudiera acomodarlo, Axel estiró la mano y colocó con delicadeza un mechón detrás de mi oreja.
Lo hizo con tanta naturalidad que ninguno dijo nada durante unos segundos.
Solo nos miramos.
Hasta que él rompió el silencio.
—¿Sabes algo?
—¿Qué?
Bajó la vista un instante.
Cuando volvió a mirarme, sus ojos color miel ya no tenían el brillo travieso de siempre.
Había nervios.
Muchos nervios.
—Nunca te he besado.
Sentí que mi corazón olvidaba por completo cómo latir.
—Axel...
Él sonrió con timidez.
—¿Qué?
—No puedes decir eso así.
—¿Por qué?
—Porque...
Solté una pequeña risa nerviosa.
—...porque no.
Levantó una ceja.
—Es un argumento bastante malo.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también.
Sentí el calor subir inmediatamente a mis mejillas.
Él sonrió al verme sonrojar.
—Mi Tomatito...
Desvié la mirada.
—No.
—¿No qué?
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Así...
Él dejó escapar una risa bajita.
—No sé qué significa "así".
—Sí lo sabes.
Negó despacio.
Pero esta vez no hizo ninguna broma.
Respiró hondo.
Miró sus propias manos.
Y habló en voz baja.
—La verdad...
Hizo una pequeña pausa.
—Yo tampoco he hecho esto nunca.
Parpadeé, sorprendida.
Era extraño verlo tan inseguro.
Axel siempre parecía tener una respuesta para todo.
Siempre encontraba una broma.
Siempre sabía qué decir.
Pero no en ese momento.
En ese instante parecía tan perdido como yo.
Y, curiosamente...
Eso hizo que dejara de tener miedo.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros.
No era incómodo.
Era uno de esos silencios tranquilos que aparecen cuando dos personas sienten exactamente lo mismo y ninguna sabe cómo decirlo.
El viento movía lentamente las hojas de los árboles.
A lo lejos se escuchaban las risas de unos niños jugando.
Pero todo parecía quedar muy lejos.
Como si el parque hubiera desaparecido.
Como si solo existiéramos nosotros dos.
Axel respiró profundamente.
Después levantó la vista.
—¿Puedo preguntarte algo?
Sonreí con timidez.
—Depende.
Él soltó una pequeña risa.
—Siempre respondes eso.
—Porque funciona.
Asintió.
Durante unos segundos pareció reunir todo el valor que tenía.
Entonces habló.
—¿Puedo besarte?
Sentí que el tiempo se detenía.
No había presión.
No había prisa.
Solo una pregunta hecha con toda la ternura del mundo.
Lo miré.
Vi sus manos ligeramente nerviosas.
Vi la forma en que evitaba sostenerme la mirada por mucho tiempo.
Y comprendí que estaba tan asustado como yo.
Sonreí.
Muy despacio.
Y asentí con la cabeza.
—Sí.
La palabra salió casi como un susurro.
Pero fue suficiente.
Axel levantó la vista.
Y sonrió.
No con esa sonrisa traviesa de siempre.
Sino con una pequeña.
Sincera.
Llena de ilusión.
Como si acabara de recibir el mejor regalo de toda su vida.