El silencio se quedó unos segundos entre nosotros.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando el techo del gimnasio.
Hasta que Axel levantó la cabeza con esa expresión que ya conocía demasiado bien.
La misma que aparecía cada vez que estaba a punto de tener una idea.
Y casi nunca terminaban siendo ideas normales.
—Ya sé.
Lo miré con desconfianza.
—Eso me preocupa.
—Tengo la solución.
—Todavía no sé cuál es el problema.
—Precisamente.
Suspiré.
—Habla.
Se incorporó de golpe, como si acabara de descubrir el secreto del universo.
—Hagamos cartas.
Parpadeé.
—¿Cartas?
—Sí.
—¿Para quién?
—Para nosotros.
Fruncí el ceño.
—Explícate porque cada vez entiendo menos.
Axel sonrió.
—Escribamos una carta para abrir dentro de diez años.
Lo observé unos segundos.
—¿Diez años?
—Sí.
—Eso es muchísimo tiempo.
—Precisamente por eso.
Negué lentamente con la cabeza.
—Estás completamente loco.
—Es una posibilidad.
—No, Axel.
—¿Qué?
—Es una certeza.
Soltó una carcajada.
—Pero admítelo.
—¿Qué cosa?
—Es una buena idea.
Intenté buscar un argumento para llevarle la contraria.
No encontré ninguno.
—Un poco.
Él levantó ambos brazos como si acabara de ganar una competencia.
—¡Lo sabía!
—No celebres tanto.
—¿Entonces aceptas?
Lo miré unos segundos.
Después sonreí.
—Acepto.
Arrancamos dos hojas de nuestros cuadernos.
Axel incluso buscó un par de sobres que, según él, llevaba "para emergencias importantes".
Nunca pregunté por qué alguien llevaba sobres en la maleta.
Con Axel había aprendido que algunas preguntas solo traían más preguntas.
Nos sentamos uno frente al otro.
—Prohibido copiar.
—No iba a copiar.
—Te conozco.
—Eso me ofende.
—Y con razón.
Él soltó una risa.
—Empieza.
Bajé la mirada hacia la hoja en blanco.
Al principio no supe qué escribir.
¿Cómo se escribe una carta para alguien que todavía no existe?
Respiré hondo.
Y dejé que las palabras aparecieran solas.
Le escribí a la Samantha de veintisiete años.
Le pregunté si había logrado convertirse en psicóloga.
Si seguía leyendo tanto.
Si todavía se sonrojaba con facilidad.
Si seguía creyendo que escuchar a las personas podía cambiar el mundo.
También le recordé que nunca dejara de cuidar a sus padres.
Que abrazara más a su mamá.
Que jugara más partidos de fútbol con su papá.
Y, casi al final, escribí unas pocas líneas sobre Axel.
No sabía cómo explicar lo que sentía.
Así que simplemente escribí la verdad.
"Espero que sigas haciendo reír a Estrella Fugaz, porque no imagino un mundo donde él deje de sonreír."
Sentí las mejillas arder.
Doblé rápidamente la hoja.
Como si él pudiera leerla desde el otro lado.
Levanté la vista.
Axel seguía escribiendo.
De vez en cuando sonreía solo.
Después tachaba algo.
Volvía a escribir.
Fruncía el ceño.
Y seguía llenando la hoja.
Parecía completamente concentrado.
—¿Ya terminaste?
Levantó la vista.
—Casi.
—¿Qué escribiste?
Cubrió inmediatamente la carta con ambas manos.
—Información clasificada.
—Solo una pista.
—Negativo.
—Axel.
—Tomatito.
—Qué injusto eres.
—Lo sé.
—Entonces dime una sola cosa.
Pensó unos segundos.
—Escribí sobre mis sueños.
Asentí.
Era lo que esperaba.
—¿Rusia?
Sonrió.
—Obviamente.
—¿Y qué más?
Su sonrisa se volvió mucho más pequeña.
Más tranquila.
—Las cosas que espero no perder nunca.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
Pero no pregunté nada más.
Algunas respuestas eran más bonitas cuando llegaban en el momento correcto.
Cuando ambos terminamos, Axel tomó un marcador negro.
Escribió con letras grandes sobre el primer sobre:
"Abrir en diez años."
Luego se quedó pensativo.
Destapó nuevamente el marcador.
Y, en una esquina, dibujó una pequeña estrella.
Me tendió el marcador.
—Te falta algo.
Lo miré confundida.
—¿Qué?
—Tu firma.
Sonreí.
En la esquina opuesta dibujé un pequeño tomate.
Axel observó ambos dibujos.
Después sonrió de esa manera que hacía parecer todo un poco más sencillo.
—Ahora sí.
—¿Qué?
—Ahora parece nuestro.
Guardamos las cartas dentro de los sobres.
Las cerramos con cuidado.
Y durante unos segundos ninguno dijo nada.
Los dos observábamos aquellas dos hojas de papel como si acabáramos de guardar un pedacito de nuestro presente.
Sin saber que, a veces, los recuerdos más importantes empiezan exactamente así.
Con una hoja en blanco.
Y alguien que decide escribir en ella.