Los tres días pasaron mucho más rápido de lo que cualquiera hubiera querido.
Cuando terminamos de guardar las maletas en el autobús, Axel me tomó suavemente de la muñeca.
—Espera un momento.
—¿Qué pasa?
—Ya vuelvo.
Antes de que pudiera preguntarle adónde iba, salió corriendo hacia una pequeña tienda de artesanías que estaba junto a la plaza.
Regresó pocos minutos después.
Respiraba un poco agitado.
Y escondía algo detrás de la espalda.
—¿Qué hiciste?
—Una inversión muy importante.
—Eso me preocupa.
—No debería.
Extendió la mano.
Sobre su palma descansaban dos pequeños llaveros de madera.
Eran sencillos.
Tallados a mano.
Uno tenía la forma de una pequeña estrella.
El otro, la de un tomate.
No eran perfectos.
La pintura estaba un poco desgastada.
Y seguramente costaban muy poco.
Pero me parecieron los llaveros más bonitos que había visto.
—Intercambio oficial.
Lo miré confundida.
—¿Intercambio?
Él tomó el llavero con forma de tomate y lo colocó con cuidado en mi mano.
Después levantó la estrella.
—Este será mío.
—¿Y por qué?
Axel sonrió.
Esa sonrisa tranquila que aparecía cuando hablaba completamente en serio.
—Porque así, aunque algún día estemos lejos...
Siempre tendrás un pedacito de mí.
Sentí que algo cálido se instalaba en mi pecho.
Miré el pequeño tomate de madera.
Después lo miré a él.
—Entonces tú también tendrás un pedacito de mí.
—Ese era el plan.
No pude evitar abrazarlo.
Fue un abrazo corto.
Espontáneo.
Pero bastó para que los dos sonriéramos al mismo tiempo.
—Gracias, Estrella Fugaz.
—De nada, Tomatito.
Guardé el llavero dentro del bolsillo de mi chaqueta con muchísimo cuidado.
Como si fuera un tesoro.
Y, de alguna manera, lo era.
El autobús comenzó a avanzar poco después.
Las montañas fueron quedando atrás lentamente.
El paisaje desfilaba frente a la ventana mientras el murmullo de los demás pasajeros se mezclaba con el sonido constante del motor.
Al principio hablamos.
Comentamos las fotografías del viaje.
Nos reímos de Axel intentando comer pan recién salido del horno.
Del malvavisco completamente quemado.
De las historias alrededor de la fogata.
Hasta que el cansancio comenzó a vencerme.
Sin darme cuenta apoyé la cabeza sobre su hombro.
—¿Estás cómoda? —preguntó en voz baja.
Asentí con los ojos ya medio cerrados.
—Mucho.
Fue lo último que recuerdo antes de quedarme dormida.
Cuando desperté, el cielo ya estaba teñido de los colores del atardecer.
Parpadeé varias veces.
Todavía seguía apoyada sobre él.
Levanté la cabeza de inmediato.
—¡Axel!
Él giró despacio.
—Buenos días.
—¿Cuánto tiempo dormí?
—Como dos horas.
Abrí los ojos de par en par.
—¿Dos horas?
Asintió.
Entonces noté algo.
Seguía exactamente en la misma posición.
Sin haberse movido.
—¿Por qué no me despertaste?
Sonrió con total naturalidad.
—Porque estabas cómoda.
—¿Y tu brazo?
Lo levantó lentamente.
Intentó mover la mano.
No respondió como esperaba.
Hizo una mueca.
—Creo que ya no existe.
No pude contener la risa.
—¡Axel!
—Se quedó a vivir en este asiento.
Las carcajadas escaparon antes de que pudiera detenerlas.
Tomé su brazo con cuidado y empecé a masajearlo suavemente.
—Perdón...
—No te preocupes.
—Debió dolerte muchísimo.
—Un poco.
—¿Y aun así no me despertaste?
Él negó despacio.
Después me miró de esa manera tan suya.
Como si la respuesta fuera la más evidente del mundo.
—Valió completamente la pena.
Por un instante olvidé responder.
Solo seguí masajeando su brazo.
Sintiendo cómo mi corazón latía un poco más rápido.
Él sonrió.
Y entrelazó sus dedos con los míos.
No dijo nada más.
No hacía falta.
Porque, a veces, el amor no necesita grandes declaraciones.
A veces basta con un brazo dormido.
Un llavero de madera.
Y dos personas que todavía creen que el futuro les pertenece.