"Hay promesas que nacen del miedo a olvidar, y otras que nacen del deseo de recordar para siempre."
Después del paseo ocurrió algo extraño.
No dejamos de vernos.
No dejamos de hablar.
No dejamos de querernos.
Pero, por primera vez, comenzamos a hablar seriamente del futuro.
Y eso daba miedo.
Porque el futuro era un lugar donde no todo dependía de nosotros.
Aquella tarde llovía sin prisa.
Las clases habían terminado y el patio del colegio estaba casi vacío.
Nuestra banca de siempre permanecía empapada, así que terminamos refugiándonos bajo el techo del gimnasio, desde donde podíamos ver las gotas caer sobre los árboles.
El aire olía a tierra mojada.
Siempre me había gustado ese olor.
Axel estaba sentado a mi lado, moviendo distraídamente un lápiz entre los dedos mientras yo intentaba terminar un ejercicio de psicología que el profesor había dejado como tarea.
Después de unos minutos sentí que alguien tiraba suavemente de mi cuaderno.
—Oye.
Levanté la vista.
—¿Qué haces?
—Préstamelo.
—Estoy escribiendo.
—Cinco segundos.
—Eso nunca son cinco segundos contigo.
Me dedicó esa sonrisa imposible de rechazar.
—Confía en mí.
—Cada vez que dices eso me preocupo.
—Sin motivos.
Suspiré.
—Está bien.
Le entregué el cuaderno.
Axel apoyó la punta del lápiz sobre una hoja en blanco y comenzó a mover la mano con una rapidez sorprendente.
Lo observé unos segundos.
Fruncía ligeramente el ceño.
Sacaba la lengua apenas un poco, como hacía siempre que intentaba concentrarse.
Parecía demasiado serio para alguien que, cinco minutos antes, había estado discutiendo conmigo porque aseguraba que la lluvia "tenía personalidad".
—¿Ya?
—Shhh.
—¿Me mandaste a callar?
—Estoy haciendo arte.
—Eso me da más miedo.
Después de un minuto cerró el cuaderno de golpe.
—Listo.
Lo deslizó hacia mí.
Abrí la página.
Y sonreí al instante.
Había dibujado una banca torcida.
Sobre ella estábamos nosotros dos.
Yo aparecía con un libro entre las manos.
Él sostenía un pequeño conejo que claramente pretendía ser Sputnik.
Encima de nuestras cabezas había una estrella.
Y, junto a ella, un diminuto tomate con una cara sorprendentemente feliz.
No era un dibujo perfecto.
Ni siquiera era especialmente bonito.
Pero era imposible no reconocer quiénes éramos.
Debajo había escrito, con su letra desordenada:
"Tomatito + Estrella Fugaz = Nuestro lugar favorito (aunque la banca esté chueca)."
No pude contener la risa.
—¿Qué?
—Ese tomate tiene cara.
—Claro.
—¿Por qué?
—Porque tú siempre haces caras cuando lees.
—Eso no es cierto.
—Es completamente cierto.
Volví a mirar el dibujo.
Había algo enternecedor en él.
Algo muy propio de Axel.
Convertía cualquier momento sencillo en un recuerdo.
—Me gusta.
Él sonrió.
Pero esta vez no dijo nada.
Solo observó cómo pasaba la mano con cuidado sobre la hoja, como si quisiera asegurarme de que no se borrara.
—Guárdalo.
—Obviamente voy a guardarlo.
—Prométeme que no lo vas a perder.
Lo miré divertida.
—¿Tanto te costó?
—Muchísimo.
—Mentiroso.
—Está bien… cinco minutos.
Solté una carcajada.
—Lo guardaré.
—Bien.
Apoyó la espalda contra la pared.
—Así, cuando seamos viejitos, podrás comprobar que siempre fui un gran artista.
—Creo que acabaré comprobando exactamente lo contrario.
—No destruyas mis sueños, Tomatito.
Negué con la cabeza mientras cerraba el cuaderno.
Sin saber que muchos años después volvería a encontrar aquel dibujo entre mis cosas.
Y que, al verlo, sentiría exactamente el mismo calor en el pecho que aquella tarde.
La lluvia continuaba cayendo.
Durante varios minutos ninguno habló.
Escuchábamos el sonido de las gotas golpeando el techo del gimnasio mientras algunos estudiantes corrían hasta la salida intentando no mojarse.
Fue Axel quien rompió el silencio.
—¿Alguna vez piensas en cómo seremos cuando seamos adultos?
Levanté la vista.
—A veces.
—Yo todo el tiempo.
—Eso no me sorprende.
—¿Por qué?
—Porque tú haces planes para dentro de diez años.
Sonrió.
—Buen punto.
Se quedó mirando la lluvia unos segundos.
—¿Crees que cambiaremos mucho?
Pensé un momento antes de responder.
—Supongo que sí.
—¿Aunque no queramos?
—Creo que crecer consiste precisamente en eso.
—En cambiar.
Asentí despacio.
—Pero también hay cosas que permanecen.
Me observó con curiosidad.
—¿Como cuáles?
Miré mi cuaderno.
Luego el dibujo que acababa de guardar.
Después lo miré a él.
—Las personas que realmente importan.
Axel sonrió apenas.
Pero esa sonrisa duró muy poco.
Bajó la mirada y comenzó a girar el lápiz entre sus dedos otra vez.
Como hacía siempre que estaba pensando demasiado.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Depende.
—¿Qué tan mala crees que sea?
—Si la anuncias así… bastante.
Soltó una risa breve.
Aunque no parecía completamente tranquilo.
—¿Y si algún día dejamos de reconocernos?
Fruncí el ceño.
—¿Cómo así?
—No sé…
Guardó silencio unos segundos.
—¿Y si cambiamos tanto que dejamos de ser nosotros?
La pregunta quedó suspendida entre el sonido de la lluvia.
Sentí un pequeño nudo en el pecho.
Porque, por primera vez, hablábamos de un futuro que no parecía tan sencillo.
Axel respiró hondo antes de continuar.
—¿Y si un día dejamos de gustarnos?
Lo miré de inmediato.
—No me gusta esa pregunta.
Él soltó una sonrisa pequeña.