Cuando las estrellas caen

Capítulo XIV El viaje que parecía infinito Parte 2

Llegamos al mirador después de caminar casi media hora por un sendero rodeado de árboles.

El viento soplaba con fuerza.

Tanta, que cada pocos segundos mi cabello terminaba cubriéndome el rostro.

—No veo nada.

Intenté apartarlo por tercera vez.

Fue inútil.

Axel soltó una risa.

—Quédate quieta.

—¿Qué?

Se acercó despacio.

Con una delicadeza que todavía hoy soy capaz de recordar.

Levantó una mano.

Apartó con cuidado un mechón de cabello que el viento insistía en devolver a mi cara.

Sus dedos rozaron apenas mi mejilla.

Solo un instante.

Pero fue suficiente para que mi corazón olvidara cómo latir con normalidad.

—Listo.

Lo miré sin saber qué decir.

—Gracias...

Él sonrió.

—Ahora sí puedo verte.

Sentí que el calor subía hasta mis mejillas.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Así.

—Tomatito...

—¿Qué?

—Siempre te pones roja.

—No es cierto.

—Acabas de demostrar que sí.

Le di un pequeño golpe en el brazo.

Él comenzó a reír.

Y yo terminé riéndome también.

Desde el mirador podía verse casi todo el pueblo.

Las montañas parecían no terminar nunca.

El cielo estaba completamente despejado.

Y el viento hacía que todo pareciera mucho más silencioso.

Axel sacó su celular.

—Necesitamos una foto.

Negué inmediatamente.

—Salgo horrible en las fotos.

—Imposible.

—Axel.

—Es ciencia.

—Eso tampoco tiene sentido.

—Nunca dije que lo tuviera.

Se colocó a mi lado.

Estiró el brazo.

La cámara hizo el sonido de la cuenta regresiva.

Tres...

Dos...

Uno...

Justo cuando la fotografía iba a tomarse, giró la cabeza.

Y besó mi mejilla.

—¡Axel!

La cámara capturó exactamente ese instante.

Él revisó la fotografía.

Sonrió satisfecho.

—Perfecta.

Intenté quitarle el celular.

—¡Enséñamela!

—No.

—¿Por qué?

—Porque sales demasiado bonita.

—Estás exagerando.

—No.

Me mostró finalmente la imagen.

Allí estaba yo.

Completamente sorprendida.

Con las mejillas rojas.

Y él sonriendo como si acabara de hacer la mejor travesura del mundo.

Era, sin duda, la fotografía más nosotros que existía.

Permanecimos un rato más observando el paisaje.

Sin hablar demasiado.

No hacía falta.

Porque había silencios que también sabían decir "te quiero".

Axel tomó mi mano.

Entrelazó sus dedos con los míos.

Y permanecimos así.

Mirando las montañas.

Como si el tiempo hubiera decidido detenerse solamente para nosotros.

—¿Sabes qué pienso?

—¿Qué?

—Que algún día voy a volver aquí.

—¿Solo?

Negó lentamente.

—Contigo.

Sonreí.

—Entonces tendremos que regresar.

—Prometido.

Y en aquel momento no tuve ninguna razón para creer que no sería así.

Más tarde regresamos donde estaba mi familia.

Mi tío acababa de encender una fogata.

El olor a madera quemándose comenzaba a llenar el aire.

Todos se acomodaron alrededor del fuego.

Mi mamá, repartía chocolate caliente.

Mi papá alimentaba las llamas con algunas ramas.

Mis primos corrían de un lado para otro.

Hasta que uno de ellos habló.

—Ahora cuenten ustedes una historia.

Axel me miró.

Yo lo miré.

—¿Cuál contamos?

Él sonrió.

—Cómo nos conocimos.

Negué inmediatamente.

—Ni se te ocurra inventar cosas.

—Nunca invento.

Toda mi familia comenzó a reír antes de que siquiera empezara.

Axel tomó aire.

—Todo comenzó cuando un tomate extremadamente violento decidió atacarme en el colegio.

—¡Eso no pasó!

—Déjame terminar.

—No.

—Sí.

—Estrella Fugaz.

—Tomatito.

Mi mamá ya estaba riéndose.

Mi papá negaba con la cabeza.

Axel continuó con total seriedad.

—Yo caminaba tranquilamente, siendo un ciudadano ejemplar...

—Mentiroso.

—...cuando apareció un tomate con carpeta en mano.

—Era una carpeta.

—Muy peligrosa.

—Axel.

—Y entonces me golpeó.

—¡Chocamos los dos!

—Detalles.

Toda la familia estalló en carcajadas.

Finalmente terminé contando la verdadera historia.

Cómo ambos nos habíamos agachado para recoger los papeles.

Cómo nuestras cabezas chocaron.

Y cómo él decidió ponerme "Tomatito" apenas unos segundos después de conocerme.

Cuando terminé, mi papá sonrió.

—Definitivamente prefiero la versión de Samantha.

Axel hizo un gesto dramático.

—En esta familia nadie aprecia el arte.

Después llegaron los malvaviscos.

Cada quien sostenía un palo sobre el fuego.

Todos vigilaban que no se quemaran.

Excepto Axel.

El suyo comenzó a incendiarse.

—¡Axel!

Lo sacó rápidamente.

El malvavisco había quedado completamente negro.

Lo observé unos segundos.

—Eso ya no se puede comer.

Él lo miró con orgullo.

—Claro que sí.

—Parece carbón.

—Carbón gourmet.

—No existe el carbón gourmet.

—Todavía.

Todos volvieron a reír.

Mi mamá terminó dándole otro.

—Esta vez espera un poco.

—Prometo aprender.

Cinco segundos después volvió a acercarlo demasiado al fuego.

Y volvió a quemarlo.

—Definitivamente no aprendiste.

—Nunca dije que fuera rápido.

No pude dejar de reír.

Porque Axel tenía esa extraña capacidad de convertir cualquier momento en un recuerdo feliz.

Cuando la conversación continuó entre los adultos, nos alejamos unos metros de la fogata.

Solo lo suficiente para escuchar el crepitar de la leña y ver las estrellas sobre nuestras cabezas.

Axel tomó mi mano.

Esta vez no dijo nada.

Solo entrelazó sus dedos con los míos.




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