Cuando las estrellas caen

Capitulo XI El primer beso Parte 3

Él sonrió con esa mezcla de ilusión y nervios que solo había visto unas pocas veces.

Se acercó muy despacio.

Lo suficiente para darme tiempo de alejarme si no estaba lista.

Pero no lo hice.

Porque era Axel.

Mi Estrella Fugaz.

Mi mejor amigo.

La persona que conocía mis sueños antes incluso de que yo aprendiera a ponerles nombre.

La que sabía cuándo estaba triste con solo mirarme.

La que había llenado de vida los días más comunes.

Cerré los ojos.

Y sentí cómo una de sus manos acariciaba con delicadeza mi mejilla.

Su pulgar rozó mi piel con tanta suavidad que hizo que mi corazón latiera todavía más deprisa.

Entonces sucedió.

Sus labios encontraron los míos en un beso corto.

Tímido.

Dulce.

Con esa torpeza inevitable de dos personas que estaban descubriendo algo completamente nuevo.

No hubo música.

No hubo fuegos artificiales.

El mundo no dejó de girar.

Solo existió el sonido del viento entre los árboles.

El perfume de la hierba recién cortada.

Y la sensación de que, por primera vez, estaba exactamente donde quería estar.

Cuando nos separamos, ninguno dijo nada durante unos segundos.

Nos miramos.

Y, de repente, los dos empezamos a reír.

Una risa nerviosa.

Incontenible.

De esas que aparecen cuando las emociones son demasiado grandes para guardarlas.

Axel negó con la cabeza.

—¿Por qué te ríes?

Intenté responder.

No pude.

Volví a reír.

—No lo sé.

Él también.

—Yo tampoco.

Respiró hondo.

—Creo que estábamos mucho más nerviosos de lo que pensábamos.

Asentí.

—Muchísimo.

Nos quedamos sonriendo como dos tontos.

Y comprendí que nunca recordaría aquel beso porque hubiera sido perfecto.

Lo recordaría porque había sido nuestro.

Porque había nacido de la confianza.

De la amistad.

Y de todo el amor que llevábamos tiempo aprendiendo a construir.

Antes de despedirnos, Axel volvió a tomar mi mano.

Entrelazó sus dedos con los míos y comenzó a caminar conmigo hasta la esquina de mi casa.

—Mi Tomatito...

—¿Sí?

Sonrió de lado.

—Tengo una teoría.

Solté una pequeña risa.

—Eso suele ser peligroso.

—Lo sé.

—Aun así quiero escucharla.

Se llevó una mano al mentón, fingiendo que estaba a punto de revelar el mayor descubrimiento de la historia.

—Creo que reprobar matemáticas fue una excelente decisión.

Lo miré divertida.

—¿Perdón?

—Si hubiera aprobado ese examen...

Hizo una pausa dramática.

—Nunca habría escrito en esa hoja si querías ser mi novia.

No pude evitar reír.

—Esa es, sin duda, la teoría más absurda que te he escuchado.

Él sonrió con orgullo.

—Y mira el resultado.

Levantó nuestras manos entrelazadas.

—Funcionó.

Negué con la cabeza.

—Eres imposible.

—Pero soy tu imposible.

Rodé los ojos mientras una sonrisa volvía a escaparse de mis labios.

—No te acostumbres.

Él se inclinó y dejó un beso suave sobre mi frente.

—Demasiado tarde.

Cuando llegué a casa, todavía podía sentir el calor de su mano entre la mía.

Y mientras me preparaba para dormir, una idea no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

Tal vez el amor no necesitaba ser perfecto.

Tal vez solo necesitaba a la persona correcta.

Y, aquella noche...

Estaba convencida de haber encontrado la mía.




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