"Hay lugares que no se vuelven inolvidables por el paisaje, sino por la persona con la que los recorriste."
Cuando tienes diecisiete años, cualquier paseo se siente como una aventura.
No importa si es a otro país.
A otra ciudad.
O simplemente a un lugar que nunca habías visitado antes.
Y aquel fin de semana se sintió exactamente así.
Como una aventura.
Todo comenzó con una llamada de mi tía.
Había organizado un paseo familiar a un pueblo cercano durante tres días.
Nada extraordinario.
Caminatas.
Naturaleza.
Comida.
Y tiempo en familia.
Yo no tenía demasiadas ganas de ir.
Hasta que, durante la cena, mi mamá dejó los cubiertos sobre el plato y dijo como si fuera el comentario más normal del mundo:
—Axel también podría venir.
Casi dejo caer el vaso.
—¿Qué?
Mi mamá sonrió.
—Si sus padres están de acuerdo, claro.
Miré a mi papá.
Él simplemente se encogió de hombros.
—Mientras sus padres lo permitan, no veo ningún problema.
Sentí una emoción tan grande que tuve que disimularla bajando la cabeza.
Intenté seguir cenando como si nada.
No funcionó.
Mi sonrisa me delataba por completo.
Tres días después estábamos frente al autobús.
Todavía era temprano.
El aire olía a tierra húmeda y a café recién hecho.
Entonces lo vi llegar.
Axel caminaba con una maleta colgada al hombro y una pequeña maleta en la mano.
Al verme levantó una mano para saludar.
Después se acercó directamente a mis padres.
—Buenos días, señor y señora Becker.
Mi mamá, le sonrió con cariño.
—Buenos días, Axel. ¿Listo para sobrevivir tres días con nosotros?
Él hizo una expresión solemne.
—Voy preparado psicológicamente.
Mi papá soltó una pequeña risa.
—Eso lo veremos cuando termine el viaje.
Axel me lanzó una mirada de reojo.
—¿Ves? Ya empezaron.
Sonreí.
—Todavía puedes escapar.
Él negó con la cabeza.
—No después de que tu mamá me preparó sándwiches para el camino.
Mi mamá soltó una carcajada.
—Sabía que eso te convencería.
Lo señalé con el dedo.
—Te compró con comida.
Axel llevó una mano al pecho, fingiendo indignación.
—No me compró.
Hizo una breve pausa.
—Me conquistó.
Todos terminamos riendo.
Y el viaje ni siquiera había comenzado.
Cuando subimos al autobús apareció el primer problema verdaderamente importante.
—Quiero la ventana.
Lo miré.
—La tuviste cuando fuimos al zoológico.
—Precisamente.
—Eso no es un argumento.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—Axel.
—Tomatito.
Suspiré resignada.
—Está bien.
Sonrió como un niño al que acababan de regalar su juguete favorito.
—Sabía que ganaría.
—Solo porque eres insoportable.
—También.
Se acomodó junto a la ventana con una satisfacción exagerada.
Parecía haber ganado una competencia internacional.
Las primeras horas del viaje transcurrieron entre música, conversaciones...
Y Axel narrando absolutamente todo lo que veía.
—¡Mira una vaca!
Giré apenas la cabeza.
—Sí.
Pasaron diez segundos.
—¡Otra vaca!
—También.
Cinco segundos después volvió a señalar.
—¡Tres vacas!
No pude evitar reír.
—Axel.
—¿Qué?
—Nunca había conocido a alguien tan emocionado por las vacas.
—Nunca habías conocido a alguien con tan buen gusto.
Negué con la cabeza.
Unos minutos después apareció un caballo.
—¡Mira!
—Ya lo vi.
—Es precioso.
Luego unas ovejas.
—¡Tomatito, ovejas!
Después unas llamas.
—¡Hay llamas!
Y más adelante unas cabras.
—Creo que esa cabra me saludó.
Lo observé durante unos segundos.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Los animales deben estar preguntándose por qué ese chico los señala con tanta emoción.
Él sonrió.
—Porque soy su fan.
—Estoy segura de que las vacas se sienten muy halagadas.
Solté una carcajada.
Y él también.
Mi mamá, que iba sentada delante de nosotros, giró ligeramente la cabeza.
Nos observó unos segundos.
Después sonrió.
—Ahora entiendo por qué mi hija sonríe tanto cuando habla de ti.
El silencio fue inmediato.
Sentí cómo mis mejillas comenzaban a calentarse.
Axel también.
Tanto que incluso bajó la mirada.
Mi papá, sentado junto a ella, soltó una risa por lo bajo.
—Parece que alguien se quedó sin palabras.
Axel carraspeó.
—Creo que... voy a seguir mirando las vacas.
No pude contener la risa.
Y él terminó riéndose conmigo.
Casi al mediodía el autobús comenzó a subir por una carretera rodeada de montañas.
Las casas aparecieron poco a poco.
Pequeñas.
Coloridas.
Con balcones llenos de flores.
Cuando finalmente descendimos, Axel respiró profundamente.
Una vez.
Y otra.
Después cerró los ojos.
—Huele diferente.
Lo miré divertida.
—¿Diferente a qué?
—A árboles.
—Normalmente los árboles huelen a árboles.
Él abrió un ojo.
—Tomatito.
—¿Qué?
—No arruines mi momento poético.
Sonreí.
—Lo intentaré.
Él volvió a respirar profundamente.
—Podría acostumbrarme a esto.
Aquella tarde decidimos recorrer el pueblo sin ningún rumbo.
Simplemente caminando.
Entramos en pequeñas tiendas de artesanías.
Observamos las fachadas antiguas.
Y terminamos frente a una panadería de la que salía un olor irresistible.
—Tenemos que entrar.
Axel ya estaba empujando la puerta antes de terminar la frase.
Compramos dos panes recién salidos del horno.
El panadero nos advirtió:
—Esperen un momento. Están muy calientes.