Cuando las estrellas caen

Capitulo XII Una cita entre animales

"El amor nunca recuerda los lugares más caros. Recuerda los momentos en los que dos personas fueron felices sin darse cuenta de que estaban creando un recuerdo para toda la vida."

Después de nuestro primer beso, Axel tomó una decisión completamente lógica.

O al menos lógica según él.

—Necesitamos una cita oficial.

—¿Oficial?

—Sí.

—¿Acaso las anteriores no contaban?

—No.

—¿Por qué?

—Porque ahora eres mi novia.

—Axel, literalmente llevamos semanas siendo novios.

—Detalles.

Negué con la cabeza.

Era imposible discutir con él cuando ya había tomado una decisión.

—¿Y qué se supone que haremos?

Axel sonrió.

Esa sonrisa peligrosa.

La que siempre significaba problemas.

—Lo descubrirás.

Dos días después me encontré frente a la entrada del zoológico.

Y allí estaba él.

Esperándome.

Con una gorra azul que apenas lograba controlar su cabello castaño despeinado, una mochila enorme y esa sonrisa que hacía que sus ojos color miel brillaran incluso bajo el sol de la mañana.

Cuando me vio llegar, levantó una mano.

—¡Tomatito!

No pude evitar sonreír.

Llevaba una camiseta blanca sencilla y unos jeans oscuros.

Se veía tan feliz que parecía un niño esperando entrar a un parque de diversiones.

—No puedo creer que me trajeras al zoológico.

—¿Por qué?

—Porque tenemos diecisiete años.

—¿Y?

—Los niños van al zoológico.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Porque sigo siendo un niño.

No pude evitar reír.

—Eso explica muchas cosas.

—Lo sé.

Y, sin pedir permiso, tomó mi mano.

Era un gesto que seguía poniéndome nerviosa.

Mis dedos se acomodaron entre los suyos casi por instinto.

Él simplemente sonrió.

Como si sostener mi mano fuera la cosa más natural del mundo.

Desde el momento en que entramos fue imposible tomarnos en serio.

Especialmente porque Axel parecía más emocionado que cualquier niño que estuviera allí.

—¡Mira ese tigre!

—Axel, todo el mundo puede verlo.

—Pero mira qué hermoso es.

—Te escucharon hasta los tigres.

—Perfecto.

Seguimos caminando entre los recintos.

Flamencos.

Monos.

Osos.

Jirafas.

Y Axel tenía una opinión sobre absolutamente todos.

—Ese mono se parece al profesor de matemáticas.

—No digas eso.

—Dime que no se parece.

Observé al mono.

Luego recordé al profesor.

Y terminé riéndome.

—Un poquito.

—¡Lo sabía!

Cuando llegamos al recinto de los tigres, uno de ellos comenzó a caminar lentamente frente al enorme cristal.

Era imponente.

Elegante.

Hermoso.

—Es increíble… —susurré.

Axel sonrió.

Pero de pronto el tigre comenzó a correr.

Él abrió mucho los ojos.

—¡Tomatito!

—¿Qué?

—¡Corre!

—¿Qué?

—¡Si él corre, nosotros también!

—¡Axel!

No me dio tiempo de protestar.

Tomó mi mano y empezó a correr por el sendero siguiendo el recorrido del tigre.

Yo no podía parar de reír.

—¡Estás loco!

—¡Muchísimo!

Corrimos unos segundos mientras el tigre avanzaba al otro lado del vidrio.

Varias personas comenzaron a mirarnos entre risas.

Cuando finalmente nos detuvimos, ambos respirábamos agitados.

Axel apoyó las manos sobre sus rodillas.

—Creo…

Tomó aire.

—…que ganamos.

No pude contener otra carcajada.

—¿Ganamos qué?

—La carrera.

—Axel…

Era un tigre.

—Y perdió.

—Te va a escuchar.

Él saludó al animal con una mano.

—Buen intento, amigo.

Negué con la cabeza.

Era imposible no ser feliz a su lado.

Mi momento favorito llegó cuando entramos al área de pequeños mamíferos.

Porque allí estaban los conejos.

Axel prácticamente corrió hasta el vidrio.

—Mira.

—Los veo.

—Son perfectos.

—Lo dices como si fueran celebridades.

—Para mí lo son.

Me quedé observándolo.

La forma en que sonreía.

La ternura con la que seguía a cada conejo con la mirada.

La misma expresión que había tenido el día en que recibió a Sputnik.

—Te gustan mucho, ¿verdad?

Asintió sin apartar la vista.

—Muchísimo.

Y en ese instante comprendí que una persona también podía enamorarte por la forma en que miraba el mundo.

Más tarde terminamos comprando helado.

—El mío es mejor.

—No.

—Sí.

—No.

—Tomatito.

—Estrella Fugaz.

—El chocolate siempre gana.

—La vainilla es superior.

—Eso es objetivamente incorrecto.

—No existe algo objetivamente incorrecto sobre los helados.

Mientras discutía, di un mordisco demasiado grande.

Un poco de helado quedó sobre la punta de mi nariz.

No me di cuenta.

Axel sí.

Intentó contener la risa.

Fracasó por completo.

—¿Qué?

Negó con la cabeza.

—Nada.

—Axel.

—Nada.

Fruncí el ceño.

—¿Qué pasa?

Él dio un pequeño paso hacia mí.

—No te muevas.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

Con una delicadeza que me desarmó, levantó una mano y limpió con la yema de su pulgar la pequeña mancha de helado que tenía en la nariz.

Después me mostró el dedo.

—Listo.

Sentí que mis mejillas se encendían.

—¿Tenía helado?

—Muchísimo.

—¡Axel!

Él soltó una carcajada.

—Te veías adorable.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué?

—Porque me pongo nerviosa.

Su sonrisa cambió.

Se volvió más tranquila.

Más cálida.

—Lo sé.

Nos quedamos mirándonos durante unos segundos.

Sin hablar.

Como si el resto del zoológico hubiera desaparecido.

Entonces inclinó apenas la cabeza.

—¿Puedo?

No necesitó explicar a qué se refería.




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